miércoles, diciembre 27, 2006

Crónicas navidenyas (I)

Primera fase de las fiestas navidenyas superada. Con bastante menos dinero en el bolsillo, porque el consumismo bestial de estas fechas consiguió arrastrarnos burlando nuestros principios; con algunos regalos curiosos; con mensajes acumulados en el móvil y con algún obstáculo ya pasado.

Mi hermano decidió convertirse en el senyor Scrooge actualizado y no celebrar nada, no venir a las cenas familiares y no hacer ni recibir regalos. Dice que lleva anyos sacrificándose y viniendo en contra de sus deseos, y que ya no hay más... así que no le he visto todavía. Para fin de anyo directamente se marcha fuera del país, a una cabanya perdida en medio de un bosque perdido en medio de Eslovenia, a un encuentro de couch surfers, su último (e interesante, por cierto) descubrimiento. Y poco se puede hacer, más que respetar su decisión, llamarle senyor Scrooge y echarle un poco de menos.

Hubo un poco de todo... risas con mi prima pequenya punkarra, cigalas con olor a amoniaco que casi nos intoxican, gala terrible-terrible de Raphael, mi abuela cantando con el punyo el alto la Internacional al ritmo del himno de Espanya, justo antes del mensaje del rey, comidas vegetarianas que mi abuela quería servir con un cubierto con mango en forma de pata de jabalí... todo un poco surrealista, como es de esperar en mi familia.

Y si en Nochebuena nos habíamos librado de la intoxicación con las cigalas y su amoniaco, en Navidad ya era mucho pedir, así que tres horas después de comer teníamos a mi madre rabiando por lo que pensamos que fue una intoxicación leve por ostras, que nos hizo acabar llamando al 112, porque la pobre no paraba de vomitar, de tener una fuerte diarrea, sudores fríos, mareos cada vez peores... y como además en esta familia no tendemos nuuuuunca a dramatizar las cosas, ella repetía con un hilillo de voz, casi estertor de despedida: "Me encuen... tro... pe...or..." hasta que realmente acabamos asustándonos.

En el 112 se nota que son un servicio de emergencia de la leche, porque hasta que nos pasaron con un médico nos tuvieron unos quince-veinte minutos en espera (bien es verdad que no era un infarto), y en ese intervalo nos dio tiempo a intentar localizar infructuosamente a amigos médicos, a oír remedios de la botica de la abuela, según los cuales lo mejor para intoxicación por ostras es la leche (¿?), y hasta a buscar en Internet qué se podía ir haciendo, que nos sirvió para asustarnos aún más ante informaciones como "acuda al centro de urgencias más cercano" o "el fallecimiento puede suceder en cuestión de horas" (¡!). Todo para que cuando al final nos pusieron en contacto con el médico, éste nos dijera que era todo normal, que los síntomas eran los propios de una intoxicación leve, pero que si el cuerpo estaba expulsando lo malo era justo lo que debía hacer, que bastaba con que preparásemos un suero con agua, el zumo de dos limones, azúcar y bicarbonato y se lo diéramos para prevenir la deshidratación, y que fuera alarmismos.

Y lo que decía al empezar, que con esto hemos superado la primera parte. Ahora queda encontrar plan para Nochevieja en cuatro días (habitual en mí tanta previsión) y conseguir pasar un fin de anyo agradable cuando normalmente mis expectativas suelen ser demasiado altas, y le doy una tonta importancia a la última noche del anyo, como si significara mucho más que cualquier otra noche.

A ver qué tal nos sale... y felices fiestas para todos :-)

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viernes, diciembre 15, 2006

La ventana

La chica se sienta frente a la ventana, piernas encogidas, brazos rodeando las piernas. Desnuda, en una habitación sin muebles, sin nada... sólo con una única ventana en una de las paredes, por la que asomarse al exterior. Fuera, tras el cristal, hay todo un mundo que le genera sensaciones encontradas, la primera de todas, miedo.

Miedo a no poder aguantar de pie el más mínimo contratiempo, miedo a que cualquier momento bueno sólo sea un paréntesis, miedo a no llegar, a estar sola, incluso a sentirse sola sin estarlo y no saber ver a la gente a su alrededor.

Pero no es el miedo lo único que encuentra al mirarse dentro... También, aunque en menor medida, hay ganas, ganas de hacer cosas, de sonreír -es una chica de sonrisa fácil, hasta risuenya, cuando sus demonios la dejan-, ganas de salir a ese mundo que teme y poder hacerse con él sin que las lágrimas surquen sus mejillas cada noche que pasa sola.

La chica se revuelve, se levanta para mirar más allá y vuelve a sentarse en su sitio, temerosa de que alguien la vea y le adjudique alguna de las etiquetas que ella misma se creyó hace tiempo: inútil, loca, infantil, falta de voluntad... Para la gente es difícil entender que ella prefiera estar resguardada en un cuarto oscuro a salir afuera, donde espera la luz, el movimiento, la vida. Y no es que ella lo prefiera... es que no sabe salir, es que el miedo la paraliza, es que hay demasiados es que's.

Y aún así, quizá algo dentro de ella se esté transformando, quizá se esté preparando para sacar los miedos, doblarlos bien dobladitos y dejarlos en una esquina de la habitación, y abrir la ventana, aun desnuda, aun con los nuevos miedos creciéndole dentro, y gritar. Quizá descubra, después de tanto tiempo, que está en un bajo y que un pequenyo salto basta para salir del cuarto oscuro. Quizá esté en un noveno y no pueda salir sin ayuda de bomberos... pero habrá dado el paso de querer salir.

Y tal vez lo haga pronto... o tal vez se consuma en el cuarto, muerta de miedo, frío y soledad. De momento, por si acaso, intenta recordar los versos del poema de Benedetti, aquel de la alegría tirando piedritas a la ventana... para animarse a abrirla.

[La imagen que encabeza este post está sacada de la galería que DWRowan tiene en flickr. El poema de Benedetti al que hace referencia el texto os lo copio aquí debajo, porque es uno de esos imprescindibles que espero que disfrutéis tanto como yo... y la chica que está en el cuarto oscuro]

* * * * *

PIEDRITAS EN LA VENTANA

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando

pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme la cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas
quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuando mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajos hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré al recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedras
abriré la ventana

(Mario Benedetti)

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