viernes, abril 30, 2010

Paredes blancas, mesas verdes (III)


Tras el Cristal

Anochece en Madrid. Tras los cristales que me separan de la realidad puedo ver las luces rojas y verdes de los semáforos y los coches que avanzan sobre un asfalto mojado. Allá fuera hay gente conduciendo, gente regresando a sus casas paraguas en mano, gente que tiene problemas a los que hace frente sin que éstos acaben por devorarles.

Aquí dentro, dentro de los cristales que nos separan de la realidad, las cosas son bien distintas. Nos devoran los problemas, ya nos han engullido y muchos ni siquiera somos Nosotros, el Tú o el Yo que otros recuerdan. Ese Yo que sabe hacer frente a las dificultades, ese Yo que dentro de sus escasos 157 centímetros, sabe hacerse grande, crecerse. Ese Yo que debí perder en algún sitio.

Aquí estamos los que, en vez de hacer frente a los problemas, en vez de cogerlos con las dos manos y doblegarlos, nos hicimos chiquitos frente a ellos, les ofrecimos un cuchillo y un tenedor y nos pusimos a su merced. Y claro, perdimos la partida.

Fuera, tras el cristal, hay gente que pelea cada día.

Yo, dentro del cristal, trago pastillas -algunas sin ni siquiera la pequenya pelea de exigir mi derecho a saber si es la pastilla X o la pastilla Y-. Por no pelear, ya ni mis derechos. Cómo voy a conseguir que mi locura respete mis espacios, cuando no consigo ni que mi entorno -con bata blanca o sin ella- lo haga.

Ya ha anochecido totalmente, las luces naranjas de las farolas alumbran tras el cristal. Dentro, unos fluorescentes redondos dan luz a quienes no estamos dormidos.

Fuera y dentro, tanta diferencia.

[La foto que encabeza este post pertenece a la galería que María Luna tiene en Flickr. Puedes acceder a ella haciendo click en su nombre]

[Escrito originalmente el jueves 25 de marzo de 2010, segundo día que pasé entre paredes blancas y mesas verdes]

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lunes, abril 26, 2010

Más sobre "Si supieras que nunca...

...he estado en Londres, volverías de Tokio"

Siguiendo la entrada anterior, donde conté que el último libro que he leído es "Si supieras que nunca he estado en Londres, volverías de Tokio", quería traer al blog la segunda tanda de pequenyas citas extraídas de ese libro. Porque me hicieron pensar, porque se quedaron un rato revoloteando en mi cabeza o en mi estómago, porque me sentí identificada o porque sí. Aquí van las que me faltaban por poner:

Si yo no diera rodeos, ¿dónde estaría? ¿Habría llegado ya? Y ¿qué pasaría si contestara algo que no debo? Si nos hacemos danyo de nuevo... ¿Crees que aún es posible que nos hagamos danyo?


Tengo ganas de saltar por la ventana y decidir mientras caigo si eso es lo que quiero.


Me parece que el amor debería hacer lo que hacen los atunes, nadar en el agua. El amor se muere un rato después de ser pescado. A los atunes los cogen y empiezan a moverse como locos. Así éramos nosotros, pero ya estábamos muriendo. (...) Un atún parece que está más vivo que nunca cuando está a punto de morir.


¿Y así hará el amor también? Renqueante, intentando salvarse cuando ya no hay salvación posible, intentando coger aire cuando no hay de donde cogerlo, intentando, intentando... para nada, ya la muerte está ahí, ya lo coge, ya se lo lleva...


Por una vez voy a pensar que alguien está intentando sobrevivir al peso de sus propias elecciones. Que no hemos acertado. ¿Somos raros por equivocarnos? ¿Cuántas veces puede una persona equivocarse? No sé si hay un número de errores establecidos para saber si alguien ha fracasado.


...pero no debería haberlo, no? Debería haber, cuando se gastan todas las segundas oportunidades, una tanda de terceras y otra de cuartas... que el Fracaso con mayúscula, así, irreversible, es demasiado grande como para asumirlo, como para dejar que sea nuestro companyero de viaje.

Si tuviéramos dos vidas, entonces sí podríamos gastar una en pedir perdones.


...o en lamentarnos por lo no conseguido, o en la autocomplacencia, o aún peor, en la autocompasión, esa que nos lleva y nos arrastra para lamernos las heridas continuamente, tanto que acabamos impidiendo que cicatricen.

Si hubiera sido sincera, le hubiera dicho que sí, que estaban ocurriendo cosas maravillosas a mi alrededor, y que yo, por mi culpa, estaba perdiéndomelas. Pero no me atreví porque sé que a nadie le interesa saber cuáles son las cosas que me estoy perdiendo. Muchos días ni siquiera me interesan a mí.


Esta manyana venía dispuesta a eliminarte, a aniquilarte, y no he podido. ¿Dónde está el botón que elimina a las personas? Creo que me equivoqué y le di al de congelar.


Supongo que yo soy más del segundo botón, del de congelar las imágenes en mi cabeza para que no se me escapen, para que no se me olviden. Que soy incapaz de darle al reset, al "eliminar recuerdo". Y así pasa, que refugiada en el pasado, a veces se me olvida cómo encarar el presente o el futuro...

Bueno, con esta segunda selección ya no os cuento más del libro. Repito que la autora es María Sirvent, que también tiene blog, que el libro está editado por El Aleph Editores y que la edición es de marzo de 2010, recién salido del horno. A mí creo que se me nota que me ha gustado... y no, nadie me da comisión :-)

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miércoles, abril 21, 2010

Si supieras que nunca he estado en Londres....

...volverías de Tokio. Ese es el título del último libro que he leído (sí, entre paredes blancas y mesas verdes también se encuentran ratos donde te abstraes y lees). Así que hoy interrumpo la última saga de posts para traer esta lectura, que me ha llenado de frases que quería traer por el blog. Ya he contado a veces que yo tiendo a subrayara los libros, esta vez no lo hice (aunque estoy pensándomelo todavía :-) , pero las fui apuntando en un cuaderno que tenía cerca mientras leía, así que aquí os traigo una selección que espero que os anime a buscar el libro -recién salido del horno, creo-, y haceros con él.

En principio, es la historia de una chica que va escribiéndole cartas a su ex, cartas que no tiene intención de enviarle, mails en los que nunca llega a dar a la tecla de enviar. Y a lo largo de esos correos va diciéndole todo aquello que se quedó en el tintero, lo que quiso decirle y no encontró la manera, le cuenta la vida que está teniendo ahora, se inventa otra vida que le haría sentirse mejor y también se la cuenta... en fin, que yo lo he disfrutado bastante, y sobre todo que tiene un montón de frases para el recuerdo. Os traigo algunas

Cuando se acabó, cuando repartimos lo de cada uno, me tocó quedarme conmigo y eso es algo que aún no he querido perdonarte.


Cómo sentí propia esta frase... lo que cuesta quedarse con una misma, sola con una misma, y rehacerse a partir de ahí... esta frase estaba en la contraportada y creo que fue la que hizo que copmprara el libro.

El caso es que una vez que empiezas a esperar, si lo estás haciendo bien, llega un momento en el que dejas de saber a qué estás esperando. (...) Es raro cuando esperas. No hay nada más peligroso que una persona que espera. Te puedes volver adicta a ese estado de incertidumbre y cogerle miedo a lo concreto.


Una vez conocí a un chico que llevaba diez anyos esperando. Decía que estaba muy tranquilo, que todo ese tiempo había seguido con su vida, pero que no había pasado ni un solo minuto sin que se preguntara: ¿cuándo?


Y cuántas veces yo he hecho lo mismo, también... cuántas veces no he parado mi vida, no, pero simplemente me he deslizado como pez en la corriente del río, siguiendo adelante pero preguntándome cuándo empezaba mi vida real, cuándo tomaría el mando, cuándo podría ser Yo...

A menudo no logro comprender cómo soy capaz de vivir un día y otro y otro. Son las noches, no hay otra explicación. Algo tiene que pasar mientras duermo para que cada mañana se me olvide que no quiero nada de esto.


Hacía millones y millones medios días que no estaba así de sola y no sé si eso es un gran logro o el principio de una nueva etapa que no me atrevo a celebrar. Brindemos.


Porque a lo mejor es cierto que hay que estar en lo más bajo para poder empezar una nueva etapa y subir de nuevo. A lo mejor cuando estamos llorando, deshechos en el fondo del pozo, deberíamos estar brindando por ese principio.

Y Madrid era Madrid y estaba lleno de gente pero yo era yo y estaba sola y empecé a echar de menos alguna que otra cosa. Reírme. Reírme. Hay que ver lo buena que es la risa.


Quizás había disfrutado del proceso. Primero desear algo. Luego creer que se puede. Luego poner algún que otro medio. Mover un pie. Otro. Ver de cerca los síes. Eso gusta, cuando los síes comienzan a aparecer. Me encantaba tropezar con ellos. La alegría que tenía no era la alegría de llegar a algún lado, sino la alegría de creer que estaba llegando. Eso sí que era bonito.


Pero yo me freno siempre en los primeros pasos del proceso, si el "creer que se puede" ya me cuesta mundos, no digamos ya mover los pies. Supongo que los síes me están esperando en algún sitio, aburridos.

Tendrá un chorrito de amor del bueno, del que nunca llega, y un chorrito de amor del de verdad, el que consiste en encontrar a alguien que soporte lo que soy cuando me pierdo.


Y yo me pierdo tantas veces...


Bueno, hay otras tantas frases que seguramente sea mejor dejar para otro post, o éste va a eternizarse. Frases que (me) hacen pensar o que se me quedaron dando vueltas dentro, susurándome, algunas quemándome un poco, otras dándome calor. Pero eso, cuando tenga otro hueco, traigo el resto :-)

[La imagen que encabeza este post es, como se ve, la portada del libro del que estoy hablando. La autora, que no he dicho nada sobre ella, es María Sirvent, y lo edita El Aleph Editopres. Vamos, que ya está aquí el Día del Libro!!!]

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lunes, abril 19, 2010

Paredes blancas, mesas verdes (II)

Un círculo siempre tiene, como la noria, su parte de arriba, cuando crees que casi puedes tocar el cielo con las manos, y su parte de abajo, donde el barro apenas te permite moverte. Y ahí volvemos a estar, en todo el barro. Sin capacidad de acción. Sin que, por este rato, la responsabilidad última dependa de mí, con lo (poco) que de bueno tiene y lo (mucho) de malo que supone que las decisiones no estén en mi mano, yo, que necesito tenerlo todo bajo control.

Pero, siendo sinceros, estaba tan agotada de decidir... desde decisiones supuestamente chiquitas como levantarme o no, ir a trabajar o no, hasta las más grandes e irrevocables.

Ahora que vuelvo a estar en este lugar, entre paredes blancas y mesas verdes, viene el arrepentimiento. Arrepentimiento porque dudo de mi capacidad de recuperación, y más aún en un sitio como éste, en donde apenas se hace algo en todo el día. Levantarse, comer, dormir. Ahora, además, intentaré escribir a ratos y leer otros. Pero no se ha inventado sitio donde se pierda tanto el tiempo como aquí.

E, increíblemente, a veces hay cosas que funcionan. Después de mi última visita, lejana ya en el tiempo -cinco semanas y un día-, y los seis meses de baja que necesité para volver a trabajar, mis pensamientos más oscuros se habían echado a un lado.

La pena, la rabia, es saber que siempre, siempre, estarán ahí acechándome. La pena, la rabia, es saber que siempre estoy a su merced, que cuando la brisa que sopla habitualmente se convierte en un viento algo más fuerte, basta para derribarme y volver ahí, donde empezaba el escrito, en la parte más baja del círculo, comiendo barro, sudando miedo.

[Escrito originalmente el jueves 25 de marzo de 2010, segundo día que pasé entre paredes blancas y mesas verdes]

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jueves, abril 15, 2010

Paredes blancas, mesas verdes (I)

Ha vuelto a pasar. Esta vez tres semanas justas, tres semanas en el lugar, ahora renovado y con normas aún más estrictas, donde te cuidan cuando tú no eres capaz de hacerlo por ti misma, donde te contienen cuando te vuelves un peligro, cuando tu cabeza se pierde y no la encuentras por mucho que la busques. Tres semanas enteras apartada de tu casa, de Internet, de ese mundo real en el que a veces no sabes moverte. Tres semanas entre paredes blancas y mesas verdes, en las que, al menos, has leído, has escrito, has intentado dejar lo malo de tu cabeza atrás -sin demasiado éxito, parece-, tres semanas cuesta arriba.

Cuando vuelves a casa, descubres que sigues sin saber moverte a gusto en este agua demasiado fría, que tú eres pez del Mediterráneo o de la Manga del Mar Menor y que te han soltado en el Cantábrico. Que no nadas bien, que te paralizas, que la calle es demasiado ancha y corren demasiados coches por ella, que el tiempo pasa lentamente y tú desperdicias cada minuto en la cama o sin hacer nada... que no eres capaz de seguir las indicaciones que te dieron al salir de las doce paredes blancas, mesas verdes.

Y te asusta tener que volver, aunque una parte de ti lo reclama a gritos. Pero de momento estás fuera, estás aclimatándote y sabes que es normal ese no saber nadar bien, no encontrar la postura adecuada al caminar, no tener ganas de tener ganas... es pronto para todo. Date tiempo, ninya, date tiempo.

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