miércoles, noviembre 24, 2010

De despedidas, pérdidas y duelos

Mantendremos el contacto. Quedaremos a comer. Puedes llamarme cuando quieras.

¿Por qué me suenan tan vacías todas esas palabras, incluso antes de que nos llegue el día de pronunciarlas? ¿Por qué es pensar en ellas y hacérseme un nudo en la garganta, empanyárseme los ojos, voz que no encuentra el camino al exterior, quebrada antes de salir?

Voy haciéndome a la idea de la enorme pérdida que tengo por delante, a apenas dos pasos de mí, de nosotras. Voy concienciándome de que en breve no tendré que quejarme de lo que me cuesta levantarme por las manyanas, porque no tendré trabajo al que ir y dará todo (más) igual. Intento ir asimilando que el sitio al que he dedicado anyos de mi vida, en el que he compartido y aprendido tanto, está deshaciéndose y próximo a desaparecer.

Pero el duelo es doble. Por ese lugar, lo aprendido en él, las experiencias vividas, los recuerdos acumulados... y porque hoy me he dado cuenta del punyado de gente al que sólo veo en el trabajo. De gente a la que puedo decir que tengo más que afecto, más que aprecio, gente que me ha ensenyado tanto, que me ha apoyado, me ha entendido, con la que conecto, gente a la que quiero. Que en el trabajo puedo contar a esas personas con los dedos de una mano, sí, pero es la mano que me van a amputar. Y no quiero. Y es lo que hace que el duelo sea doble, la pérdida elevada al cuadrado.

Mantendremos el contacto. Quedaremos a comer. Puedes llamarme cuando quieras.

Palabras huecas, promesas que se incumplirán, papel mojado. Doble duelo, doble pérdida, doble despedida. Partidas perdidas a pesar del esfuerzo invertido en ellas.

Mantendremos el contacto. Que no, que no me lo creo. Que voy a perderos. Y que no sé con qué fuerza voy a cargar con otro agujero así de grande aquí dentro. Porque los agujeros -curioso- pesan mucho, muchísimo más, que el relleno. Y yo, a fuerza de agujeros, me voy deshaciendo también.

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sábado, noviembre 20, 2010

Foto II: (Dis)gustos

Me gusta saberme leal, saber que estoy ahí cuando se me necesita, sin fisuras; que a veces, en esas situaciones, soy bien capaz de salir de mí, de centrarme en el otro y de estar ahí para él. Me gusta que mi lealtad no suele quebrarse fácilmente (aunque a veces esto tenga como desventaja que sigues ahí incluso cuando están intentando echarte).

No me gusta lo dependiente que soy, lo mucho que siempre necesito de los que me rodean, estar en eterna búsqueda de aprobación de los demás, no reconocerme ni ser Yo si no soy a través de ellos. No me gusta no saber hacer valer mi opinión cuando estoy en un entorno que no la comparte, no me gusta mi miedo a las discusiones, mi huida constante de lo que suene a conflicto.

Me gusta que se puede confiar en mí, que sé escuchar y a veces hasta dar consejos útiles (que no siempre puedo aplicarme a mí misma, pero que a veces a otros les valen). Me gusta que soy consciente de cómo soy y me conozco y me suelo dejar conocer. Me gusta que intento ser transparente y dejarme de juegos de apariencias que no llevan a ningún sitio. Me gusta que cuando recibo halagos me los creo aunque mi opinión sea diferente, pero no pongo en duda lo que me dicen porque, igual que se puede confiar en mí, yo no he perdido la capacidad de confiar en los demás. A veces me pregunto si confío demasiado y peco de ingenua, pero si soy algo ingenua, también me gusta.

No me gusta lo fácilmente que me rompo por cualquier cambio del viento. Me gustaría ser más flexible, cómo es la frase aquella del junco que es flexible y ante los vendavales se dobla pero sin romperse… yo siempre me rompo, a la mínima incluso. Querría ser más junco. No me gusta que me siento débil y es probable que lo sea, mi eterna inestabilidad, mis ciclos continuos, la noria en la que estoy metida cuando no directamente montanya rusa.

Me gusta el entorno del que me rodeo, mi gente, mi trabajo (ahora a punto de dejar de serlo), me gusta que esta gente me conoce y me cuida y creo que a la vez saben que estoy para ellos cuando me necesitan. Me gusta que ahora intento construir unas relaciones más sanas en las que no me agarro al cuello de los demás como una vampira emocional, aunque es difícil coordinar ese intento de mantener una relación sana con mi increíble dependencia de los demás. Pero lo intento y de momento me da mejor resultado que hace anyos, cuando quemaba a la gente que tenía cerca hasta que conseguía alejarlos, exhaustos.

No me gusta lo mucho que sufro con las pérdidas, las despedidas, los adioses. No me gusta vivir con el miedo continuo a que lleguen próximas despedidas, nuevos adioses que inevitablemente viviré como abandonos, incluso sin serlo.

Me gusta que tengo una capacidad enorme de disfrutar las cosas, de disfrutar de los pequenyos grandes momentos, me gusta que vivo las cosas con una intensidad especial y por eso a veces parece que todo brilla, incluso yo. No me gusta eso mismo, que vivo tan intensamente todo que a veces un pequenyo tropezón se convierte en un gran drama y de repente, casi no sé cómo, estoy hundida y sin saber cómo salir del fango.

Me gusta que soy de (son)risa fácil y que no guardo rencor, me resulta muy fácil perdonar. Me gusta que guardo muchos recuerdos de mi pasado que me siguen dando aliento en el presente y fuerzas para construirme un mejor futuro. No me gusta que en ocasiones me quedo estancada en ese pasado que ya no es más y dejo de utilizarlo como palanca y se convierte en ancla que lastra.

No me gusta destacar especialmente porque me da vergüenza cuando distintas miradas se centran en mí. No me gusta no saber defenderme de ciertos ataques que creo innecesarios y con mala fe.

Me gustan mis ojos verdes y expresivos, mi pelo largo cuando brilla al sol. No me gusta mi cuerpo desnudo. Me gusta ser capaz de mirarme dentro y plasmarlo en un papel. No me gusta no saber resumir, como puede verse en esta foto.

[La imagen que encabeza este post se llama "De cuántos espejos estaré hecho", de la galería que Saul Landell tiene en flickr, a la que puedes acceder haciendo click en su nombre]

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sábado, noviembre 13, 2010

Gattaca (cucharadita de spoilers incluida)

Gattaca

Uma Thurman (arrancándose un cabello y ofreciéndoselo):
"Si sigues interesado, avísame"
Ethan Hawke (dejando que el cabello se pierda entre sus dedos):
"Lo siento, se lo llevó el viento"

Esta noche he visto Gattaca. Es una peli de ciencia ficción del anyo 97, así que no sé bien por qué había dejado pasar tanto tiempo sin verla, en cualquier caso, hoy he solventado ese ¿problema? En fin, que una laguna menos en la amplia gama de lagubnas cinematográficas que tiene esta gacela al habla.

Para los que (aún) no la hayan visto, Gattaca trata de un futuro no-tan-lejano en el que los ninyos son concebidos genéticamente a la carta, para que no tengan enfermedades, tengan un CI muy elevado, y, en fin, tengan los mejores rasgos hereditarios posibles, eliminando toda inclinación a la violencia, a las enfermedades como el alcoholismo o adicciones, haciéndoles altos y fuertes... Al reducido grupo de niños que nacen según el método tradicional (por "el amor de sus padres) les llaman no-válidos, y están destinados a trabajos considerados menores, como limpieza o similares. Hay un clasismo brutal, pero no ya por el dinero, sino por la genética.

Así, el protagonista de la historia, Vincent, es un niño concebido a la manera tradicional, pero que, una vez sometido a los análisis que se le hacen a cada bebé al nacer, se descubren problemas en el corazón, una salud muy delicada y que probablemente no llegará más allá de la treintena. Esto le inhabilita de plano para el que acabará siendo su suenyo, ser astronauta.

Y no os cuento más por si a estas alturas aún no habéis visto la película, que realmente es muy recomendable.

Sólo algo que me ha llamado mucho la atención: el pequenyo párrafo que da comienzo a este post. En un momento de la peli, Uma Thurman se arranca un cabello y se lo ofrece a Ethan Hawke, por si antes de involucrarse con ella quiere hacerlo analizar y conocer de antemano todos los defectos que puede haber en ella, riesgos en el corazón, propensión a enfermedades... Ethan deja caer el pelo, como queriéndola decir que ya está interesado en ella, independientemente de los posibles defectos que ella pueda llevar consigo.

Y es que, si en la película aparece un mundo futuro indeseable por muchos aspectos, por esa continua discriminación genética en todas partes, desde el mundo laboral hasta en la propia familia... verlo plasmado ahí, en el mundo de las relaciones de pareja, me parecía tan... no os sé explicar.

Yo muchas veces me he sentido más carga que otra cosa, con mis amigos, con mi pareja, por ser como soy, por arrastrar mi historia, mi baúl lleno de mierda, por las cadenas que llevo y de las que no me sé soltar. Pero entiendo que quien está cerca de mí lo elige libremente, no tiene ni siquiera que conocer las etiquetas que me nombran, simplemente están ahí y me quieren. Un mundo en el que Uma Thurman o cualquier otra persona siente que lo primero es enseñar todos los defectos, casi esperando ahuyentar así a posibles afectos, cómplices, amigos, amantes o más... en el que dices "esto es lo que no soporto (incluso otros, en el pasado, no soportaron) de mí, si sigues interesado después de verlo, avísame"... me parece triste. Cuando es poco menos que una imposición social, porque entre tanto perfecto, el que lo es un poco menos destaca por ese error, ese fallo irremontable, imperdonable...

...y luego pienso que quizás (sólo quizás), yo en ocasiones haya hecho algo... mmm... ni siquiera parecido pero sí comparable desde la lejanía de mundos diferentes, claro... con este blog (que está para hacer lo que cada uno quiera con él, para eso está nuestro espacio). Soltar lastre, mierda y fango, y el que quisiera acercarse a pesar de haberlo leído, pues ya sabía lo que había. Y ya podía acercarse al resto de Yo, al que sonríe, y le brillan los ojos, y ríe en cascada, y es ingeniosa a veces y carinyosa y dulce y sensata muchas otras.

En fin. Yo sé que en mi vida, por suerte, ha habido varios Ethan Hawke (cómplices, amigos, amantes, parejas, compañeras, amigas y más...) que ni siquiera se han parado a analizar todos esos defectos o no que yo insistía en mostrarles. Que han elegido venir a conocer de primera mano, y a formarse ellos su propia impresión. Y bien que me alegro...

Y poco más. Que empiezo viendo una peli interesante, me quedo con un trocito que me dice bastante, en el que por algo me veo reflejada (aunque seguro que hay muchos otros aspectos de Gattaca que pueden llevarse a debate) y ya me vuelvo a enrollar como siempre. ¡Menos mal que ya me conocéis!

En serio, si no la habéis visto, este es tan buen momento como otro. Y os dejo el trailer de la peli (en inglés, no lo he encontrado en castellano ni con subtítulos, aunque la película yo la he visto doblada al castellano).

Y por si os apetece bucear más en la peli, aquí está el enlace de Gattaca en IMDB, que nunca está de más.

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sábado, noviembre 06, 2010

Cuando no estás...

Cuando no estás, ya sabes, siempre es una ardua tarea la de rellenar el tiempo. Y la de no saltarme las comidas. Y la de seguir socializando en vez de hacerme una bolita bajo el edredón. Y la de ir a trabajar cada manyana.

Cuando no estás, ya lo sabes, ya lo sabéis también vosotros, me hago (un poco más) chiquita, y arrastro un poco los pasos, las sonrisas, y aunque intento mantenerme a flote entre libros de Scott Westerfeld (nuevamente de la sección de juvenil, lo de mi vuelta a la adolescencia no tiene remedio, me temo) y Terry Pratchett, y series con Ted Mosbys, Barney Stinsons y Sheldon Coopers, y aunque intento responder a la gente que sigo teniendo cerca y que me cuida, y aunque intento cuidarme yo también, hay noches que me pillan desprevenida, o fines de semana que me arrastran, o semanas enteras que me aplastan bajo su peso.

Y no es que tú seas un súperheroe que lo aleje todo siempre; sabes que muchas veces, incluso cuando estás a mi lado, las lágrimas me pueden, o la cabeza se me rebela, o el trabajo se me hace una montanya por la que apenas puedo trepar. Pero cuando además estás lejos... mis piernas renquean y tropiezo con todo, incluso -sobre todo- conmigo misma: pies trabados y caída segura.

Cuando no estás el mundo es un lugar más frío, más hostil, más lejano. Apenas hace una semana que estás fuera y ya estoy cansada de pelearme las manyanas. Queda más de un mes para que regreses y ya tengo en contra a los relojes de arena que hacen que el tiempo fluya lento, len-to, l-e-n-t-o.

Pero, como siempre, no hay más opción que intentar mantener la cabeza rebelde en su sitio y los pensamientos danyinos fuera de casa, aunque haya que echar el cerrojo y darle siete vueltas a la llave para que no se cuelen dentro. Porque aunque a veces, siempre demasiadas, no parezcamos tener más fuerzas, suele quedar un rinconcito dentro donde sorprendentemente quedan más. Las suficientes para avanzar otro paso, esperar otra semana y después otra más hasta que me despierte y hayan pasado las seis.

Sólo tengo que buscar las fuerzas. Y sé que las guardé en algún sitio, por aquí o allá... tienen que estar en alguna parte. Dentro, seguramente.

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