jueves, febrero 17, 2011

Tener o Ser

Ya he hablado alguna vez por aquí de las etiquetas, esas etiquetas que llevamos muchos y que a veces amenazan con reducir nuestra personalidad, nuestra esencia, nuestra identidad, a lo que pone en ellas. Y pienso ahora mismo en mi propia etiqueta, mi enfermedad, y cómo muchas veces he sentido que yo soy una enferma, y que eso me define por delante del resto de las cosas que también soy.

Para mí no es lo mismo ser una enferma que tener una enfermedad. Porque sí, yo sé que tengo una enfermedad, soy consciente de ello desde hace ya quince anyos... pero sólo a veces la enfermedad se hace tan grande y tan poderosa que siento que soy ante todo una enferma. Y la diferencia entre tener el trastorno X o ser el trastorno X (como si a la misma enfermedad le salieran brazos, piernas y adquiriera vida propia) es grande. Porque no podemos reducir toda nuestra identidad a una etiqueta, porque quizá somos enfermos, sí, pero seguro que somos muchas más cosas que nos conforman como un puzzle. Yo sé que soy risuenya, que soy carinyosa, que soy bajita y que soy mil cosas más que, todas juntas, hacen de mí la persona que escribe este blog, que intenta aprender cosas nuevas y que sí, tiene también una enfermedad, pero no se reduce únicamente a eso. O eso intento, que mi(s) problema(s) no mediatice cada paso que intento dar, no limite cada movimiento, no me enjaule en una cárcel que por un lado construyo yo misma y por otro contribuyen a crearla los prejuicios e ideas preconcebidas de los demás.

Y cuando me pierdo entre ese tener o ser, busco ejemplos de superación, busco esas mentes libres abriendo camino, busco personas que me digan que también se han sentido así pero que luego, con los apoyos necesarios, han sabido encontrar su fuerza y hacerse grandes desplegando sus propias alas. Y su fuerza se multiplica en mí.

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lunes, febrero 14, 2011

(Son)risas

Me sonrió desde el primer momento. Y eso pudo con los nervios, y con la que en aquel momento tomé por seriedad inflexible de su companyero. Una sonrisa franca y sin dobleces, que se ha repetido desde entonces innumerables veces, siempre cálida y cercana.

Hoy hablábamos de mi miedo a los extranyos, de lo que me cuesta establecer nuevos vínculos, de cómo escojo palabras cuidadosamente y descarto otras muchas que no llegan a salir de mis labios, de lo cuesta arriba que se me hace una primera conversación. Pero sé que tengo gente a mi lado, y de alguna manera -que hoy no recuerdo y hasta me cuesta creer posible- me acerqué a ellos y los convertí de extranyos en amigos. Y con ellos hoy no hay esos miedos, ese control sobre lo que digo y lo que callo, esas murallas que sospecho que levanto yo sola, ese terror a ser juzgada que acaba por paralizarme. Un qué dirán siempre demasiado presente.

En un momento dado me ha arrancado una carcajada en medio de tanto pensar sobre cómo funciono y por qué funciono así y no de otra manera. Y me ha dicho que me ve pocas sonrisas, y que si es porque no es el espacio más propicio o porque realmente sonrío y me río poco. Pero yo me considero más bien risuenya, de (son)risa fácil -aunque tanto como lágrima fácil también-, y creo que cuando me siento en confianza, río bastante. Aunque es cierto que me cuesta sentir esa confianza, sentirme a gusto y dejarme llevar...

Pero ella me sonrió desde el primer momento, una sonrisa franca y cálida. Y eso me abrió puertas, me hizo sentir apoyada incluso antes de haber establecido los lazos que más tarde nos unirían.

Quizá no deba hacer esperar tanto las sonrisas, que al fin y al cabo no se agotan, es de las pocas cosas que se multiplican fácilmente y ni siquiera cuestan dinero. Quizá no sólo cuando esté en mi espacio y con mi gente, quizá puedan fluir incluso en situaciones un poco más complicadas. Sin forzarlas tampoco, no quiero pasar de restringir palabras a sonreír artificialmente... pero quizá simplemente enfrentarme con situaciones y personas nuevas más calmada, recordando que ya he hecho acercamientos otras veces, y algunos de ellos dieron los frutos que hoy tengo como amigos.

Hace unos días, le senyalé a mi chico la imagen de la luna en el cielo, que tenía la forma de la sonrisa del Gato de Cheshire, mirándonos entre las estrellas. Quizá deba dejarme acompanyar por esas sonrisas que me han dado fuerza otras veces, momentos de carcajadas como el de hoy o tantos otros, y de su mano, intentar sonreír incluso cuando no las tenga todas conmigo. Al fin y al cabo, tal vez alguien vea en mi sonrisa esa calidez que a mí un día me dio alas.

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