jueves, marzo 17, 2011

Un mundo habitable

"Debo aprender que manyana es un mundo habitable,
lleno de instantes, promesas
y besos y suenyos"

(Silvio Rodríguez - Debo)

No sé hacer planes a largo, ni siquiera a medio plazo. Desde que, hace ya tiempo, se me derrumbara el castillo de arena que había construido con tanto esmero, simplemente no he sabido volver a hacerlo. Durante un tiempo, me quedé demasiado anclada en el pasado, recordando permanentemente lo que había sido -y había dejado de ser-. Ahora tengo un presente en el que suelo sentirme a gusto, me rodeo de buena gente (para esto tengo suerte) y las sonrisas no me faltan cuando las busco. Pero sigo teniendo miedo a ver(me) en el futuro, imagino siempre manyanas oscuros en los que me derrumbo o el cielo se resquebraja para ir a caer sobre mi cabeza. No sé imaginarme un futuro no ya feliz, sino que no sea negro-negrísimo.

Por eso, no imagino. No veo más allá de dos-tres meses, lo imprescindible para funcionar en el día a día. No hago excesivos planes, por ese miedo atenazador a que luego se los lleve la marea.

Recuerdo cuando sí los hacía, y sabía disfrutar sólo de eso, de planear, de hacer castillos en el aire y pasear por ellos como si fueran mi casa. Quizá no era tan pesimista como soy ahora, quizá sólo era más ingenua, o más incauta, quizá ahora soy más realista o más prevenida, no sé.

Y hoy, que llevo todo el día escuchando a Silvio en modo non-stop, llegaba a la canción que encabeza el post. "Debo aprender que manyana es un mundo habitable", dice. No ese vacío negro, ese hoyo profundo en el que siempre pienso que caeré más tarde o más temprano. Porque estar siempre temiendo el tropezón que llegará, tampoco te deja disfrutar del momento. Y porque son tantas veces las que el futuro se ha hecho presente para demostrar que no era tan peligroso, que podía -podíamos, con mi gente- con él, que no era ese manyana devastador que me había estado temiendo... que debría haber parendido ya a desconfiar de mis miedos, a no darles cancha.

El manyana, un mundo habitable. Lleno de promesas y suenyos. Suena bien, pero suena lejos, inasible. Es difícil convencerse de algo cuando has estado tanto tiempo creyendo lo contrario, no se puede cambiar la concepción del mundo (como ente hostil en el que resulta complicado manejarse) de un día para otro. Pero es bueno tener la frase de la canción ahí en segundo plano, como recordatorio.

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jueves, marzo 10, 2011

Expectativas

Nadie puede dejar de ser quien es para convertirse en lo que otros quieren que sea.

(El club de las malas madres
Lucía Etxebarría & Goyo Bustos)
Qué claro lo tenemos, qué fácil parece decirlo y, sin embargo, cuánto cuesta a veces encontrar ese camino que hacer nuestro. Porque las ganas de agradar a quienes nos rodean, especialmente a quienes queremos, siempre son más que poderosas; porque la presión del resto, de lo que están haciendo, de esa normalidad a la que nunca acabamos de llegar, nos pesa; porque a veces nosotros mismos no sabemos bien qué es lo que queremos y si ese deseo que nos surge es realmente nuestro o es un deseo impuesto desde fuera pero ya interiorizado.

Y sabemos que es cierta la frase que cito, que no podemos dejar de ser quienes somos para ser ese No-Yo que los demás desean o buscan en nuestro interior. Igual que funciona al revés, si te enamoras de un suenyo y no de la persona que tienes enfrente, esa relación tiene todas las papeletas de acabar mal, porque más tarde o más temprano le exigirás que se vaya pareciendo a tu suenyo, y cuando no lo consiga (porque él sólo es la persona que te llamó la atención, pero no ese Él con que suenyas, nadie coincide 100% con lo sonyado, los hombres o mujeres perfectas no existen)... cuando no lo consiga, vendrán la frustración y la rabia, así, de la mano. Y además te perderás las cosas buenas -aunque no sonyadas- que tenía ese él sin mayúscula, para ofrecerte.

Están las dos categorías. La de quienes quieren que la gente se amolde a lo que ellos esperan. Yo quiero que seas así, ve cambiando para parecerte a ese que yo veo en ti. Y la de quienes están perennemente buscando parecerse a lo que otros esperan de ellos. Quiero que me quieran, y será más fácil si me amoldo a lo que están buscando en mí. Yo me veo más reflejada en la segunda opción, y eso que, cada vez más, intento encontrar mi propio camino sin buscar las miradas de aprobación -o reprobatorias- de los que me rodean. Pero cuesta, cuesta... aunque no dejo de estar en el camino.

Y ayer, cuando en el autobús, leyendo "El club de las malas madres" me topé con la frase que encabeza este post, me quedé con ella, la subrayé y pensé en traerla por aquí. Porque tantas veces nos preocupamos de alcanzar las expectativas que otros tienen en nosotros, o tantas veces nos ocupamos de ir cambiando al otro para que se ajuste a nuestras expectativas... tiempo perdido, tanto lo uno como lo otro. Porque acabo como empecé: nadie puede dejar de ser quien es para convertirse en lo que otros quieren que sea. Lucía, Goyo, gracias por la frase. Nunca está de más recordarla...

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martes, marzo 01, 2011

Mentiras

Sean las que sean, siempre son demasiadas. Y la mayoría, innecesarias. Pero hay personas, a veces incluso familias enteras, que tiran más de ellas, que las utilizan con mayor frecuencia, que tienen miles de temás-tabú sobre los que no hablan y sobre los que tejen una red de mentiras, una manta entera de retales falsos para tapar la verdad o verdades sobre las que nunca se habla. Y así, enterrada, se acaba perdiendo en el fondo del río.

Ya de adolescente me harté de tanto tabú, tanta manta que ocultaba verdades. Porque entonces no podía decir lo que me pasaba y la mitad de mi vida era puro invento. Primero, que sí, que seguía estudiando -los exámenes bien, gracias- aunque me había visto obligada a dejar el instituto meses atrás. Luego, cuando fue insostenible, que sí, que había dejado el instituto pero para meterme en una especie de academia de teatro y manualidades, cuando aquello recibía el nombre de terapia ocupacional y era una más de las muchas sesiones de terapias diversas a las que asistía diariamente. Y de nuevo, cuando fue insostenible, maquillamos los diagnósticos, algo que en mi familia se lleva haciendo desde que tengo uso de razón. Siempre, para no preocupar, porque qué faena y qué falta hace que se disgusten así.

No lo entendí entonces, no lo entiendo ahora. Porque cuando disfrazan quién soy continuamente, para no disgustar a los demás, el mensaje que me transmiten es que no soy digna de que me aprecien por mí misma, de que si la gente sabe quién soy, qué hago... se disgustará. Siempre, haga lo que haga. Y ese mensaje es totalmente destructivo para cualquier autoestima.

Y en estos días, vuelve la rueda de molino a caer, llevando el mismo agua. Recientemente, ya lo traje por el blog, perdí mi trabajo, cerró la empresa, pasé a ser una más en la larga lista de parados. Me convenzo a mí misma cada día -o eso intento- de que no es el fin del mundo y de que, aunque me cueste, acabaré encontrando un trabajo en el que me sienta integrada y que, con suerte, me gustará al menos la mitad de lo que me gustaba el que se terminó. Intento que el tener tiempo libre no me pese, y busco actividades para hacer -y las encuentro, estoy aprendiendo cosas nuevas-. Pero de nuevo, jarro de agua fría. Resulta que descubro que hay quien piensa que es mejor callar, mentir, no decir nada sobre esta pérdida de trabajo porque, como tantas veces, para qué disgustarla, no vale la pena, es mejor que piense... Estupendo. Es mejor que yo me sienta (aún más) fracasada, teniendo que mentir a mi propia familia porque si saben de mi situación -que, copón, dramática no es- van a disgustarse. Es mejor pasar el trago inventándome que la empresa va bien, no, no nos falta trabajo, aunque sí, han despedido a algunas personas... a decir que es una etapa que ha acabado y estoy buscando la siguiente.

Pero no. Qué disgusto, por favor. Gacelita sin trabajo, drama y dolor, qué va a ser de ella. Supongo que será porque soy inútil y no dan un duro por mí. O porque, una vez más, no alcanzo a cumplir las expectativas que tienen sobre mí, y por eso es mejor, de nuevo, taparme con una manta, enterrarme en el río, y mientras tanto, hablar de una Gacela que no existe, que no soy yo. Y ocultarme bajo la pesada red de mentiras que tan rápidamente se teje en esta familia, pero que, sorprendentemente, en vez de calor da un frío que se mete en los huesos...

Aunque esta vez no va a ser igual. Porque me canso de mentiras, porque yo no soy así y no tengo por qué cargar sobre mi espalda más peso del que me corresponde -que creo que es ya bastante-. Así que perdonadme: fuera la careta, no hay más máscaras, esta soy yo, siento el disgusto.

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