viernes, septiembre 13, 2013

Paredes blancas, mesas verdes (VI): La precuela

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en cualquier parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy lejos, a ninguna parte. 
No quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo.

(Eduardo Galeano*)

Las entradas de la web que empiezan con este título (Paredes blancas, mesas verdes) siempre han estado escritas fuera de mi casa, han pasado por el cuaderno que me llevo a ese lugar en el que en teoría me cuidan cuando yo no sé cuidarme y ni siquiera mi entorno dando lo mejor de sí mismo puede eliminar todo riesgo. 

Éste, en cambio, lo escribo en mi ordenador. Lo escribo aquí habiendo llegado a un acuerdo con mis médicos: manyana iré a un festival que me ha servido de flotador las últimas semanas y el domingo, tras descansar, iré a ingresar de nuevo. ¿Por cuánto tiempo? No lo sé. Una unidad de corta estancia puede ser una semana -nunca lo ha sido en mi caso- o un mes y medio. En teoría, estaré hasta que las ideas autodestructivas cedan un poco, hasta que esta osa dibujada por Luke Chueh que soy deje de vomitar calaveras y de dormirse cada noche acunada con la idea de la muerte como única salida, como descanso merecido, como paz necesaria. Ahora mismo no imagino cómo podría pasar de lo que pienso ahora a pensar eso. Me parece una cuestión de fe, que se tiene o no se tiene. Y yo no la tengo.

No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco. (Rayuela, Julio Cortázar)

Normalmente, en mis anteriores estancias en el lugar de paredes blancas y mesas verdes, apenas han mediado unas horas desde que he sabido que ingresaba hasta que el ingreso se ha hecho efectivo. Ha sido algo como estar a punto de romperse, dar un grito ante la primera fisura y ¡zas!, la maquinaria puesta en marcha para escayolar.

Esta vez es distinto. Tengo dos días para hacerme a la idea, para saber qué cuadernos, revistas y libros me llevo, para preparar una mochila que no contenga ninguna de las muy peligrosas armas prohibidas en tales territorios (cuidado con las pinzas para el pelo, mortales de necesidad; quítate los anillos y collares, no traigas zapatillas con cordones, vetados los pantalones con cinturones). Tengo dos días para hacerme a la idea de perder mi libertad los días que OTROS decidan, para perder la capacidad de decidir sobre lo que como, lo que veo en la tele, la medicación que ingiero. Dos días y quién sabe cuántos más hasta poder reconstruirme un poquito y dejar de vomitar muerte y destrucción cada vez que abro la boca.

Creo que se podrían haber intentado otras cosas, quizás pactos semanales que hubieran funcionado como arma de retención a corto plazo, quizá intentar fortalecer mi hoy diminuta parte sana dándole armas para crecerse, dándole tablones a los que asirse para no ahogarse en el mar. Trucos aunque fueran enganyos: aguanta hasta el cumple que vamos a prepararle a X.; termina de leerte el libro de tiras de Mafalda; acaba de ver la tercera temporada de Juego de Tronos (sé que voy con retraso, ¡no spoilers, please!); aprende a hacer risotto; vuelve a ver el mar; reconstrute tu relación con E. con quien has vuelto a hablar hace poco tras anyos de ausencia; métete en ese grupo donde podrías aprender sobre política y quizá aportar algo a su trabajo subtitulándoles el material que hacen; apúntate a clases de inglés... Creo que ese hubiera podido ser el camino, y no habría que pasar por las paredes blancas ni los sofás y mesas verdes, pero cuando lo he dicho ya nadie se fiaba de mí, ya sabían que era una idea de mi pequenya parte sana y no de la enferma, y quizá de tanto decir que estoy dominada por mi parte enferma los he convencido y ahora es demasiado tarde para mí y mi parte luminosa, ya nadie nos cree. 

Así que este es el último post hasta nuevo aviso. La precuela de la película otras veces contada, el antes de un ingreso, el previo de la carrera de Antena 3. El resto, próximamente en sus pantallas, cuando vuelva a mi casa, a mi silla azul, mis estanterías atestadas de libros y mi cama grande compartida con el ninyo de ojos sonrientes y mi gata-panterita negra.

Hasta la vuelta.
*No he conseguido confirmar que este pequenyo texto sea realmente de Eduardo Galeano, aunque lo he visto atribuido a él en numerosos sitios. Si lo conocéis y sabéis de qué libro es, o si sabéis que no es suyo, agradezco la información para anyadirla como fuente.

[La imagen que encabeza este post pertenece a la galería de Luke Chueh, puedes acceder a su web haciendo click en su nombre.]

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martes, septiembre 03, 2013

Mi mundo ajeno (II)


Tengo una pistola
por si un día todo falla
en vez de hacer la cola
poder saltar la valla.

Tengo una pistola
por si un día todo falla,
pero no tengas miedo:
ahora no está cargada.

("Tengo una pistola"
Christina Rosenvinge)

Antes, hace tiempo, media vida atrás, empecé a sentirme atrapada en un mundo que no era el mío, mi mundo ajeno lo llamaba, un mundo en el que no conseguía nadar sin tragar agua, no podía levantar la vista al cielo sin que el sol me cegara y me dejara en una oscuridad eterna, un mundo en el que, aunque hubiera quien me tachara de teatrera, sufría sin teatro alguno muy por encima de mis posibilidades, ahora que tan de moda está la coletilla.

Entonces, hace tiempo, esa media vida atrás, aprendí que necesitaba una vía de escape, necesitaba esa pistola de la que habla Christina Rosenvinge en su canción, una que me permitiera saltar la valla si llegaba la necesidad. Porque quería sentir que si estaba en este mundo era porque quería, no porque no me atreviera a irme de él por la vía rápida de tirarse desde una ventana o a un tren subterráneo. No quiero sentirme atrapada, no quiero que cada día sea una losa que me atrape bajo su peso y yo me quede inmóvil, ahogada día tras día con un peso que no sé cargar.

Pero hace tiempo, mucho menos, sólo un trocito de vida atrás, empecé a sentir que encontraba un lugar en este mundo que comenzaba, de a poquitos, a hacer algo mío. Conocí a alguna gente que eligió libremente permanecer a mi lado en momentos oscuros de llanto y drama y dolor exagerado, mi cabecita loca pareció estabilizarse un poco y yo empecé a contarme un cuento de la lechera en el que había hasta ninyos en un futuro en el que mi cabecita no estaría tan loca y no habría píldoras de colores ni inyecciones mensuales que mantuvieran la locura a más de diez pasos de mí. 

Tonta, ingenua, ilusa como la lechera del cuento, la historia no siguió los pasos que yo había previsto. Pero en ese tiempo de construir castillos de arena sin pensar en las mareas que habrían de subir, olvidé que necesitaba mantener mi vía de escape lista por si venían tiempos peores, descuidé mis obligaciones (y bien que lo estoy pagando), corté las mangas a las chaquetas pensando que no vendría de nuevo el invierno.

Y el invierno ha llegado y yo no tengo mis defensas listas, ni he adquirido víveres ni siquiera ha avisado el vigía apostado en el Muro. Así que ahora, recuperada una pistola que guardé bajo alguno de los azulejos sueltos de la cocina, ando buscando por las alcantarillas alguna bala perdida, una bala de una trinchera que no llegara a dispararse entonces y que pueda garantizarme una salida como la que me he ganado -dormida, tranquila, suavemente arropada por un edredón cálido-. Porque yo quiero elegir dónde y hasta cuándo estoy aquí, en este mundo que sentí propio mientras duró el largo verano y que hoy se ha vuelto frío, ajeno como el de antes, hace tiempo, media vida atrás.

Pero no tengas miedo. Ahora no está cargada.

[La imagen que encabeza este post pertenece a Jon Kuta, puedes acceder a su web haciendo click en su nombre]