miércoles, agosto 20, 2014

La noche de la marmota

Casi nunca suenyo con mi Yo actual. A veces sí que incluyo en mis suenyos a algunas personas que he conocido recientemente, o en los últimos anyos, pero en la mayor parte de ocasiones, a quien acompanyan no es a mí sino a un Yo que fui un día, un Yo mucho más lleno de miedos, de tabúes, de barreras, de límites. Un Yo mucho más asustado, mucho más chiquito, y que quisiera no olvidar pero sí tener algo  menos presente. Pero en las noches vuelvo a ser esa chica que se sentía inmensamente sola (y realmente, lo estaba bastante también), esa chica con mil problemas para relacionarse, que encontraba placer en hacerse danyo como manera de localizar el dolor en algún sitio físico y no ese todo que la envolvía.

Por ejemplo, nunca suenyo con mi casa actual, ni con la anterior. Siempre que en suenyos visito mi casa, vuelvo a la casa donde viví hasta poco más de los veinte anyos, antes de que mi madre se independizara ya que mi hermano y yo no lo hacíamos y yo me tuviera que ir a vivir sola a un estudio para descubrir aquello que decía la canción de que la soledad y yo no nos llevamos bien. Siempre vuelvo a aquella casa, a mi cuarto sin luz natural y el salón pequeña Habana, y la plaga de cucarachas en la cocina, y la dejadez y el desorden donde miraras. 

En concreto, llevo entre una semana y diez días retomando cada noche algo que empezó siendo un suenyo incómodo y que cuando vuelve siete o diez noches después, ya es más pesadilla que otra cosa. Mis miedos de los dieciséis anyos vuelven y se instalan cada noche en mi cabecita loca, y de nuevo tengo que enfrentarme -como si siguiera atrapada en un maldito Día de la Marmota adolescente-, con exámenes a los que no puedo acudir por sufrir una crisis de angustia, a horas de clase encerrada en el banyo dibujando heridas sobre mi piel blanca, a la incomprensión de mi entorno cuando no burlas y risas... noche tras noche tras noche.

Ya lo viví en su día y me marcó, moldeó mi personalidad hasta hacerme la chica inestable que soy hoy, la que cuenta pastillas cuando su cabeza se le vuelve en contra, la que tiene una autoestima sujeta con alfileres. No quiero que cuando se supone que debo descansar, por las noches, tenga que revivir cosas que debí dejar atrás hace anyos. Pero vuelve, siempre vuelve. Atrapada por un pasado al que me siento más anclada de lo que quisiera, como si no pudiera evolucionar. No quiero olvidar, sé que eso forma parte de mí y que ha contribuido a dibujarme como soy ahora... pero me gustaría no despertarme a las seis de la manyana con el grito de angustia atenazando mi garganta. ¿Es mucho pedir?

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