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miércoles, enero 15, 2014

Mi mundo ajeno (III)

De nuevo se repiten los pensamientos en insistente runrún que por momentos no deja espacio para lo demás. Ni otros pensamientos más positivos a los que dirigir la mente; ni acciones más productivas que dormir y conseguir así evitar los días, sólo dormirlos; ni ilusiones que ya no sé si he dejado de buscar porque tengo la vista más puesta en preparativos de esos que no nombro mucho porque no te entiendo, cállate.

Mi mundo ajeno, mi mundo ajeno... 

Me cuesta un triunfo sentir que tengo un sitio aquí, sentir que puedo construirme un futuro en un mundo hostil como el que nos hemos dado. Para mí un futuro debería pasar por un trabajo, una rutina, un horario, unos ingresos... y ahora mismo siento todo eso tan lejano que me siento condenada de antemano a la eterna dependencia, la pesada carga sobre otros hombros que no son los míos.

Y no es sólo la incapacidad de trabajar, la inutilidad, el peso. Es el no saber qué me gusta, el no ser capaz de levantarme por la manyana y muchas veces ni siquiera a mediodía. Es dejar pasar los días dormitando, sólo buscando que llegue el día siguiente, no porque en él vaya a hacer algo, sino porque así puedo tachar otro día del calendario, y otro más, todos vacíos y huecos, todos perdidos.

Mi mundo ajeno.

Me distancio poco a poco de todo y todos, no porque quiera sino porque no consigo implicarme en mi propia vida, comprometerme con lo que hago, iniciar proyectos que puedan llenar el colador lleno de agujeros que soy. Con un velo en los ojos que me impide fijar la vista, avanzo a trompicones mientras la cabeza vuela entre pensamientos autodestructivos y el suenyo. No tengo sitio aquí, no hay forma de construirme un manyana y otro más. No con estos mimbres, no con mis manos, no -sobre todo- con esta cabeza loca e inútil sobre mis hombros. 

Y sin fechas aún redondeadas a boli sobre ningún calendario, sin hoteles elegidos, sin despedidas definitivas... siento que me voy alejando poco a poco de las risas, los planes, los proyectos; siento que en vez de un futuro me construyo atalayas y altos muros que me separen del resto; siento que navego hacia mi isla, montanya de arena en medio de un océano salado que sólo visitan los tiburones. Y no sé evitarlo. No lucho, no grito. Me dejo ir.

Mi mundo ajeno, hormiga frente al apocalipsis, escribía de adolescente, asustada de lo que entonces descubría en mi cabeza. Mi mundo ajeno, sigo sintiendo hoy, dieciocho anyos después, más de media vida.

Y qué lástima que no consiga hacerlo propio, hacerme ese huequito, construirme un espacio en él. Y qué lástima que ese mundo ajeno vaya a devorarme con sus dientes afilados. Y qué lástima que la Vida me duela así.

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