domingo, marzo 24, 2024

Mandaleando

 
De cuando el grito de los mandalas pudo oírse mucho antes que el mío

(fue más fácil creer parlanchina a una hoja de papel que a la loca a quien los camiones de pastillas debieron callar por los siglos de los siglos, amén).

De mandalas que gritaron allá donde nadie podía oírles

(si un mandala grita, se desgañita, aúlla, ruge, pierde la voz... allá donde nadie le escucha, ¿llega en realidad a emitir sonido alguno? Y si quien gritase, se desgañitase, aullase, rugiese y perdiese la voz, fuera aquella loca de quien sus informes advierten que no debe ser tomada en serio, ¿se pararía alguien a anotar el contenido de su llanto, de su rabia, de su dolor, de sus gritos?)

De alaridos mandaleados mientras aún buscaba mi voz

(¿la habéis visto, la habéis oído? A veces es temblorosa pero otras bien firme, puede ser suave y tierna o fría y cortante, tararea y canturrea bastante, a ratos se traba y se esconde en dejes infantiles. Si la habéis visto, dadme aviso que la echo en falta. Aunque no siempre nos reconozcamos, es mi voz, mi propia torpe y dulce voz; preferiría que no volvieran a usurparla quienes siempre están seguros de lo que deben decir, esa gente que cabalga a lomos de la certeza -qué osadía- para hablar con voces usurpadas -qué desvergüenza- de realidades que no son la suya -qué mezquindad-. ¿La habéis visto, a mi voz, la habéis oído, podéis darme alguna pista para reunirme con ella?)

Seguimos...

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