miércoles, agosto 16, 2017

Los libros que nos salvan de la mierda

- ¿No tienes demasiados libros, Gace? 

- ¿Te has comprado otro libro? ¡Pero si tienes muchos pendientes!  

- Uf, ya no nos caben más libros... 

- Pues ella tiene doce baldas y yo solo las cuatro restantes... 

- 27 cajas. Los que hicieron la mudanza no se lo podían creer, pobres, y de un cuarto sin ascensor... buf. 

- ¿Otro libro? ¡Pero si no tienes donde meterlos! 

- A mí me parece una irresponsabilidad, eso es acumular por acumular, no vas a leerlos todos nunca. Al final, el capitalismo es eso, tus estanterías. 


Tengo libros, sí. Tengo muchos libros. Quizá demasiados libros. No sé si voy a poder leer todos mis pendientes en este año o el que viene o quizá al siguiente y aun así, compro más libros, pido más libros como regalo en cumples o Navidad, sigo yendo a la Feria a descubrir más libros, me asocio a un par de librerías cuyos proyectos quiero apoyar, ¡cómo no!, comprándoles (más) libros. 

Si salgo de casa en un día cualquiera, voy con un libro en el bolso -una vez una dependienta en una tienda se extrañó de que mi forma de definir un tamaño de bolso apropiado fuera "tiene que caber un libro aunque no sea de bolsillo", ¿quien da más importancia al libro de dentro que al diseño chulo del bolso?-. Si el día es estresante o promete serlo, en el bolso llevo quizá dos libros y un cómic que me haga sonreír, y a lo mejor alguno de relatos. Ha habido días que prometían ser terribles y para dar el paso de salir de casa, he cogido una bolsa de tela además del bolso habitual y he metido dos, tres o cuatro libros extra en ella. 

Llevo una racha de mierda. CADA PUTO DÍA es estresante, es una mierda. Cuando no hay amenazas poco sutiles por parte de mis profesionales de tomar (ellos, claro) decisiones sobre MI vida, en base a SU percepción (la suya, claro) de cómo estoy, y SU determinación (¿adivináis cuál? la suya, obvio) de cuales son ¿mis? necesidades; hay gritos que ni me van ni me vienen pero recibo yo, porque curiosamente soy la única que se queda a escucharlos; hay violencias que cuando nombras como tales generan carcajadas más violentas aún; hay obligaciones impuestas por género y porque oye, tú no tienes problemas, ¿cómo que autocuidados?, si tú no curras por vaga; hay horas y horas de coche y horas y horas de hospitales y horas y horas aprendiendo sobre medicaciones y horas y horas preguntando a médicos colegas y horas y horas leyendo prospectos y horas y horas tomando tensiones y horas y horas en Urgencias y horas y horas preparando estrategias para hacer nuevas preguntas a médicos, médicas, sin que, oh, por Dios, se sientan cuestionados y te acuchillen con su ego resquebrajado. Y más gritos, y más cuestionamientos, y más quejas por no ser capaz de mantener la sonrisa Profidén de anuncio de clínica dental en el proceso, en el mismo proceso de perderme, de embarrarme, de alejarme de mí, de ver cómo vuelve a debilitarse el vínculo vital que tan fuerte no debía de haberlo reconstruido, por lo visto. 

Así que sí, compro, me regalo, tengo... muchos libros. Porque cuando siento que mi vida es una mierda; cuando tengo que esconderme de todo, de mí también; cuando el mundo se dedica a darle armas a una cabeza que nunca ha sido muy buena amiga mía; cuando me siento atacada, perdida, cuestionada, violentada por gente que se jacta de que ir pidiendo perdón es de pusilánimes -con lo que igual mejor no esperarlo por su parte-; cuando me cae mierda a borbotones y no es mi mierda, que de esa tengo a espuertas yo también; cuando me parece que no me queda NADA... pues, si estoy en mi casa, me levanto y voy a las estanterías, y miro títulos y recuerdo buenos momentos con este u otro, o imagino buenos momentos futuros con ese o aquel de allí que aún no he abierto (porque sí, tengo libros pendientes, oh, drama), y pienso que, yo qué sé, ALGO sí me queda. Que aunque me sienta desconectadísima de ese mundo que me rodea y me enmierda a la vez, a veces puedo reconectar a través de esos libros en las estanterías, primero con sus personajes, luego con sus autoras, autores, al final con personas de carne y hueso presentes en mi vida-quizá-no-tan-de-mierda, que me regalaron ese título, al que le regalé este otro yo, quien me recomendó este que me encantó. 


- A mí me parece una irresponsabilidad, eso es acumular por acumular, no vas a leerlos todos nunca. Al final, el capitalismo es eso, tus estanterías. 


Sí, tengo muchos libros, demasiados libros, joder, qué de libros. Porque me salvan, me salvan de ir despeñándome por los barrancos, tirándome al metro, mirando azoteas con ojos golositos, comiéndome 666 pastillas de colores. Y yo casi diría que el capitalismo de fuera de mis estanterías, ese que impone productividades a las que ni llego ni llegaré -ya lo sé, soy vaga, holgazana, perezosa, ¡¿a esa hora te has levantado?!-; ese que manda la carga de cuidados a los mismos hombros siempre, y cuando no es la carga de haber quitado la ropa es la carga mental de tener que ser tú la que digas, "oye, ¿igual hay que quitar la ropa?", y la de recordar todas las citas médicas en seis leguas a la redonda, sin olvidar las propias, que esas nadie te las va a recordar a ti, claro; ese capitalismo que nos separa, nos individualiza, nos convence de nuestro fracaso personal, de no haber estado a la altura, pues si Steve Jobs empezó con cero y mira, si mi pensión es una basura será mi culpa, como todo lo demás... igual ese capitalismo es más preocupante que lo de que yo tenga muchos, oh, demasiados, sí, ¡cuántos!... libros. 

Hoy los libros también me han salvado. Una noche más. Y hoy que no duermo en mi casa porque hay un montón de necesidades externas que atender -de regalo, de nuevo entre gritos, no sea que me desacostumbre- mientras las mías (uy, ¿pero tú tenías necesidades?) pues ya se verá, ya haremos un hueco, ah haberlo dicho... hoy, otra noche de mierda para acabar un día de mierda y he perdido la cuenta... los libros me siguen salvando. Y escribir, escribir para soltar, para no explotar, no infartar, no llenar todo de lava en erupción volcánica que petrifique todo en una nueva Pompeya, los gritos, las consultas, las mentiras, las farmacias, los reproches, todo petrificado (la piedra os sienta TAN bien). 

En esta casa que no es mi casa y donde no quiero estar esta noche, me he traído un libro de poesía de Elvira Sastre, una novela de chico conoce chica, otra sobre un gato callejero con nombre y canal de YouTube propios, un cómic paródico de una serie seria, un libro sobre una casa con muchos libros, otro con relatos de relaciones amorosas que intentan ser más libres y cuidadosas a la vez, otros relatos sobre maternidades así o de otra manera totalmente distinta, una novela que cabe en un bolsillo sobre inteligencias artificiales... Qué locura. ¿Qué locura? Qué locura construir un mundo y unas vidas que (me) dañen y duelan tanto, y que salga de casa sabiéndolo, dolorosamente consciente de la que se avecina, y aún así salga porque es mi obligación, seguro que no debería ser tan vaga, y tenga que tirar de guardaespaldas, de guardaespaldas como todos estos libros que hoy, también, esta noche... me salvan. Una vez más. Como ayer, como mañana.


sábado, julio 29, 2017

Desastres sísmicos no-naturales

Desastre.

Imprevisto, innecesario, movimiento sísmico que no detectaron los sistemas electrónicos por avanzados que fueran, por muchos científicos que hubiera estudiándolos. No se despistaron, no dejaron de mirar, simplemente los sistemas no funcionaron, no alertaron, no podían hacerlo. Las placas tectónicas no se han movido por las fuerzas de la naturaleza -de eso sí habría habido aviso, siquiera unos segundos antes-, no, esto no ha sido natural en ningún caso sino provocado. Como el incendio que arrasa hectáreas de bosque frondoso porque tres, cuatro personas -previo intercambio bajo mano de billetes en algún sótano húmedo- han unido fuerzas para hacerlo estallar, un foco aquí otro allá y otro en la otra punta. No es un desastre de la naturaleza, es la acción de (malas) personas para destruir con tal de ganar algo a cambio.

Y como el terremoto que sigue asustando a la población de la ciudad ya venida abajo con sus numerosas réplicas los siguientes días; como el incendio que cuando parece extinguido -tras caer varios bomberos en el esfuerzo- vuelve a avivarse con que sople un pelín el viento... así este desastre de entre lunes y martes (hablamos de un terremoto largo y con inmensa capacidad destructora, un temblor de tierra bajo los pies que se extendía horas y horas) sigue con sus coletazos, infundiendo miedo y tirando abajo los escasos muros que aún quedan en pie.

La población afectada, además, no puede huir, no puede siquiera plantearse escapar, aunque fuera corriendo alejándose del epicentro. Probablemente ya no encontraría fuerzas para correr dadas las circunstancias, pero es que ni siquiera andar poniendo distancia es una opción factible.

Así, solo queda mirar alrededor con los ojos húmedos, enrojecidos, incrédulos, preguntándonos -una vez más, esta sensación es una vieja conocida- cómo es posible que la estabilidad sea tan frágil, cómo es posible que todo lo construido con tanto esmero, cariño y esfuerzo; todo lo que había llevado tanto tiempo ir levantando, piedra a piedra; terreno antes estéril en el que fuimos plantando semilla a semilla hasta hacerlo jardín; hogar que ya hace años salió de la nada, salió de un montón de escombros gracias a que yo, y Él, y un (buen) puñado de gente enormemente valiosa -sacada primero de las entrañas de la Red de Redes, sacadas un tiempito después de entre toda esa gente que se sentaba en el suelo de una plaza hiciera sol o lloviera y levantando sus manos y agitándolas en gesto de asentimiento por encima de sus cabezas, soñaban mundos nuevos que acercaban a ser reales-, gracias como digo a que di, dimos, con esa gente que no dudó en hacerse albañil y arquitecto y delineante y lo que hiciera falta para tomar las herramientas conmigo, con nosotros, y ayudarnos a apuntalar los techos, a reforzar los muros, primero de un rinconcito y luego de una habitación y más tarde de la casa entera y el edificio y los edificios adyacentes y todo un barrio y la ciudad... Cómo es posible -aún no lo creo- que todo eso esté derruido y no encontremos un lugar donde ponernos a salvo, donde resguardarnos siquiera unos minutos del sol abrasador, o el granizo que se clava inclemente o el viento que nos lleva con él, o peor aún, la próxima réplica de este terremoto provocado que no acaba.

[No sé el nombre del autor de la fotografía -si lo conocéis os agradezco si me dejáis su nombre en los comentarios para poder añadirlo aquí-, la foto recoge una escena tras el ataque aéreo y bombardeo sobre Londres por la Alemania nazi en 1940.] 









[Y entre toda esta destrucción, algo en mi cabecita también en escombros por culpa del desastre no-natural me dice que quizá podamos recomenzar como ya hice hace tanto, que si un día todo estuvo también destruido y como dice el último párrafo, Yo, y Él, y ese puñado de gente valiosa, fuimos capaces de construir juntos, juntas, una ciudad entera de la nada; y sabiendo además que a la gente valiosa -que hoy permanece cerca, cerca incluso aunque unas poquitas de ellas residan hoy allá a kilómetros, en Berlín, o Dublín, o Barcelona o Sevilla, transformando así el mapamundi entero en un lugar donde puedo recoger cariño en puntos diseminados aquí y allá-...  a esa gente de ayer que sigue afortunadamente presente en mi vida, hoy se suman unas poquitas más, sobre todo esas mujeres que también perdieron como yo sus cabezas y aún así, ¡qué cabezas, qué corazones, qué manos fuertes cuando sostienen!... ¿Todos ellos, ellas, Yo, Él, no podríamos ser capaces de emprender, mañana o al otro cuando el temblor de tierras cese un poco, una nueva reconstrucción de todo lo que volvió a caer? 

En algún rincón de mi cabecita ahora en escombros resiste esta idea y por eso la recojo, pero algo más fuerte en mi cabecita por siempre loca y hoy arrasada me pregunta si hay una letra para escribirlo pequeño, pequeño, escogiendo el tamaño más chiquito posible para que no se pueda leer bien, para que no podamos tenerlo muy en cuenta, para que se olvide fácil. Pugna de nuevo entre las piedras caídas por el desastre provocado...]

lunes, junio 19, 2017

Extrañas con nombre

Somos extraños, extraños sin nombre que nos movemos entre otros extraños sin nombre, cuerpos extraños cruzándonos con otros cuerpos extraños, personas perdidas en nuestros pensamientos andando entre otras personas perdidas también en sus pensamientos -quizás distintos, quizás no tanto- en sus propias cabezas. Extraños todos, ajenos todos.

En un autobús, una extraña enfrente de otra extraña, extrañas sin nombre. Una de ellas habla con otra mujer, ¿su madre, su amiga? La extraña de enfrente mira su móvil nerviosa, lo aprieta con manos temblorosas, desvía la mirada, se le salta una lágrima, llora. La extraña sin nombre llora sin hacer ruido rodeada de otros extraños, otras extrañas sin nombre.

Extraños sin nombre, ajenos unos a otros, invisibles unos de otros, y si alguien llora, da igual; y si alguien se marea en la calle, a quién le importa; y si a alguien se le escapa el aire del pecho por su angustia, qué le vamos a hacer, yo he quedado y llego tarde.

En un autobús, una extraña con un pañuelo en la cabeza ha roto a llorar agarrada a su móvil, ¿quizá una mala noticia en la pantalla, una discusión, un mensaje amenazante? Los demás extraños siguen sus conversaciones, sus risas, sus lecturas, sus wassapps, sus juegos. Ella no es nadie, sus lágrimas no son nada, sus dedos agarrotados sujetando el smartphone son dedos invisibles, como su angustia, sus ojos empañados, sus hipidos -bajitos, bajitos, que no se oigan, que no nos molesten-, toda ella invisible.

Extraños sin nombre, extraños en ciudades grandes que se nos tragan y desaparecemos, extraños y extrañas que nos mimetizamos caminando rápido entre edificios y calzadas de asfalto que estos días hierven convertidas en lava, extraños juntos en bloques de viviendas en los que si los vecinos lloran o se gritan lo que pensamos es que menudo fastidio y no en si podríamos ayudarles de alguna manera. Extraños y extrañas sin nombre, incluso aunque éste venga escrito en los buzones dos pisos más abajo.

En un autobús, una extraña interrumpe la conversación con ¿su madre, su amiga?, porque le ha parecido que la mujer -extraña y sin nombre- que está sentada enfrente de ella... ¿está bien? No, no lo está, ¿no? ¿Está llorando? ¿Le pasa algo? Tiene agarrado el móvil... ¿habrá recibido una mala noticia? ¿O habrá oído la conversación que tenía con su madre, o su amiga, en la que bromeaban sobre temas relacionados con la muerte?

Claramente la mujer sentada enfrente está llorando, sí. Parece extranjera. Es una extraña, como todos en el autobús, todos en la ciudad... ¿será invasivo preguntarle? ¿será cuidadoso decirle algo? ¿será mejor seguir cada uno a su bola, todos extraños, todos sin más nombre que el de El Hombre (o La Mujer) Invisible?

En un autobús, una mujer llora invisible entre los cuerpos de veinte extraños que ni la miran. Pero no, no es (del todo) invisible. Otra mujer, la que está sentada enfrente, ha interrumpido su conversación y la está mirando con cara de preocupación. Se dirige a ella, ¿perdone, se encuentra bien? ¿Necesita algo? ¿Tiene algún problema, necesita ayuda, hay algo que podamos hacer por usted? Le ofrece primero un pañuelo de papel que ha sacado de su bolso, luego rebusca y le da un paquete entero de kleenex. La mujer-algo-menos-extraña se enjuga las lágrimas con el pañuelo, se suena la nariz. Le preguntan si le apetece beber agua, ella acepta y le dan una botellita pequeña de la que ella bebe. ¿Está algo más tranquila ahora? Respira más calmado y ya no llora... Le preguntan si quiere hablar, ella niega con la cabeza, esbozando a la vez una leve sonrisa y un "muchas gracias por todo". Siguen pendientes y, pocas paradas después, ella se levanta para bajarse del autobús, le preguntan por última vez si se encuentra mejor, si quiere que la acompañen a algún sitio, si pueden hacer algo más. Ella vuelve a negar con una sonrisa, se baja, echa a andar.

Extraños sin nombre, de eso la ciudad, cada autobús, cada parque y cada edificio... están llenos. Pero quizás está en nuestra mano ser un poco, un poquito, menos extraños, mostrarnos menos ajenos a lo que sucede en la puerta de al lado, en el asiento de enfrente del vagón del metro, en la mujer con la que nos cruzamos en el mercado o dando su segunda vuelta por el circuito del parque. Y así, poco a poco, quizás pasar de ser extraños sin nombre, a extraños con nombre y quién sabe si mañana, o al otro... ya no seamos más extraños.

[Esta entrada tiene su origen en un ciclista que un día hace mil años y alguno más rompió la barrera que me convertía en una extraña sin nombre llorando en un banco de la calle, al pararse y regalarme una servilleta con una flor dibujada en la que había escrito "SMILE!"; también en un post antiguo de este mismo blog que allá por el 2010 llamé Extraños sin nombre; también en uno de los capítulos iniciales del libro "Trincheras permanentes, intersecciones entre política y cuidados" (el que se titula "Je suis seule"), de la escritora y librera Carolina León, a la que puedes leer en su blog aquí; y finalmente, en un viaje en bus con mi madre hace un par de semanas volviendo de una cita con Hacienda, cuando noté que una extraña sin nombre sentada enfrente se encontraba mal, y quise intentar romper un poquito esa barrera, y que fuera algo menos extraña, o lo fuera algo menos yo, o quizá al menos, para empezar... nos diéramos nombre.]

miércoles, mayo 31, 2017

Un año a través de sus libros (III)

Seguimos con el resumen de mis lecturas del 2016, gracias al registro que voy haciendo de ellas en Goodreads. Este post ya es la tercera parte (y, por increíble que parezca, ¡última!), encuentras aquí la primera, y aquí la segunda.

  • De pronto, mi cuerpo: Una memoria, de Eve Ensler (★★★★): La autora de este libro, autora también de los "Monólogos de la Vagina" y que había trabajado con mujeres víctimas de violencia sexual y abusos -un poco obviando los que ella misma había sufrido y de los que se ha desconectado-, nos cuenta en este libro cómo tras sufrir un diagnóstico de cáncer avanzado, se ve obligada a re-conectar con ese cuerpo olvidado, a asumirse vulnerable, a aceptar que ella también necesita. Es muy interesante aunque a ratos bastante duro. Me impactó bastante y, de hecho, ya ha tenido hueco varias veces en el blog a raíz de esa lectura y las cosas que me trajo a la cabeza, aquí, aquí y un poco más aquí.
  • Generación A, de Douglas Coupland (★★): Cuando leí la contraportada me pareció una planteamiento interesante: un futuro cercano en el que las abejas se han extinguido pero de repente cinco personas distintas en cinco puntos del planeta, son picadas por una abeja, con lo que de pronto, el Gobierno las junta para estudiarlas, interrogarlas, etc. Pero no me ha gustado cómo el autor va resolviendo la historia, además de que a partir de un punto determinado, los personajes se dedican a contar cuentos uno tras otro en turnos, con lo que el libro se vuelve un libro de relatos (con los que además no conectaba o directamente me aburrían) en vez de la novela de ciencia ficción o distópica que creí estar comprando. Mala elección por mi parte.
  • Los hombres me explican cosas, de Rebecca Solnit (★★★): Es curioso, tengo mejor recuerdo de este libro que las estrellas que veo que le asigné en su día, ahora pensaría en darle al menos cuatro. Es una recopilación de artículos desde un punto de vista feminista que van desde el que da título al libro, creo que el más ligero, hablando sobre lo que se conoce como mansplaining, hasta análisis más duros de la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres. El libro me ha gustado, y la autora acaba con un mensaje optimista, quizá hasta más optimista que mi propia visión sobre el tema.
  • Sarah's Scribbles: Crecer es un mito, de Sarah Andersen (★★★★★): Me gustó muchísimo, ya conocía a la autora de ver publicadas sus viñetas en redes sociales y el libro me ha encantado. Creo que la protagonista es entrañable y podemos identificarnos con ella, con ese no querer salir de debajo del edredón en los días grises, no querer quitarnos el pijama, encontrar pequeños momentos de intensa felicidad en las páginas de un libro o acariciando a nuestro gato... Muy recomendable, aunque se lee en un ratín y deja con ganas de más :-)
  • 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía, de June Fernández (★★★★): June es periodista y una de las coordinadoras y redactoras en la revista feminista Píkara Magazine (que me gusta mucho). Por eso cuando supe que publicaba libro, no me lo pensé. El libro es interesante, recoge diez historias de personas o colectivos que, en algún sentido, no "encajan" o se han rebelado, como dice el título. Alguna cosa me ha chirriado (una mención a la enfermedad mental de un padre maltratador como supuesta causa y explicación de dicho maltrato, contribuyendo a alimentar el mito -demostradamente falso- entre locura y violencia), pero el conjunto del libro me parecía recomendable. Gordofobia, transexualidad, feminismos... Rescato el concepto de que es precisamente la concepción de la transexualidad como una enfermedad, lo que acaba enfermando; y también una frase de otra protagonista, Juanita: "reconocernos como vulnerables es un derecho". 
  • Martina, la rosa número trece, de Ángeles López (★★★): Cuenta novelada la historia de Martina Barroso, una de las trece mujeres (mayoritariamente menores de edad) que fueron encarceladas y posteriormente fusiladas el 5 de agosto del 39 por el franquismo, sólo por sus ideas políticas distintas al régimen impuesto. Aunque el estilo de la autora al escribir no me ha convencido mucho, recuperar la memoria de Martina y sus compañeras (y la de tantas más) me parece tan necesario que me ha compensado.
  • Sally Heathcote: Sufragista, de Mary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot (★★★): Este cómic sobre la historia del movimiento sufragista y su reclamo del voto femenino contada a través de una protagonista que no existió como tal -la doncella Sally Heathcote- acompaña de muchas otras mujeres que sí son personajes históricos reales, resulta informativo, amenos, interesante, y cuenta una historia que es necesario difundir. Sin embargo el dibujo no me ha gustado mucho, los rasgos de los distintos personajes tienen tan poco detalle que a veces me resultaba inevitable confundir a unas mujeres con otras (excepto a la protagonista, más por su pelo naranja en un dibujo mayoritariamente en blanco y negro). Hubiera agradecido mayor detalle para perderme menos y situarme mejor.

Hasta aquí hemos llegado. Han sido un total de 29 libros, de los que 17 han sido de autores, 2 mixtos porque tenían varios autores y autoras -aunque aquí no he mirado proporción, la verdad-, y 10 de mujeres. Destaco esto porque en octubre, que supe por redes de la iniciativa #LeoAutorasOct, me hice consciente del brutal desequilibrio que había entre autoras mujeres y autores hombres en mis lecturas habituales. La media del año no es tan terrorífica -y es un 17 frente a 10, que sí hay un fuerte desequilibrio-, porque desde que me hice consciente, en ese último trimestre leí prácticamente solo autoras -aumenté mis lecturas con un libro escrito por un hombre y cinco escritos por mujeres-. Y si lo explico es para quejarme, desde la autocrítica, de que cuando decimos que "yo no me fijo en el sexo de quien escribe, solo en si la obra me gusta / me atrae / es buena", cosa que yo misma quizá haya dicho, pues si mantenemos esa postura, ya te adelanto yo el resultado: vas a leer muy poquita literatura o ensayo creado por mujeres. Porque si no nos fijamos, si vamos a la mesa de novedades -o a la de clásicos, que me da lo mismo-, las editoriales, las tiendas, el sistema en conjunto... invisibiliza a las autoras mujeres. Y esto quiere decir que -menos en algún género que también desde el sexismo se asocia a lo femenino, como romántica o quizá juvenil-, las obras de autoras están menos expuestas y accesibles, que están en peores lugares, en menos mesas de novedades, que seguramente también se editan menos (sobre esto, la escritora Iria G. Parente hizo unas simples cuentas en una librería un día de octubre y compartió los resultados en su Facebook).

Y es que estoy bastante convencida de que si no haces un esfuerzo consciente por, sí, fijarte en si los autores de los libros que compras son hombres o mujeres, y de hecho, empezar a buscar y priorizar mujeres -yo he elegido seguir leyendo a algunos hombres también, aunque visto lo visto, me parece muy fácil que algún año no haya habido ninguna mujer entre mis lecturas, y quizá plantearme un año (o X) sólo de mujeres también molaría-, si no haces esto... pues estás haciendo lo contrario, priorizar hombres y perderte un montón de libros de mujeres súper interesantes que se te pasan por alto si no haces esa visibilización y esfuerzo consciente del que hablo. Puede que haciéndolo, simplemente niveles un poco y leas más o menos igual de ambos géneros, pero si seguís con la frase de "yo es que no me fijo en el género de quién escribe sino en la calidad de la obra", pues analizadlo un poco y a ver qué encontráis. A mí, que me considero feminista y nunca diría "ay, no, este libro no lo cojo porque es de una mujer", pues resultó que apenas leía mujeres. Yo misma me sorprendí. Y solo quería aprovechar este último post de balance y resumen de mis lecturas de 2016 para compartir también esta reflexión por si a alguien le sirve, como me está sirviendo a mí, para descubrir historias y reflexiones creadas por mujeres que pueden ser súper valiosas y a lo mejor nos las estamos perdiendo a puñados.

viernes, abril 28, 2017

Locas de alegría (una reseña no académica)


Beatrice (Valeria Bruni Tedeschi) es una rica condesa que no se calla ni debajo del agua y que está convencida de ser una de las personas más influyentes de las esferas políticas a escala mundial. Comparte institución psiquiátrica con la misteriosa Donatella (Micaella Ramazzotti), una joven llena de tatuajes y cuya personalidad es vulnerable e introvertida. A raíz de compartir terapias en Villabiondi, el centro mental en el que residen, trabarán una amistad atípica que les hará embarcarse en una emocionante e imprevisible aventura que dejará al descubierto ese manicomio al aire libre que hay en una sociedad aparentemente cuerda. (Sinopsis extraída de ECartelera.com)

Hace unas semanas fui a ver esta película, Locas de alegría, a un cine de mi barrio que tienen pelis en versión original. Este post no pretende ser una crítica cinematográfica a la película, ya hay varias por la red, sino una visión personal, desde mi experiencia y alejada de cualquier pretensión académica.

He leído varias de esas críticas que comento, algunas la ponen bastante regular, dos o tres estrellas, aunque en Italia Locas de Alegría ha ganado el premio a mejor película este año en sus premios de cine, además de otros cuatro David de Donatello (sus Oscar/Goya) a mejor director, mejor actriz protagonista, mejor guión y mejor escenografía.

Fui a verla con varias compañeras y compañeros de un colectivo de activismo y apoyo mutuo en salud mental en el que participo, todos con experiencia en primera persona en convivir con problemas de salud mental. También vino un compañero ajeno al colectivo, pero con el que he compartido otros activismos y, no sé si por nuestras conversaciones compartidas, sí tiene sensibilidad hacia el tema de la salud mental además de tener cierta sensibilidad feminista. A todos y todas nos encantó la película. Y cuento esto porque he leído algunas frases en críticas (las oficiales, las académicas) que creo que se hacen desde la lejanía hacia estos temas, desde la distancia y puede que el desconocimiento, no desde la empatía.

Una de estas críticas decía: "La película de Paolo Virzi es una comedia que no divierte y una tragedia que no conmueve, emocionalmente inestable e ideológicamente descentrada." Todas las que la vimos, especialmente las mujeres, desde la experiencia compartida entre nosotras y con las protagonistas de la película, por supuesto que nos conmovimos y conectamos emocionalmente con ellas. Por eso, sólo entiendo esa frase en una crítica hecha desde la distancia del creerse a salvo de vivir una experiencia similar, la distancia del pensarse sano o cuerdo y desde ese pedestal que a algunos les da su cordura, tener cierta incapacidad para conectar con la locura (y también el dolor que está en su origen) que vemos en pantalla.

La película a mí me recordó alguna vez a la peli Inocencia Interrumpida, y muchas otras a Thelma y Louise, a la que tiene alguna escena de claro homenaje. Sí, quizá Beatrice y Donatella son las Thelma y Louise locas de 2017, que chocan en momentos, otros se toleran, pero también se necesitan y juntas aprenden a escucharse, cuidarse, apoyarse. Sororidad loca, ¿por qué no?

Es difícil que la locura, los ingresos, los delirios, la ideación suicida... se traten bien y con sensibilidad en la mayoría de productos culturales que consumimos. Quizá porque (casi) nunca los hacemos nosotros, los locos y locas. En este caso, al menos hay sensibilidad, al menos las locas no están puestas ahí para dar pena, o para que nos riamos de ellas, o para que desconfiemos o las temamos (aunque sí nos sacan unas cuantas sonrisas a lo largo de la película, y también unas cuantas lágrimas). La pareja protagonista son mujeres que tienen una historia de dolor y soledad que las ha roto, y especialmente una de ellas arrastra una culpa (¡ay, la culpa, tan femenina, tan limitante, tan dañina y tan común en nuestras historias de vida!) que la acompaña eternamente y explica tanto ese dolor intenso que siente y nos muestra en pantalla.

La película también nos habla, sin perder sensibilidad, empatía, cercanía... de maternidades y salud mental, del miedo constante a fallar, a hacerlo mal (demasiadas veces alentado y aumentado por los distintos profesionales de salud mental con los que nos vamos cruzando y nos van tratando -que no curando, ni cuidando- en nuestro camino) de la falta de apoyo y la inmensa desconfianza en nuestras capacidades a la que nos enfrentamos las mujeres que tenemos problemas de salud mental y decidimos a pesar de ello ser madres, de cómo a veces los servicios sociales son más amenazantes y así los percibimos, que proveedores de ese apoyo extra que quizá algunas de nosotras necesitaríamos llegado el caso de una racha más dura o difícil. En algún momento se hace patente el sinsentido de los protocolos que se llegan a seguir, pero no quiero desvelarlo todo porque me gustaría animaros a ver una película que creo que vale mucho la pena.

Yo salí removida, pensativa, dolorida... pero contenta de haber ido a verla, contenta de haber compartido la experiencia con compañeras con las que trabajo por intentar que algunas situaciones de las que se habla en la película no sigan dándose en el futuro, en nuestro futuro y el de muchas otras locas y locos. Compartir, como digo, la experiencia de ver y emocionarnos con este película, con algunas mujeres con las que trabajo también en lo personal que me afecta a mí directamente, y me ayudan a tener más cerca ese día en el que pueda subvertir las variadas y limitantes profecías que se me han hecho desde manuales de psiquiatría y desde profesionales de salud mental, sobre mi vida (cosa que ya vengo haciendo en los últimos tiempos), y llegue en efecto no solo a ser madre a pesar de mis problemas ¿crónicos? (¿desmentiré eso también?) de salud mental, sino, yendo más allá, a ser buena madre.

A fecha de hoy, la película sigue estando disponible en cines de nueve ciudades españolas, así que si podéis permitíroslo económicamente, os animo a incluir ese cine en los planes de este puente. Y si no, bueno, siempre hay vías alternativas ;-) Yo, después de haberla visto, y ya os digo que haciendo un poco caso omiso a algunas críticas que he leído, solo puedo recomendarla vivamente.

[Como aclaración final, sobre el lenguaje que empleo al denominar locas a las protagonistas de la película y al denominarme a mí misma así también... creo que reapropiarnos como sujetos políticos de palabras que otros han dirigido hacia nosotros y nosotras, palabras que usaban (y en pleno 2017 aún muchos siguen usando) para insultarnos, invalidarnos, infantilizarnos, quitarnos nuestra voz... usarlas, reapropiárnoslas, dotarlas de valor, reivindicarlas como propias... tiene una inmensa fuerza política. Es un camino que ha hecho antes que nosotros y nosotras la comunidad LGTB, buenísimo referente de lucha, que en su día ya se reapropió de términos también usados como insultos, como bollera, marica, queer... Si os interesa, lo explica más y mejor Elena Álvarez Mellado en su artículo "Teoría marica o el insulto como bandera".

No siempre me he denominado así, creo que el lenguaje y la narrativa que construimos acerca de nosotras mismas también evoluciona en paralelo a nuestro propio proceso personal y no se debe forzar desde fuera, pero en el proceso que yo estoy siguiendo y la narrativa que uso sobre mí misma y con la que me explico a mí y a los demás, hace tiempo que prefiero pensarme como "loca" con este sentido político que os explicaba, antes que como "enferma mental", que ya no uso para mí porque sentía que me limitaba más, me situaba en posición  pasiva y con unas limitaciones supuestamente eternas que están demostrando no ser tales, a pesar de esas profecías de las que hablaba antes. Y creo que con el lenguaje no sólo contamos la realidad, también contribuimos a construirla.]

viernes, marzo 24, 2017

Un año a través de sus libros (II)

Hoy me siento a escribir para continuar con el resumen de mis lecturas durante el año pasado, el 2016, gracias al registro que voy haciendo de ellas en Goodreads. Este post es la continuación de la primera parte, que compartí en el blog al comenzar el año. Sigo desde donde lo dejé:

  • La chica de Los Planetas, de Holden Centeno (★): Uf, creo que este es de lejos el peor libro que leí en todo el año. Lo compré pensando que sería una lectura ligera y playera para las vacaciones de verano, un primer amor acompañado de referencias musicales, parecía chulo... ¡qué error! Al parecer Holden Centeno es un bloguero de cierto éxito que compartía en su blog sus historias de amor con una novia, y una editorial decidió publicárselas, creo que parte del libro estaba ya en el blog y parte la añadió ex profeso, pero siempre diciendo que es autobiográfico y su propia historia real de amor (ojalá no lo sea porque pobre muchacha). No sólo es un lenguaje pretencioso, pedante y engreído, es que además lo que narra es bastante tóxico, porque su historia de amor es mitad negarse a aceptar que la chica a la que quiere ya no quiere volver con él (pero él seguirá escribiéndola y haciendo público su amor hasta convencerla de que se equivoca), y la otra mitad pretender que su historia es la única de amor verdadero, que lo que ellos viven nadie más lo puede vivir, que no hay nada tan especial como el vínculo que les une, que les sigue uniendo aunque ella le haya puesto fin, porque, claro, no sabe lo que quiere ni lo que le conviene. Todo esto, entre la ingenuidad de los quince años (aunque el autor tiene unos cuantos más) y la toxicidad del "yo sé que me quieres aunque digas que no" aderezado con el consabido "nadie va a hacerte tan feliz como yo / todo lo que vivas después de mí será una sombra de lo que tuvimos", etc, etc. Un mensaje peligroso que a algunxs les cuesta detectar como tal, como veo en algunas críticas entusiastas de "ay, esto es AMOR con mayúsculas, ojalá a mí". Siento haber contribuido con mi dinero a que ahora estas páginas tengan una segunda parte, la verdad :(
  • Material sensible, de Neil Gaiman (★): Llevo años leyendo a Neil Gaiman y es raro que tarde en comprar las novedades suyas que salen traducidas. Este lo compré en la Feria del Libro y lo leí en verano. Con sus libros de relatos me pasa algo, son bastantes relatos, también algunos en forma de poemas, y un tiempo después de acabarlos me cuesta recordarlos fácilmente, se me desdibujan un poco en la memoria. A veces me digo que si he disfrutado tanto leyéndolo, por qué me cuesta que se me queden dentro, pero creo que es más un problema de mi memoria que del libro en cuestión. Sí sé que lo disfruté, que me volvió a dejar pensativa y maravillada del mundo que guarda Gaiman en su imaginación, y agradecida por poder compartirlo con él. Recomendable.
  • Media guerra, de Joe Abercrombie (★): El cierre de la trilogía de fantasía épica ¿juvenil? El Mar Quebrado. Recupera personajes de los libros anteriores, entre ellos el de Espina Bathu, protagonista del segundo tomo y uno de mis personajes favoritos, aunque en éste no tenga tantísima presencia. Lectura entretenida, aunque con más escenas de combates (el título no engaña). pero un buen final para la trilogía.
  • Instrumental: Memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (★): Fue bastante boom editorial el año pasado, y también hizo que su autor diera multitud de entrevistas y de conciertos. Es duro de leer, Rhodes nos habla de las brutales violaciones sufridas en su infancia durante años a manos de un profesor, y cómo este trauma le llevó a una espiral de ingresos en psiquiátricos, intentos suicidas, desconfianza hacia los demás y hacia sí mismo... y cómo encontró en la música la posibilidad de mantenerse a flote, aunque hoy siga teniendo muchas dificultades por el terrible pasado que sufrió. Algunas escenas son muy duras y quizá no aptas para personas sensibles, al leerse se percibe honestidad y también mucho dolor. No recuerdo por qué no le puse cinco estrellas, quizá por diverger con él en parte de su discurso sobre los problemas de salud mental, principalmente (pero no solo) en el tema de la medicación, que él no ve solo como apoyo más o menos puntual sino imprescindible a largo plazo, de forma continuada e impuesta si hace falta. Pero aún así me parece un libro necesario. Como extra, sobre el formato, cada capítulo se inicia con una pieza -una interpretación concreta- de música clásica que recomienda oír mientras se lee el capítulo sobre la que además nos da información o anécdotas, como también hace en sus conciertos  (todas están recogidas en una lista pública de Spotify).
  • Un gato callejero llamado Bob, de James Bowen (★): Con este os tengo que avisar de que probablemente, a pesar de mi experiencia y mi valoración positiva, probablemente no sea muy buen libro. Pero me encantan los gatos y me gustó leer la historia real novelada de este hombre, con muchas dificultades en su vida (extoxicómano, sin empleo...) al que encontrarse un gato en el camino y acogerlo en su casa le da fuerzas para salir adelante. No será un gran libro seguramente, pero yo lo disfruté.
  • La nueva educación, de César Bona (★): Me extraña que le diera tres estrellas en su día, en mi recuerdo actual no le daría más de dos. El principal problema no es tanto el contenido (que aunque a mí me parecía que decía cosas básicamente de sentido común, quizás en el mundo docente sí sean innovadoras y su experiencia personal pueda ser instructiva para futuros/as maestros/as) como de la edición estafadora que han hecho. Un libro de menos de 300 páginas en las que cerca de la mitad son páginas en blanco, porque los títulos de los (muchos y cortos) capítulos van en una página con el resto en blanco, además hay un buen puñado de páginas que sólo tienen repetido un párrafo destacado de la página siguiente, y en fin, creo que conté en su día y las páginas en blanco superaban las cien. Claro, esto para poder venderlo a los 18 euros que cuesta, pero a mí me parece una estafa.
  • Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis, de Javier Erro (★): Cinco estrellas porque no hay opción a más. Este libro (cortito, muy barato y disponible también online en este enlace de forma gratuita por decisión de su autor y editores) es un muy buen material para orientaros cuando tengáis cerca  auna persona con alguna crisis de salud mental a la que queráis apoyar. Puede ser muy útil para amigos/as que puedan estar algo perdidos/as o para familiares cercanos. Lo más importante -y la principal diferencia con otros materiales ya existentes- es que aborda cómo tratar de apoyarnos siempre desde el respeto a nuestra autonomía y decisiones, desde la no imposición y sin autoritarismo ni paternalismo. También destacaría el lugar que le da a los cuidados también entre quienes están apoyando (¿quién cuida a los cuidadores?), ese repartir funciones dentro del grupo de apoyo para no quemarse, o tener espacios para poder verbalizar, también ellos, dudas, miedos, etc. La única pega que le pondría es que a mí se me hizo algo básica, quizás por su corta extensión no profundiza demasiado, pero tal vez por eso mismo sirva aún mejor como primer acercamiento, y despierte el interés por encontrar otros materiales con posterioridad. En resumen, me pareció una publicación necesaria y llevo meses recomendándola sin parar (en Madrid se puede encontrar en librerías como Traficantes de Sueños, donde la compré yo).
  • Parodia de Tronos, Temporada 2: ¿Tienes fuego, Benyto?, de José Fonollosa (★): Regalo por mi cumple de mis amigos quincemayistas de mi barrio, estos comic-parodia son una debilidad personal que no puedo evitar que me hagan muchísima gracia. No serán obras de arte, pero me encantan porque me divierten mucho. Eso sí, se lee en un suspiro.
Y hasta aquí esta segunda entrada-resumen de mis lecturas del 2016. Me queda una tercera (en principio iba a resolverlo en dos pero en esta me he liado y he hablado de más de algunos de los libros, así que me guardo los últimos para una entrada posterior). Y mientras esa llega, a seguir leyendo para descubrir nuevas historias, nuevos mundos, nuevas ideas. (Y este año, ¡más mujeres!)

jueves, febrero 02, 2017

Teatro IV: No solo duelen los golpes


A finales del mes pasado conseguí ir con mi pareja y un par de amigos a ver el monólogo "No solo duelen los golpes", de Pamela Palenciano, en el Teatro del Barrio. Ya el año anterior había querido ir a ver el monólogo en la gira gratuita que Pamela hizo (y ha seguido haciendo) por distintos centros sociales, pero cuando lo hizo en el de mi barrio (hoy desalojado) aunque fuimos con bastante tiempo, el centro social se había desbordado y no cabía un alfiler, así que no pudimos entrar. Pamela lleva también varios años haciendo este monólogo en institutos, dentro de un taller para la prevención de la violencia machista. Está haciendo un trabajo espectacular y muy necesario, aunque a menudo tenga que enfrentarse por él al acoso en redes sociales, haya recibido amenazas y haya sido recientemente denunciada por supuesta "apología de la violencia" (cuando precisamente hace todo lo contrario, es surrealista).

En la obra Pamela cuenta su experiencia en su primera relación que inició en su adolescencia, y a través de su propia experiencia narra la historia de muchas relaciones tóxicas, desiguales, en las que se sufre violencia machista, abuso de poder, desvalorización. Como ella dice en el título, no solo duelen los golpes, hay muchas violencias que no te dejan un ojo morado, y, en el caso de que ese paso llegue, habrá habido muchos otros antes que también hieren, aunque cuestan más reconocerlos como la violencia que son.

En el monólogo, que a pesar de tratar temas tan importantes y duros, tiene también dosis de humor y por supuesto, mucha crítica, ella se desnuda en una especie de catarsis que comparte con el público (masculino y femenino, aunque sé que en ocasiones en centros sociales ha hecho talleres solo para ellas o solo para ellos). Creo que mujeres y hombres vivimos la obra de maneras distintas, quizá ellos reconociéndose en actitudes machistas y/o violentas que no eran del todo conscientes de haber ejercido, y nosotras analizando nuestras relaciones pasadas o presentes y descubriendo tal vez similitudes preocupantes que no habíamos querido o sabido reconocer como violencia.

Sin querer contaros más de la obra, a mí me dejó bastante tocada, me revolvió, salí muy seria cuando acabó y no porque no me hubiera gustado (que me encantó), sino porque me hizo pensar mucho, sobre todo en mi primera relación seria, aunque no solo. No habría dicho que sufrí violencia en esa relación, si acaso hablo (¿hablaba?) de una ruptura tormentosa en la que sí hubo muchos insultos y números de celos a gritos y algún empujón en medio de la calle, pero asociaba eso a una ruptura difícil, no a una relación tóxica y mucho menos de maltrato. Pero sí que durante la obra me vi reflejada en varios momentos, también cuando Pamela recoge el discurso de su Yo adolescente defendiendo a su chico, negando que la trate mal, culpabilizándose ella misma, resaltando los aspectos positivos de su relación.

J. fue, como el suyo, mi primer amor. Nos conocimos en el hospital de día que trataba a adolescentes con problemas de salud mental, como nosotros. J. estaba precisamente por problemas para controlar la violencia, los impulsos, y por no controlar bien el consumo de sustancias tóxicas, que era como llamaban en el centro a las drogas, desde cannabis a drogas más fuertes (él principalmente consumía cannabis, otras solo de manera muy ocasional). Yo tengo el recuerdo de que me sentí muy querida por él, y también cuidada generalmente. Él respetó mis tiempos en lo que al sexo se refiere (yo era virgen, él no, y yo tenía muchos problemas y tabúes con mi cuerpo y con la desnudez). J. era muy violento, se pegaba a puñetazo limpio con su padre (que también era un hombre súper violento, pero a él nadie le trataba psicológicamente por eso, porque era el cabeza de familia y al parecer no había problema alguno en que ejerciera esa violencia y autoridad desmedidas), se pegaba a veces con desconocidos por la calle por las razones más peregrinas... y yo sentía que a mí me tenía que querer muchísimo porque "a mí no me pegaba". No. Sí, alguna vez hizo añicos en mi cara un regalo que le había hecho tras una discusión. O lanzaba al suelo y rompía un regalo que me había hecho él a mí. O me sujetaba y daba un puñetazo a la pared a dos palmos de mi cabeza. Pero a mí nunca me pegó, ¡cuánto me quería!

Y los celos, los celos... ahí también me vi reflejada en la obra. Porque él insistía en que su hermano pequeño sentía algo por mí, y al parecer yo le daba esperanzas porque le hablaba con amabilidad y le tenía en cuenta para algunos planes. y eso era humillar a J. aunque yo no me diera cuenta. Cuántas broncas simplemente por dirigirle la palabra, por felicitarle su cumpleaños, por plantarme y decir que si habíamos ido al parque de atracciones los tres, no podía decirle a su hermano que se fuera él por su lado y nosotros por el nuestro.

Y cuando, ya rota la relación pero aún manteniendo cierta amistad, empecé a pasar parte de tiempo en Internet, de nuevo celos desmedidos (y ni siquiera estábamos juntos, pero le daba igual). Que me había tirado a todo Madrid, que cómo podía ser tan puta, que todo Internet estaba deseando follarme y a mí me daba igual que me trataran como un objeto... Y los silencios, esos silencios, tanto durante la relación como una vez acabada, silencios que eran una forma de castigarme por las cosas que hacía o dejaba de hacer, que a menudo eran ninguna.

No sé si fue esa relación o los problemas de autoestima que yo ya traía conmigo. En mis siguientes relaciones, he buscado hombres que tuvieran un carácter opuesto casi al de J, que fueran tranquilos, serenos, no tan pasionales, impulsivos o violentos. Y aun así... hay cosas (mucho más pequeñas) en las que he seguido viéndome reflejada en la obra.

R., mi siguiente pareja, era lo que me pareció "una balsa de aceite" cuando le conocí, y eso me gustó. Calmado, tranquilo, pensativo, inteligente y cariñoso. Y aun así, cerca del final de una relación que mantuvimos durante tres años, tuvimos una discusión en la que él acabó un dando un puñetazo en la pared, rompiéndose la mano y haciendo un agujero.Y yo pensé en qué había hecho (yo, no él), en cómo lo había estropeado (yo, no él), en cómo le había hecho perder así los nervios (porque ese puñetazo era una reacción a mí, la culpable era yo), en que yo me acercaba a los hombres más buenos del mundo, como ese chico, y les volvía locos, les desquiciaba, sacaba lo peor que ellos tenían dentro. 

Pamela cuenta en la obra que, una de las dos veces que su maltratador la intentó matar, mientras él estaba estrangulándola, ella todavía estaba pensando "¿qué he hecho para que se ponga así? Quizás si no hubiera dicho esto, si no hubiera hecho aquello, esto ahora no estaría pasando". La culpable, incluso ante un intento de asesinato, seguía siendo ella. Yo afortunadamente nunca he vivido una situación tan extrema, pero en las pequeñas o grandes violencias cotidianas que he vivido en mis relaciones, siempre he sentido, y sigo sintiendo, que soy yo quien las provoca, quien lleva a su límite a la maravillosa persona que tengo a mi lado, quien le desquicia con sus tonterías y sus cambios de humor, quien convierte a un hombre bueno en otra cosa, quien le contagia sus mierdas. Y ahora que después de la obra lo he visto mucho más claramente, sé que es una actitud insana, tóxica, peligrosa, pero no sé bien cómo deshacerme de ella. 

Cuando salí de la obra, como digo, salí muy removida. Me puso delante de cosas en las que no había pensado tan explícitamente, que había disculpado o pasado por alto. O que había verbalizado solo entre risas y frases de "todos los ex son unos cafres", pasando de puntillas por encima de algunas situaciones realmente dolorosas que no siempre me he permitido sentir como tales, y mucho menos sin culparme o sin disculpar al otro. Siempre he elegido activamente quedarme con lo bueno de mis relaciones una vez terminadas estas, y no sé si eso ha contribuido a endulzar algunas cosas que no fueron muy dulces... Al salir de la obra pensé que tenía que recolocar aún cosas pasadas, que tenía que tener alguna(s) charlas tranquilas al respecto, con mi pareja, con amigos y amigas, y que me vendría bien escribir aquí al respecto. De ahí este post, ya sé que largo, pero que me ayuda a colocar cosas aquí dentro.

[El monólogo "No solo duelen los golpes" de Pamela Palenciano, se sigue representando estas semanas en el madrileño Teatro del Barrio, en Lavapiés. Si no lo has visto aún, solo puedo recomendarte que saques las entradas en este enlace.]