domingo, noviembre 27, 2016

Desconectada del cuerpo

No tengo (ya) una relación hostil con mi cuerpo, pero tampoco puedo decir que tenga una relación cordial. Lo que mejor puede definir nuestra relación es que me siento bastante desconectada de él, me cuesta escucharlo, saber qué necesita. Me cuesta a veces reconocer necesidades básicas como el hambre, especialmente si estoy tristona (cuando mi chico se va de viaje unas cuantas semanas, se me desorganizan muchísimo los horarios y si no me fuerzo a comer, no me doy cuenta de que tengo hambre, o directamente no reconozco la sensación). Otras etapas (en esto he mejorado muchísimo desde la mudanza de hace ya unos cuantos meses) he tenido verdaderos problemas con el tema de la higiene y el resto de autocuidados, y aunque pudiera llevar muchos días sin ducharme, por ejemplo, muchos más de los que me siento cómoda de admitir en público... no me sentía incómoda en un cuerpo que realmente estaba sucio, ni me sentía más a gusto tras lavarlo. También a veces he tenido fuertes contracturas en la espalda y no he sido consciente de ello hasta que alguien me lo ha dicho, o ha asociado mis dolores de cabeza con esas cervicales hechas un guiñapo. 

Normalmente, y aunque mi mente también me juega a ratos malas pasadas, me siento mucho más identificada con mi Yo mental que mi Yo corporal. Muchas veces he pensado y sentido que mi cuerpo no es capaz de contenerme, que es un recipiente en el que estoy encerrada pero que me falla, que me queda chico para todo lo que tengo que guardar dentro. Cuando la ansiedad me desbordaba y necesitaba el recurso de las autolesiones, sentía esa falta de contención muy imperiosamente, sentía que, al sangrar, esa parte de mí que no cabía en este cuerpo opresivo encontraba un camino para salir fuera. Como si hubiera demasiado Yo aquí dentro.

Tampoco he sido nunca buena, esto desde pequeña, en ninguna actividad deportiva. Hace poco, encontraba lo siguiente en el libro que estoy leyendo, "10 ingobernables", de June Fernández, que recoge unas citas de Matilde Fontecha, profesora de Educación Física y su Didáctica en la Universidad del País Vasco, sobre la relación entre deporte, mujer, feminismo. Dice:

"El deporte aporta libertad de movimiento corporal, estimula el abandono del espacio privado doméstico y facilita las relaciones personales y sociales. En definitiva, empodera a las mujeres. (...) Las mujeres practican menos deporte que los hombres porque la actividad física está relacionada con dos antiguas prohibiciones sobre sus cuerpos: la libertad de movimiento y el derecho al placer. (...) Una mujer que desarrolla las capacidades del movimiento -la coordinación, la orientación espacio-temporal, el equilibrio, la estructuración del esquema corporal, el conocimiento y control del propio cuerpo, la fuerza y resistencia musculares, la resistencia cardiorrespiratoria, la velocidad, la flexibilidad y la agilidad- es una persona más competente para cualquier situación vital".

Siempre, y eso continúa hoy, me he sentido torpe con mi cuerpo, con poca resistencia física, me canso enseguida, no me siento a gusto haciendo actividades físicas. Y creo que todo tiene un poco que ver con esa desconexión que siento hacia mi propio cuerpo, que me lleva también a no estar en forma pero no hacer nada para cambiarlo.

En otro libro que leí hace poco y que ya he traído por el blog, "De pronto, mi cuerpo. Una memoria", de Eve Ensler, la autora cuenta cómo ella, para superar una historia de abusos sexuales en la infancia, se desconectó de su cuerpo y las necesidades de éste, se volcó en otras mujeres (muchas de las cuales también habían sufrido violencia sexual y maltratos) y pasó de puntillas sobre su propia historia. Tiempo después cayó enferma y siguió sin hacer caso de las múltiples señales de que algo no iba bien dentro de ella, se negó a ir al médico (o casi ni siquiera se negó, era que no veía motivo a pesar de muchísimos síntomas que prácticamente a cualquiera le hubieran alarmado) y para cuando acudió ya tenía un tumor en estadio avanzadísimo y extendido por multitud de órganos internos. Entonces, ya sí, tuvo que pararse, escuchar y atender a su cuerpo. Tuvo que ser operada y tuvo que ser paciente y esperar una lenta recuperación, como digo, escuchando y atendiendo ese cuerpo que no había sido oportunamente escuchado y atendido antes. 

El título original del libro es "In the body of the world: a memoir". El título en castellano añade ese matiz de darse cuenta de forma repentina de que tienes un cuerpo del que también tienes que estar pendiente, que también merece tus cuidados. Esto le pasó a la autora y lo entendí perfectamente... Aun sin tener ni mucho menos su crudo historial de abusos sexuales, sí siento que he vivido esa desconexión, ese no escuchar, no interesarme mucho por mi caparazón.

De un tiempo a esta parte, como decía más arriba, estoy mejorando tanto en temas de higiene como otros temas de autocuidados. Quizá en un futuro pueda también sentirme más conectada con un cuerpo y vivirlo más integrado con mi mente. Supongo que eso me ayudaría también a ser más consciente y quizá controlar mejor esa respiración que se me sigue atragantando cuando la ansiedad, los pensamientos y las voces se me disparan. Quizá incluso en un tiempo futuro aún sin definir, pueda acompañar a algunos de mis amigos a sus clases de yoga y no sólo apuntarme a tomar algo con ellos cuando salen... pero no todavía. Mañana. O pasado.

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martes, noviembre 01, 2016

Paciente

Nos dicen y nos acabamos creyendo que las personas enfermas no tenemos tanto que aportar como las personas sanas. Nos enseñan, especialmente a las mujeres, a ser cuidadoras, y no tanto a recibir también esos cuidados, o no a hacerlo -recibir nosotras los cuidados- sin sentirnos culpables por ese cambio de papeles. Nos enseñan mucho más a cubrir necesidades ajenas que a aceptar que nosotras también necesitamos.

Comparto un párrafo del libro que citaba el otro día:

"Usted ha hecho muchas cosas", dijo el bellísimo, menudo, doctor italiano que apareció un día en mi habitación como si fuera un gnomo. "Pero nunca ha sido una paciente. Ahora aprenderá a ser una paciente. Será duro para usted". Fue críptico y correcto. Lo último que quería era ser una paciente. No me gustaban los enfermos. Para empezar, estaban enfermos. Enfermo era no bien, no capaz, no funcionando, no mejorando nada. Enfermo era rendirse, hundirse. Enfermo era perder el tiempo, no sumar. Enfermo era estar solo y atascado mientras el resto del mundo sano se movía. ("De pronto, mi cuerpo. Una memoria", Eve Ensler)

Apartamos a los enfermos, los metemos dentro de la caja de "personas no-capaces" y los consideramos de segunda. Tanto, que cuando nos toca a nosotros mismos, es fácil experimentar esas ideas que verbaliza Eve Ensler en ese párrafo. De repente, junto al peso del diagnóstico y los miedos que éste pueda traer, se añade la sensación de estar roto, de no ser válido, de ser una carga, de restar. Y creo que deberíamos hacer un trabajo conjunto, como sociedad, para no invisibilizar a las personas no sanas, y para darles el lugar que les corresponde, junto al resto, porque las personas tenemos muchísimo valioso que aportar y eso no cambia por un diagnóstico, por vivir con medicación, por necesitar quizás más cuidados que antes, ni siquiera por, en los casos que sea así, no poder seguir formando parte de la rueda del trabajo mercantilizado de forma temporal o incluso de forma más duradera. 

Esto daría para un post aparte, cómo a veces nos parece que todo lo que hagamos fuera del trabajo remunerado no tiene valor, y si por nuestros problemas de salud nos vemos excluidos de esa esfera, la del trabajo remunerado, ya parece que no aportamos nada de valioso a los demás. Esa idea, como muchas de las que aparecen en el párrafo rescatado del libro, también es falsa. Pero mientras las personas con problemas de salud, sean estos físicos, emocionales, psicológicos o de la índole que sean, no tengamos el mismo peso en la sociedad y el mismo valor que quienes sí están sanos... no creo que lo veamos.

sábado, octubre 29, 2016

Leyendo... (IX): De pronto, mi cuerpo. Una memoria.

Ya he contado alguna vez que me gusta subrayar mis libros (¡herejía, herejía!). Creo que así, cuando los releo, leo dos historias, la que me cuenta el libro y la que cuenta de mí lo que subrayé en su día. Eso hace de algunos libros objetos aún más personales que no puedo dejar a cualquiera, pero me sigue gustando hacerlo. 

Dicho esto, puede que llevara más de un año sin subrayar nada en ningún libro. Hasta éste: "De pronto, mi cuerpo. Una memoria", de Eve Ensler, que a lo mejor os suena por ser la autora de los "Monólogos de la Vagina". Con este he vuelto a subrayar párrafos enteros, con el lápiz y la regla para hacer una línea lo suficientemente recta, que no manche la página, y no solo eso sino que tengo que agradecerle que me haya traído ganas de compartirlo por aquí en mi ya viejo blog. Por eso, quizá no en una única entrada, quería traer algunas de esas perlas, y recomendar su lectura si lo veis por alguna librería. En España lo ha editado Capitán Swing (que tiene otras joyas en su catálogo). En inglés el título original tiene poco que ver, es "In the body of the world: A memoir", por si preferís buscarlo en su idioma original.

Lo que cuenta la historia autobiográfica recogida en el libro es la historia de una mujer luchadora, que ha vivido violencia sexual en la infancia por parte de su padre y que ha trabajado con comunidades de mujeres africanas que también han sufrido niveles altísimos de violencia de género, una mujer que se ha volcado con las mujeres pero que quizá lo ha hecho a costa de no escucharse a sí misma, y que para superar su propia historia de violencia sufrida ha tenido -o ha sabido hacerlo así- que desconectarse bastante de su propio cuerpo... y cómo cuando su cuerpo se frena porque le dan un diagnóstico de un tumor ampliamente extendido por su interior, no le queda otra que volver a reconectarse con ese cuerpo perdido, que escucharlo y cuidarlo. Cómo pasa de cuidadora a verse obligada a dejarse cuidar, con el cambio de chip que eso supone. Cómo pasa a necesitar y ser imperiosamente consciente de esas necesidades cuando ella había pasado mucha parte de su vida atendiendo a otras necesidades ajenas. Cómo le cambia la vida y de dónde saca fuerzas para seguir haciéndole frente.

Ya os digo que, aunque el libro es duro y no siempre sencillo de leer, me ha parecido muy interesante y espero venir pronto (esta vez sí) con más entradas para el blog que recojan algunos de esos párrafos subrayados y reflexiones que me han venido la cabeza al encontrármelos entre las páginas. Pero bueno, sirva esta entrada de momento como avance y aperitivo, y anuncio de (espero) regreso en breve por este blog. 

viernes, septiembre 02, 2016

Quiero ser (buena) madre


Hasta no hace demasiados años, las mujeres con trastornos mentales crónicos, como ese con el que yo convivo, y no sólo ellas (también me acuerdo ahora de mujeres con discapacidades intelectuales, por ejemplo), eran sistemáticamente esterilizadas: expresión máxima de que si ellas, en algún momento de su adultez trastornada, sentían el deseo de ser madres, había que acabar con ese deseo de raíz. Las mujeres con trastornos mentales crónicos no podían, no debían ser madres. “No eres tú, loca, es por el bien del niño”. Sin que estuvieran demostradas las causas genéticas de sus enfermedades, se les asustaba con la hipotética futura enfermedad que estarían transmitiendo a sus hijos; se procuraba quitarles esas ideas de la cabeza, ¿una madre trastornada? Eso sólo podía acabar en desastre. 

Estas últimas semanas estoy leyendo el libro “Maternidades subversivas”, de María Llopis, realizado gracias a un crowdfunding en el que no llegué a participar pero que desde un principio me atrajo y que, ahora que finalmente la Editorial Txalaparta lo ha editado, me compré sin pensarlo dos veces. Este libro recoge entrevistas a madres que se han liberado, en algunos casos apartándose de un sistema médico que no tiene demasiado en cuenta el sentir de las madres durante el embarazo o sus partos, un sistema médico que en demasiadas ocasiones recurre a prácticas invasivas sin tener en cuenta las opiniones de las protagonistas, las madres, a las que desempoderan y pretenden sumisas frente a ese sistema médico. Así, cuenta historias de partos en casa, partos sin dolor, entre otras entrevistas que también hablan de crianza queer, de crianza compartida más allá de las fronteras de las relaciones monógamas tradicionales, de madres o padres trans, de niños y niñas de género fluido… Un libro que me ha parecido muy interesante, aunque en ocasiones lo haya sentido lejano, experiencias sobre las que leo pero que no he visto nunca en mi entorno más cercano (pero eso mismo lo hacía aún más interesante). 

Sin embargo, en una de esas entrevistas, encuentro un párrafo que me entristece, porque creo que contribuye a la estigmatización de las mujeres con problemas de salud mental, especialmente de las que se plantean ser madres, aun teniendo esos problemas. Traigo aquí ese párrafo: 

Del La Grace Volcano: Mi padrastro tiene demencia. Mi madre era bipolar. Ella era increíblemente hermosa, carismática, interesante… y una madre terrible. Tenía lo suficiente para comer, pero físicamente abusaron de mí desde el momento en que cumplí alrededor de los doce años. Ella podía estar muy bien, entonces daba un giro y te odiaba con pasión. También me pegaba. Y yo desaparecía. 

María Llopis: Mi mamá era esquizofrénica y sé de lo que estás hablando: encantadora, dulce, mágica… y de repente las cosas cambiaban. 

Del La Grace Volcano: Sí, nunca sabías cuándo iba a venir. 

Primero, encontramos ese describir a las madres con su trastorno: “mi madre era bipolar / mi mamá era esquizofrénica”, no lo que yo vería más correcto: mi madre tenía un trastorno bipolar o tenía esquizofrenia, porque con su redacción parecen resumir toda la esencia de sus madres con una palabra: su diagnóstico (y nadie es sólo un diagnóstico, nadie se define por su enfermedad). 

Y me sorprendió encontrarme esa manera de hablar de la enfermedad mental en el libro, más cuando muchas otras veces cuestiona el sistema médico y sus posicionamientos cuando estos desempoderan a las mujeres. ¿Qué hay más desempoderante que decirle a una mujer que por tener un problema de salud mental es mejor que renuncie por completo a su deseo de ser madre? ¿Qué sólo por su trastorno va a ser “una madre terrible”, como define el entrevistado a la suya, relacionándolo directamente con su bipolaridad? ¿Son las mujeres con trastorno bipolar más tendentes a ser abusadoras de sus hijos? Las estadísticas nos dicen que las personas con trastornos de salud mental son muchas más veces víctimas de violencia que ejecutoras de la misma, pero aun así encontramos la misma idea que en el párrafo que he citado del libro, en los medios de comunicación, en los profesionales de la salud, hasta a veces en nuestros familiares y amigos. Estigma, que convertimos en autoestigma a fuerza de encontrarnos con él allá donde miramos. 

Me habría encantado encontrarme, más aún en un libro titulado “Maternidades subversivas”, con una entrevista a una madre, quizá con trastorno bipolar, quizá con esquizofrenia, quizá, como yo, con trastorno límite de la personalidad. Con un diagnóstico de una enfermedad mental grave y que, aun así, hubiera elegido ser madre, y que lo hubiera conseguido y ahora viviera una maternidad con problemas cotidianos, como cualquier otra, pero con satisfacciones y viviéndola de forma positiva para ella y el o la pequeña. ¿Qué hay más subversivo que pasar por encima de un diagnóstico que desempodera y estigmatiza?, ¿de un psiquiatra que probablemente contribuya a ese desempoderamiento aun sin querer (“si no eres capaz de cuidar de ti, ¿cómo vas a cuidar de un bebé? ¡No seas irresponsable!”)?, ¿qué maternidad más subversiva que la de la mujer que hace caso a su instinto y se plantea el inmenso reto de ser madre a pesar de sus problemas de salud mental, contando con un entorno afín en el que apoyarse si hace falta, y pasando hasta por el hecho de dejar la medicación en un embarazo bajo seguimiento, pero sin echarse atrás sólo porque el autoestigma la ha minado y ya ella cree, también, que no podrá nunca ser buena madre? ¿No es el estigma y el autoestigma (que por desgracia alimenta también este libro, seguro que sin ninguna mala intención) la manera actual de esterilizar a las mujeres con problemas de salud mental? 

Yo tengo un trastorno límite de personalidad, tengo 35 años y quiero ser buena madre. Y me encantaría encontrar referentes a mi alrededor, referentes positivos, como aquellos que sí recogía el desestigmatizante y esperanzador artículo de Anita Botwin, desde su rincón en el blog “De retrones y hombres”, de Eldiario.es, en su artículo “Maternidades de segunda”. Como ella, me pregunto si seré capaz. Si será la mía una maternidad subversiva, más allá de estigmas y autoestigmas. Aún no tengo respuesta.

jueves, mayo 19, 2016

Mudanza (II)

Hace algo más de ocho años y medio escribí un post llamado Mudanza, coincidiendo con el cambio del pequeño estudio amarillo en el que viví en el barrio de Chueca a una casa algo más grande (no era difícil) en el que había sido mi barrio casi toda mi vida. Una casa para cuyas paredes elegí tonos pastel; un salón con una gran estantería de obra que atiborré de libros durante los siguientes ocho años; una casa que al poco tiempo de mudarme yo a ella acabaría siendo hogar también de mi pareja, el niño de ojos sonrientes del que ya he hablado más veces en este blog, y que más tarde compartiríamos primero con una pequeña panterita negra y más recientemente con un ya-no-tan-cachorrito blanco y negro a modo de vaquita peluda con bigotes. Hasta este año.

Hace un par de meses que hemos comenzado una nueva etapa en un nuevo espacio que también queremos convertir en nuestro hogar. En el mismo barrio, a apenas diez minutos de nuestra antigua casa, con una habitación más que la casa anterior, un salón mucho más grande en el que, esta vez sí, podemos invitar a cenar a algunos amigos, sin estanterías de obra pero con una buena provisión de estanterías de IKEA hasta casi el techo (en alguna parte había que colocar las más de veinte cajas de libros que salieron en la mudanza), con paredes blancas en esta ocasión, porque ya no sólo decido yo... Y aunque aún nos queda alguna caja que deshacer, y adornos y cuadros que colocar, yo ya me siento a gusto en este pequeño hogar, dulce hogar, durmiendo la siesta en el sofá, leyendo en el recién estrenado sillón pöang (también made in IKEA), sentada frente al ordenador o duchándome en un baño mucho más agradable que el que dejamos atrás.

En fin, un lugar nuevo que llenar de vivencias, de recuerdos, de momentos, un lugar para seguir compartiendo con mi chico, mis gatetes, mis amigos, y donde seguir intentando crecer encontrando mi sitio, con mis angustias que en ocasiones se vuelven lágrimas, sí, pero también con mis buenos momentos, mis ganas y mis sonrisas. Y quién sabe si, desde mi nuevo hogar, quizá encuentre otra vez las ganas de compartirme más por aquí, en la que también es mi casa, aunque virtual. Espero que sí.

lunes, noviembre 30, 2015

Aprender del mundo con cada caída


El lenguaje es importante porque gracias a él construimos pensamiento y elegimos vernos y hablar de nosotros de una manera u otra. Y construimos a partir del lenguaje, tanto a nivel individual (yo hablo de mí según cómo me percibo y los demás me percibirán según me vean y me escuchen), como a nivel colectivo (podemos tratar como sociedad de manera despectiva a todo un grupo, o podemos esforzarnos colectivamente en que nuestro lenguaje no sea estigmatizador u ofensivo). 

El lenguaje también es importante a la hora de describir nuestro proceso interno, nuestras luchas interiores. Hace poco una persona cercana, querida, decía de mí que estoy retrocediendo por culpa de la crisis que estoy pasando actualmente. Y quizá sea una manera de verlo, pero yo creo que es una manera bastante destructiva y en la que el lenguaje empleado no ayuda. 

Crisis. C-R-I-S-I-S. Cuando estoy bien, sobrevuela la palabra por encima de mí, siempre acechando, la crisis en la que puedo re-caer (“re-”, porque ha habido tantas caídas ya que ni numerarlas podría). Cuando estoy mal, la etiqueta: Crisis, ¡crisis! Y retroceso, claro, como si mi trastorno siguiera una línea recta y yo hubiera sacado mala puntuación con el dado y hubiera caído en una casilla con castigo: “retrocedes diez casillas, ahora estás como hace veinte años”. 

Es cierto que yo misma muchas veces caigo en pensar que no avanzo en mi proceso, que a veces me miro y me pregunto si de mis quince años hasta acá no he aprendido nada. Y claro que he aprendido, sobre mí, sobre cómo funciono, cómo me afectan las cosas, cómo me relaciono con mi entorno; y sobre el mundo en el que vivo, cómo ir encontrando un lugar en él aunque a veces se me escape, cómo construirme pequeños espacios en los que sentirme a gusto… Repetir alguna conducta insana que surgió por primera vez en mi adolescencia no quiere decir que desde entonces hasta hoy no haya aprendido, no implica un retroceso, una crisis, un nuevo fracaso a meter en la mochila. 

Es inevitable, muchos de nosotros pasamos y tal vez seguiremos pasando por recaídas y momentos de bajón, pero no creo que nos ayude atizarnos con el látigo de las crisis y los retrocesos. Quizás si somos capaces, incluso en los momentos malos, de saber que cada recaída nos pilla más sabios, más experimentados, más capaces de hacerles frente sin resquebrajarnos, puede que hasta –como me pasa a mí- con un entorno más afín, uno que también yo he sabido construirme y que hace piña conmigo cuando más lo necesito, que se deja la piel por apoyarme… quizás si somos capaces, como digo, de encontrar y valorar los avances incluso en los momentos más difíciles, estemos dando pasos adelante hasta en medio de nuestra recaída. 

Quiero recuperar una frase que oigo estos días en una canción llamada “Peras y manzanas”, del artista conocido en redes como Viruta FTM. Da título a este post: “…y aprender del mundo con cada caída”. Es difícil ser capaz de entender así una caída, difícil no verla como una mancha en nuestro expediente de vida, pero probablemente entenderlas así haría que cuando pasamos por un bache no nos tuviéramos que sentir mal doblemente, no sólo por el bache en sí sino además por la culpabilidad de habernos dejado caer nuevamente y de sentirnos fracasados en consecuencia. 

Así es que, en la pequeña medida en que puedo elegir, quiero intentar experimentar esa sensación, la de “aprender del mundo en cada caída” y también en ésta. Y saber que, aun en mis momentos en los que tengo el ánimo más bajito, no se me olvida todo lo que he aprendido sobre mí y sobre este mundo en el que me ha tocado vivir, no pierdo la maleta llena de experiencias con la que me muevo, no parto otra vez de cero como hizo mi Yo adolescente, sino que tengo mucho camino recorrido a mis espaldas y que en esta crisis, si es que hubiera que llamarla así, sigo aprendiendo, sigo añadiendo material a mis pensamientos, a mi maleta de experiencias. Porque los posibles juicios externos que recibamos, muchas veces hechos desde la preocupación o la angustia, no deben contribuir a paralizarnos o a culpabilizarnos. Y porque si hacemos eso, si aprendemos del mundo en cada caída por la que pasemos, quizá nos ayude a no vivirlas únicamente desde lo negativo, no sentirlas como ese fracaso que nos lastra, y sí verlas como una vivencia más que nos ayuda a seguir avanzando, aprendiendo, desarrollándonos como la persona completa que somos. 

Sí, también en esas “crisis”.

martes, octubre 27, 2015

Pesadilla (II)

De nuevo en casa de mi tía abuela, el quinto sin ascensor de escaleras empinadas. Abro la puerta, la casa está a oscuras, las persianas bajadas, los interruptores de la luz no obedecen cuando los toco. Entro hasta el que fue el cuarto de mi tía abuela y también el mío cuando vivimos en aquella casa, hace mil años o más. Mi madre duerme en posición fetal en mi cama. Intento despertarla, abre los ojos, pero su cuerpo no se mueve, fosilizado en esa posición fetal. Intento moverla sin conseguirlo, despegar las piernas atrapadas, pero he llegado demasiado tarde: tras tanto tiempo en posición fetal sus huesos han adoptado ya esa forma de manera indefinida, eterna. La imagen de aquellos bonsai kitten con los que nos asustaron a principios del milenio se instala en mi cabeza, ahora veo claro que los huesos de mi madre se han petrificado por llevar quién sabe cuánto tiempo sin moverse de la cama. Ante un nuevo intento por mi parte de despegar sus extremidades, veo que lo que tengo entre mis manos, más que una persona, es un tentetieso con el que juega un bebé, moviéndolo de un lado al otro sin que acabe de caerse al suelo. Mi madre ya no es nadie más que un muñeco poco antes de romperse del todo y acabar en una esquina, roto y desconchado.

Angustiada y casi sin aire, desesperada ante su inmovilidad, intento por un momento arrojar algo de luz sobre la cama. La habitación apenas cuenta con un ventanuco, salgo al pasillo e intento subir la persiana que da a la terraza; por fuerza ahí debe de entrar algo de luz. Pero no, cuando subo la persiana fuera hay una negrura similar a la del interior de la casa.

Entonces intento ir a la última de las habitaciones, la que cuando vivimos allí ocupaba mi hermano. Al llegar, veo que hay alguien en la cama: es mi hermano, también en posición fetal, también con los huesos pegados en una postura inerte de tentetieso incapaz de mantenerse recto. Con un grito en la garganta, me despierto de la pesadilla.

Quiero llamar a mi madre, comprobar si está bien, pero son las cuatro de la madrugada y mi pareja me convence de que el susto que podría llevarse ella hace poco recomendable esa llamada. Tardo un buen rato en volver a dormirme, y al día siguiente recuerdo el sueño con nitidez. Y al día siguiente, y al otro y al otro... escenas marcadas a fuego, que me hacen consciente de lo preocupada que estoy por la (precaria) salud de mi madre, de la impotencia que siento al ver su deterioro progresivo sin poder hacer nada por convencerla de que tiene que cuidarse, de que debería dejar de fumar con urgencia, antes de tener que pasearse con una bombona de oxígeno, de que debería andar las dos horas diarias que le ha aconsejado su médico, de que debería y debería hacer cosas que no hace. 

Pero ella no escucha y yo... yo tengo pesadillas.

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