viernes, marzo 24, 2017

Un año a través de sus libros (II)

Hoy me siento a escribir para continuar con el resumen de mis lecturas durante el año pasado, el 2016, gracias al registro que voy haciendo de ellas en Goodreads. Este post es la continuación de la primera parte, que compartí en el blog al comenzar el año. Sigo desde donde lo dejé:

  • La chica de Los Planetas, de Holden Centeno (★): Uf, creo que este es de lejos el peor libro que leí en todo el año. Lo compré pensando que sería una lectura ligera y playera para las vacaciones de verano, un primer amor acompañado de referencias musicales, parecía chulo... ¡qué error! Al parecer Holden Centeno es un bloguero de cierto éxito que compartía en su blog sus historias de amor con una novia, y una editorial decidió publicárselas, creo que parte del libro estaba ya en el blog y parte la añadió ex profeso, pero siempre diciendo que es autobiográfico y su propia historia real de amor (ojalá no lo sea porque pobre muchacha). No sólo es un lenguaje pretencioso, pedante y engreído, es que además lo que narra es bastante tóxico, porque su historia de amor es mitad negarse a aceptar que la chica a la que quiere ya no quiere volver con él (pero él seguirá escribiéndola y haciendo público su amor hasta convencerla de que se equivoca), y la otra mitad pretender que su historia es la única de amor verdadero, que lo que ellos viven nadie más lo puede vivir, que no hay nada tan especial como el vínculo que les une, que les sigue uniendo aunque ella le haya puesto fin, porque, claro, no sabe lo que quiere ni lo que le conviene. Todo esto, entre la ingenuidad de los quince años (aunque el autor tiene unos cuantos más) y la toxicidad del "yo sé que me quieres aunque digas que no" aderezado con el consabido "nadie va a hacerte tan feliz como yo / todo lo que vivas después de mí será una sombra de lo que tuvimos", etc, etc. Un mensaje peligroso que a algunxs les cuesta detectar como tal, como veo en algunas críticas entusiastas de "ay, esto es AMOR con mayúsculas, ojalá a mí". Siento haber contribuido con mi dinero a que ahora estas páginas tengan una segunda parte, la verdad :(
  • Material sensible, de Neil Gaiman (★): Llevo años leyendo a Neil Gaiman y es raro que tarde en comprar las novedades suyas que salen traducidas. Este lo compré en la Feria del Libro y lo leí en verano. Con sus libros de relatos me pasa algo, son bastantes relatos, también algunos en forma de poemas, y un tiempo después de acabarlos me cuesta recordarlos fácilmente, se me desdibujan un poco en la memoria. A veces me digo que si he disfrutado tanto leyéndolo, por qué me cuesta que se me queden dentro, pero creo que es más un problema de mi memoria que del libro en cuestión. Sí sé que lo disfruté, que me volvió a dejar pensativa y maravillada del mundo que guarda Gaiman en su imaginación, y agradecida por poder compartirlo con él. Recomendable.
  • Media guerra, de Joe Abercrombie (★): El cierre de la trilogía de fantasía épica ¿juvenil? El Mar Quebrado. Recupera personajes de los libros anteriores, entre ellos el de Espina Bathu, protagonista del segundo tomo y uno de mis personajes favoritos, aunque en éste no tenga tantísima presencia. Lectura entretenida, aunque con más escenas de combates (el título no engaña). pero un buen final para la trilogía.
  • Instrumental: Memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (★): Fue bastante boom editorial el año pasado, y también hizo que su autor diera multitud de entrevistas y de conciertos. Es duro de leer, Rhodes nos habla de las brutales violaciones sufridas en su infancia durante años a manos de un profesor, y cómo este trauma le llevó a una espiral de ingresos en psiquiátricos, intentos suicidas, desconfianza hacia los demás y hacia sí mismo... y cómo encontró en la música la posibilidad de mantenerse a flote, aunque hoy siga teniendo muchas dificultades por el terrible pasado que sufrió. Algunas escenas son muy duras y quizá no aptas para personas sensibles, al leerse se percibe honestidad y también mucho dolor. No recuerdo por qué no le puse cinco estrellas, quizá por diverger con él en parte de su discurso sobre los problemas de salud mental, principalmente (pero no solo) en el tema de la medicación, que él no ve solo como apoyo más o menos puntual sino imprescindible a largo plazo, de forma continuada e impuesta si hace falta. Pero aún así me parece un libro necesario. Como extra, sobre el formato, cada capítulo se inicia con una pieza -una interpretación concreta- de música clásica que recomienda oír mientras se lee el capítulo sobre la que además nos da información o anécdotas, como también hace en sus conciertos  (todas están recogidas en una lista pública de Spotify).
  • Un gato callejero llamado Bob, de James Bowen (★): Con este os tengo que avisar de que probablemente, a pesar de mi experiencia y mi valoración positiva, probablemente no sea muy buen libro. Pero me encantan los gatos y me gustó leer la historia real novelada de este hombre, con muchas dificultades en su vida (extoxicómano, sin empleo...) al que encontrarse un gato en el camino y acogerlo en su casa le da fuerzas para salir adelante. No será un gran libro seguramente, pero yo lo disfruté.
  • La nueva educación, de César Bona (★): Me extraña que le diera tres estrellas en su día, en mi recuerdo actual no le daría más de dos. El principal problema no es tanto el contenido (que aunque a mí me parecía que decía cosas básicamente de sentido común, quizás en el mundo docente sí sean innovadoras y su experiencia personal pueda ser instructiva para futuros/as maestros/as) como de la edición estafadora que han hecho. Un libro de menos de 300 páginas en las que cerca de la mitad son páginas en blanco, porque los títulos de los (muchos y cortos) capítulos van en una página con el resto en blanco, además hay un buen puñado de páginas que sólo tienen repetido un párrafo destacado de la página siguiente, y en fin, creo que conté en su día y las páginas en blanco superaban las cien. Claro, esto para poder venderlo a los 18 euros que cuesta, pero a mí me parece una estafa.
  • Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis, de Javier Erro (★): Cinco estrellas porque no hay opción a más. Este libro (cortito, muy barato y disponible también online en este enlace de forma gratuita por decisión de su autor y editores) es un muy buen material para orientaros cuando tengáis cerca  auna persona con alguna crisis de salud mental a la que queráis apoyar. Puede ser muy útil para amigos/as que puedan estar algo perdidos/as o para familiares cercanos. Lo más importante -y la principal diferencia con otros materiales ya existentes- es que aborda cómo tratar de apoyarnos siempre desde el respeto a nuestra autonomía y decisiones, desde la no imposición y sin autoritarismo ni paternalismo. También destacaría el lugar que le da a los cuidados también entre quienes están apoyando (¿quién cuida a los cuidadores?), ese repartir funciones dentro del grupo de apoyo para no quemarse, o tener espacios para poder verbalizar, también ellos, dudas, miedos, etc. La única pega que le pondría es que a mí se me hizo algo básica, quizás por su corta extensión no profundiza demasiado, pero tal vez por eso mismo sirva aún mejor como primer acercamiento, y despierte el interés por encontrar otros materiales con posterioridad. En resumen, me pareció una publicación necesaria y llevo meses recomendándola sin parar (en Madrid se puede encontrar en librerías como Traficantes de Sueños, donde la compré yo).
  • Parodia de Tronos, Temporada 2: ¿Tienes fuego, Benyto?, de José Fonollosa (★): Regalo por mi cumple de mis amigos quincemayistas de mi barrio, estos comic-parodia son una debilidad personal que no puedo evitar que me hagan muchísima gracia. No serán obras de arte, pero me encantan porque me divierten mucho. Eso sí, se lee en un suspiro.
Y hasta aquí esta segunda entrada-resumen de mis lecturas del 2016. Me queda una tercera (en principio iba a resolverlo en dos pero en esta me he liado y he hablado de más de algunos de los libros, así que me guardo los últimos para una entrada posterior). Y mientras esa llega, a seguir leyendo para descubrir nuevas historias, nuevos mundos, nuevas ideas. (Y este año, ¡más mujeres!)

jueves, febrero 02, 2017

Teatro IV: No solo duelen los golpes


A finales del mes pasado conseguí ir con mi pareja y un par de amigos a ver el monólogo "No solo duelen los golpes", de Pamela Palenciano, en el Teatro del Barrio. Ya el año anterior había querido ir a ver el monólogo en la gira gratuita que Pamela hizo (y ha seguido haciendo) por distintos centros sociales, pero cuando lo hizo en el de mi barrio (hoy desalojado) aunque fuimos con bastante tiempo, el centro social se había desbordado y no cabía un alfiler, así que no pudimos entrar. Pamela lleva también varios años haciendo este monólogo en institutos, dentro de un taller para la prevención de la violencia machista. Está haciendo un trabajo espectacular y muy necesario, aunque a menudo tenga que enfrentarse por él al acoso en redes sociales, haya recibido amenazas y haya sido recientemente denunciada por supuesta "apología de la violencia" (cuando precisamente hace todo lo contrario, es surrealista).

En la obra Pamela cuenta su experiencia en su primera relación que inició en su adolescencia, y a través de su propia experiencia narra la historia de muchas relaciones tóxicas, desiguales, en las que se sufre violencia machista, abuso de poder, desvalorización. Como ella dice en el título, no solo duelen los golpes, hay muchas violencias que no te dejan un ojo morado, y, en el caso de que ese paso llegue, habrá habido muchos otros antes que también hieren, aunque cuestan más reconocerlos como la violencia que son.

En el monólogo, que a pesar de tratar temas tan importantes y duros, tiene también dosis de humor y por supuesto, mucha crítica, ella se desnuda en una especie de catarsis que comparte con el público (masculino y femenino, aunque sé que en ocasiones en centros sociales ha hecho talleres solo para ellas o solo para ellos). Creo que mujeres y hombres vivimos la obra de maneras distintas, quizá ellos reconociéndose en actitudes machistas y/o violentas que no eran del todo conscientes de haber ejercido, y nosotras analizando nuestras relaciones pasadas o presentes y descubriendo tal vez similitudes preocupantes que no habíamos querido o sabido reconocer como violencia.

Sin querer contaros más de la obra, a mí me dejó bastante tocada, me revolvió, salí muy seria cuando acabó y no porque no me hubiera gustado (que me encantó), sino porque me hizo pensar mucho, sobre todo en mi primera relación seria, aunque no solo. No habría dicho que sufrí violencia en esa relación, si acaso hablo (¿hablaba?) de una ruptura tormentosa en la que sí hubo muchos insultos y números de celos a gritos y algún empujón en medio de la calle, pero asociaba eso a una ruptura difícil, no a una relación tóxica y mucho menos de maltrato. Pero sí que durante la obra me vi reflejada en varios momentos, también cuando Pamela recoge el discurso de su Yo adolescente defendiendo a su chico, negando que la trate mal, culpabilizándose ella misma, resaltando los aspectos positivos de su relación.

J. fue, como el suyo, mi primer amor. Nos conocimos en el hospital de día que trataba a adolescentes con problemas de salud mental, como nosotros. J. estaba precisamente por problemas para controlar la violencia, los impulsos, y por no controlar bien el consumo de sustancias tóxicas, que era como llamaban en el centro a las drogas, desde cannabis a drogas más fuertes (él principalmente consumía cannabis, otras solo de manera muy ocasional). Yo tengo el recuerdo de que me sentí muy querida por él, y también cuidada generalmente. Él respetó mis tiempos en lo que al sexo se refiere (yo era virgen, él no, y yo tenía muchos problemas y tabúes con mi cuerpo y con la desnudez). J. era muy violento, se pegaba a puñetazo limpio con su padre (que también era un hombre súper violento, pero a él nadie le trataba psicológicamente por eso, porque era el cabeza de familia y al parecer no había problema alguno en que ejerciera esa violencia y autoridad desmedidas), se pegaba a veces con desconocidos por la calle por las razones más peregrinas... y yo sentía que a mí me tenía que querer muchísimo porque "a mí no me pegaba". No. Sí, alguna vez hizo añicos en mi cara un regalo que le había hecho tras una discusión. O lanzaba al suelo y rompía un regalo que me había hecho él a mí. O me sujetaba y daba un puñetazo a la pared a dos palmos de mi cabeza. Pero a mí nunca me pegó, ¡cuánto me quería!

Y los celos, los celos... ahí también me vi reflejada en la obra. Porque él insistía en que su hermano pequeño sentía algo por mí, y al parecer yo le daba esperanzas porque le hablaba con amabilidad y le tenía en cuenta para algunos planes. y eso era humillar a J. aunque yo no me diera cuenta. Cuántas broncas simplemente por dirigirle la palabra, por felicitarle su cumpleaños, por plantarme y decir que si habíamos ido al parque de atracciones los tres, no podía decirle a su hermano que se fuera él por su lado y nosotros por el nuestro.

Y cuando, ya rota la relación pero aún manteniendo cierta amistad, empecé a pasar parte de tiempo en Internet, de nuevo celos desmedidos (y ni siquiera estábamos juntos, pero le daba igual). Que me había tirado a todo Madrid, que cómo podía ser tan puta, que todo Internet estaba deseando follarme y a mí me daba igual que me trataran como un objeto... Y los silencios, esos silencios, tanto durante la relación como una vez acabada, silencios que eran una forma de castigarme por las cosas que hacía o dejaba de hacer, que a menudo eran ninguna.

No sé si fue esa relación o los problemas de autoestima que yo ya traía conmigo. En mis siguientes relaciones, he buscado hombres que tuvieran un carácter opuesto casi al de J, que fueran tranquilos, serenos, no tan pasionales, impulsivos o violentos. Y aun así... hay cosas (mucho más pequeñas) en las que he seguido viéndome reflejada en la obra.

R., mi siguiente pareja, era lo que me pareció "una balsa de aceite" cuando le conocí, y eso me gustó. Calmado, tranquilo, pensativo, inteligente y cariñoso. Y aun así, cerca del final de una relación que mantuvimos durante tres años, tuvimos una discusión en la que él acabó un dando un puñetazo en la pared, rompiéndose la mano y haciendo un agujero.Y yo pensé en qué había hecho (yo, no él), en cómo lo había estropeado (yo, no él), en cómo le había hecho perder así los nervios (porque ese puñetazo era una reacción a mí, la culpable era yo), en que yo me acercaba a los hombres más buenos del mundo, como ese chico, y les volvía locos, les desquiciaba, sacaba lo peor que ellos tenían dentro. 

Pamela cuenta en la obra que, una de las dos veces que su maltratador la intentó matar, mientras él estaba estrangulándola, ella todavía estaba pensando "¿qué he hecho para que se ponga así? Quizás si no hubiera dicho esto, si no hubiera hecho aquello, esto ahora no estaría pasando". La culpable, incluso ante un intento de asesinato, seguía siendo ella. Yo afortunadamente nunca he vivido una situación tan extrema, pero en las pequeñas o grandes violencias cotidianas que he vivido en mis relaciones, siempre he sentido, y sigo sintiendo, que soy yo quien las provoca, quien lleva a su límite a la maravillosa persona que tengo a mi lado, quien le desquicia con sus tonterías y sus cambios de humor, quien convierte a un hombre bueno en otra cosa, quien le contagia sus mierdas. Y ahora que después de la obra lo he visto mucho más claramente, sé que es una actitud insana, tóxica, peligrosa, pero no sé bien cómo deshacerme de ella. 

Cuando salí de la obra, como digo, salí muy removida. Me puso delante de cosas en las que no había pensado tan explícitamente, que había disculpado o pasado por alto. O que había verbalizado solo entre risas y frases de "todos los ex son unos cafres", pasando de puntillas por encima de algunas situaciones realmente dolorosas que no siempre me he permitido sentir como tales, y mucho menos sin culparme o sin disculpar al otro. Siempre he elegido activamente quedarme con lo bueno de mis relaciones una vez terminadas estas, y no sé si eso ha contribuido a endulzar algunas cosas que no fueron muy dulces... Al salir de la obra pensé que tenía que recolocar aún cosas pasadas, que tenía que tener alguna(s) charlas tranquilas al respecto, con mi pareja, con amigos y amigas, y que me vendría bien escribir aquí al respecto. De ahí este post, ya sé que largo, pero que me ayuda a colocar cosas aquí dentro.

[El monólogo "No solo duelen los golpes" de Pamela Palenciano, se sigue representando estas semanas en el madrileño Teatro del Barrio, en Lavapiés. Si no lo has visto aún, solo puedo recomendarte que saques las entradas en este enlace.]

martes, enero 17, 2017

Historias, historias...

Hoy dejo un poco en suspenso la segunda parte de mis lecturas del año pasado ya que me ronda algo distinto que contar, aunque no me salgo del todo del tema, porque sigue teniendo que ver con libros.

Creo que en los años que lleva el blog, ya habré contado alguna vez que una de las mejores cosas que pudo hacer por mí mi madre de niña fue introducir en mí el amor por la lectura. De pequeña siempre tuve muchos cuentos, que primero me leía mi madre cada noche y prontito aprendí a leer yo misma. Cuando a los cuatro años tuve que pasar bastante tiempo ingresada en hospitales, ya leía de corrido, y devoré la pequeña biblioteca del área de oncología pediátrica de mi hospital, así que cuando los terminé todos empecé a jugar con mi médica y con mi madre a coger un cuento cada una, y leer una frase de cada uno alternativamente. Casi siempre salían cosas sin sentido, pero a veces cuadraban, y cuadrasen o no, me resultaba muy divertido por lo surrealista del cuento final resultante.

También recuerdo con mucho cariño cómo desde bien chiquita no nos saltábamos ningún año la Feria del Libro en el Retiro (¡y eso que una vez me perdí!), y que solía haber un pabellón infantil donde podías tirarte al suelo rodeada de libros que podías leer sin pagar. También nos llevábamos cada año algunos cuentos nuevos a casa, después de un paseo por las casetas.

Años más tarde, durante la época en que vivimos cerca de Alonso Martínez, mi madre me hizo una cuenta en una librería cercana que hoy continúa estando en el mismo sitio, la Antonio Machado, y así yo sola podía ir de casa a la librería, perderme un buen rato en la sección infantil y seleccionar un libro que me llevaría a casa solo apuntándolo en la cuenta que mi madre pagaba mes a mes. En la librería, claro, ya me conocían y se acostumbraron a que fuera cada semana a llevarme algún libro después de pasar largo rato mirando todos los títulos.

Y recuerdo también muy bien la biblioteca del pueblo donde veraneábamos, en la sierra madrileña donde mis abuelos alquilaban una casita. Pasé muchísimo tiempo en esa biblioteca, entre múltiples títulos, yendo sola de la casa de mis abuelos hasta allí y luego vuelta a la casa. Un placer veraniego. Hace no demasiados meses fui con mi chico a ese pueblo de la sierra, en parte por enseñárselo y en parte por recordarlo yo, y ya no existía "mi" biblioteca (supongo que aguantaría como tarde hasta que cerró la Obra Social de Caja Madrid, a quien pertenecía, y que también cerró alguna biblioteca en mi barrio actual), aunque ahora había otra, municipal, que parecía más grande, aunque no pudimos entrar a comprobarlo porque estaba cerrada por ser fin de semana).

En fin, que desde mi infancia vengo disfrutando muchísimo de los libros. Y para mí es algo natural, en mi familia mi hermano también leía mucho desde niño y hemos crecido viendo leer también a mi madre, a mi tía, a mis abuelos... 

Hace ahora poco más de tres años que nació una pequeñita en mi familia, por parte de la familia de mi chico. Desde entonces, además de las bromas por ser tía abuela (mi edad lo desmiente), vemos algo más a mi familia política, y yo procuro que muchas de esas veces que les vemos, llevemos un cuento para la peque. Esa parte de mi familia (exceptuando a mi chico) no tienen libros, no leen por la noche (ni nunca), y yo no quiero que la pequeñaja crezca sin ningún cuento. Pero aunque a ella le gustan y cuando vamos, me pide que se los lea, sí noto que a veces los adultos ven con extrañeza que insista en regalarle cuentos, libros... "ah, otro libro... ¡si ya tiene cuatro!", me han dicho alguna vez, como si fuera un regalo repe. Así que a veces, cuando llevo otro libro envuelto (más), me siento algo transgresora... "¡Mira, es un cuento! ¿Quieres que te lo lea?"

Y también pienso en esas historias que con esta pequeñaja se me quedan en el tintero, algunas porque aún es chiquita para entenderlas y otras porque cuando simplemente regalar un cuento ya es una transgresión, quizá se haga un poco difícil transgredir aún más. Pero ahora que mi prima nos ha dicho estas Navidades que acabaremos el próximo verano siendo uno/a más en nuestra pequeña familia, se me hace la boca agua pensando en los cuentos e historias que podré regalarle. Pienso en copiarle o buscar para regalarle los (ya tres) discos de Un cuento propio, el proyecto de Pandora Mirabilia que busca dar referentes de heroínas a nuestros y nuestras peques, incluyendo en sus discos cuentos y canciones infantiles sobre mujeres reales, científicas, activistas, artistas, aventureras... que poder tener como referentes (yo conseguí los discos en un crowdfunding que hicieron antes de Navidades, pero creo que al menos los dos primeros se pueden conseguir en su web y en algunas librerías). O en la colección "Pequeña & Grande" que hoy veía en una librería, y en la que hay "grandes mujeres para pequeños cuentos", en unos títulos que van creciendo desde el 2014 y que cuentan con protagonistas que van desde la actriz Audrey Hepburn a la aviadora Amelia Earhart pasando por la pintora Frida Kahlo. O la de "Otros héroes, otras princesas" (aunque no entiendo por qué no heroínas en vez de las consabidas princesas), en la que hablan de hombres como el Che Guevara o Eduardo Galeano y mujeres como Violeta Parra o de nuevo Frida Kahlo. O ese libro tan genial que vimos una tarde en la librería Mujeres & Compañía, muy cerquita de Ópera, en Madrid, llamado "Con Tango son tres", que lleva a cuento infantil la historia real de una pareja de pingüinos macho que, en un zoo, empollaron como suyo el huevo que otra pareja había rechazado, y criaron en su pequeña familia alternativa a un pequeño polluelo pingüino al que los cuidadores del zoo bautizaron como Tango.

Historias, historias... para que tanto la peque de ya tres añitos como el garbancito sin definir que aún está en la tripa crezcan con cuentos y libros a su alrededor, y disfrutando de tantas historias como hay ahí fuera. Como me pasó a mí desde bien chiquita...

jueves, enero 12, 2017

Un año a través de sus libros (I)

Hace dos años, también en enero, me di de alta en la red social de lectura Goodreads (aquí está mi perfil). Desde entonces llevo un registro de los libros que voy leyendo, que también valoro y últimamente reseño brevemente según acabo de leerlos. A principio de cada año, además, me marco lo que ellos llaman el "reto de lectura", que recoge cuántos libros querrías llegar a leer ese año. En 2015 mi objetivo fueron 20 y leí 23, el año pasado subí el objetivo a 24 y leí 29, y para este año lo he marcado en 30. Me gusta ver que voy leyendo cada vez un poquito más, porque ese es uno de mis propósitos de Año Nuevo siempre :-)

Quería traer por aquí un pequeño resumen de esos libros que he leído durante este 2016 que acaba de terminar, aunque igual lo hago en varias tandas para que no salga el post tan largo. Es algo que me gustaría haber hecho tiempo atrás, todos estos años atrás, pero bueno, supongo que nunca es tarde, así que empiezo, Goodreads mediante y comentándolos en su orden de lectura, empezando desde enero:

  • El marciano, de Andy Weir (★★★★): Leí el libro después de ver la película que habían hecho basada en él, y disfruté bastante las dos cosas. Ciencia ficción interesante, un personaje con sentido del humor un poco sucio, una historia de supervivencia... me gustó y hasta se lo recomendé a mi chico, que también lo disfrutó.
  • Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, de Oliver Sacks (★★★★): He leído ya varios ensayos de este autor, que me parece que tiene una capacidad de empatía enorme, y que es un gran divulgador. Este ensayo, como suele ser habitual en sus libros, cuenta la historia de varios de los casos clínicos que ha tratado en su vida como neurólogo, todos relacionados con la música. Muy interesante (ya he regalado alguna vez el libro).
  • Los besos en el pan, de Almudena Grandes (★★★★★): Me encantó. Es un libro de relatos cuyos personajes se entremezclan de unos relatos a otros, dándole así unidad de novela al libro, y contando distintas historias cotidianas de un barrio madrileño en estos años de crisis económica (y sistémica). Me recordó cosas que hemos vivido en el barrio en nuestra etapa en el 15M, desde las recogidas solidarias de alimentos a el ir a apoyar una huelga en uno de los centros de salud del barrio o el poner nuestros cuerpos para detener un desahucio de un vecino. Creo que vale muchísimo la pena leerlo.
  • Medio mundo, de Joe Abercrombie (★★★★): Es el segundo libro de la trilogía de fantasía épica ¿juvenil? (yo creo que es interesante aun siendo adulto, si te gusta este género) de El Mar Quebrado, que había iniciado con ganas el año anterior. Aunque recupera algún personaje y el mundo del libro anterior, la mayoría de los personajes son nuevos y prácticamente se podría leer de forma independiente. Me gustó bastante el personaje principal de Espina Bathu, y en conjunto disfruté del libro :)
  • ¿Vosotros cómo os conocisteis?, de Manel Fontdevila (★★★★★): En este cómic Fontdevila retoma a los protagonistas de su antigua página en El Jueves, Emilia y Mauricio (La Parejita), ya padres de su hijo Óscar. Esta página era uno de los motivos de mi antigua afición a la revista y tengo (creo) todos los recopilatorios que ha ido sacando porque me encantan. Esta nueva entrega no me defraudó en absoluto.
  • ¿Estáis haciendo el amor?, de Manel Fontdevila (★★★★★): Otro cómic que continúa las historias de Emilia, Mauricio y su hijo Óscar. Como el anterior, divertidísimo, Fontdevila y estos personajes siempre me hacen soltar la carcajada. Muy recomendable, espero que continúen con más entregas en el futuro.
  • Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo (★★★): Me gustaría conocer más ciencia ficción de autores o autoras españolas, y este es uno de los que leí el año pasado en este sentido. Lo que más me gustó fue la ambientación, muy lograda (una España de dentro de pocos años, mediados del siglo XXI, azotada por la crisis y donde el capitalismo ha acabado de quitarse la poca careta que mantenía, las corporaciones empresariales gobiernan y las desigualdades e injusticias se han magnificado). Interesante.
  • La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal, de Barbijaputa (★★★★): Con los artículos de Barbijaputa (entre más lecturas) he seguido aprendiendo de feminismo y me han hecho mucho bien, pese a lo que opinen su legión de trolls y haters (y obviamente, a no compartir siempre todas sus opiniones). En esta novela amable y fácil de leer se entremezcla la historia de amor que vive Bárbara, una joven que comparte con la autora el haber trabajado de azafata de vuelo, con pequeñas dosis de crítica social y alguna reflexión sobre feminismo y cómo nos ayuda a vencer miedos. Me gustó.
  • Cómo ser mujer, de Caitlin Moran (★★★★): Este libro me lo había regalado Bereni-C hacía tiempo y como mi pila de pendientes es gigante, no me puse con él hasta abril del año pasado. La autora, una mujer feminista, habla sobre muchísimos aspectos comunes a muchas mujeres, partiendo de sus propias experiencias, sin perder nunca el sentido del humor ni la ironía. La edición en castellano de Anagrama tiene además muchas notas al pie que sirven para ubicarte un poco entre el mogollón de referencias culturales inglesas que usa la autora (¡debe de ser difícil leerlo en su idioma original, sin conocerlas!)
  • El último día de Terranova, de Manuel Rivas (★★): Lo compré porque la sinopsis de la contraportada me atrapó (Terranova es una librería con 60 años de vida, histórico refugio de disidentes, libros prohibidos y de contrabando, que en el 2014 se enfrenta a la liquidación y al desahucio por culpa de los especuladores ambiciosos). Me decepcionó mucho, aunque la historia (lo que contaba) me interesaba, el estilo narrativo (cómo lo contaba) me sacaba de la novela continuamente, muy artificial y no sé, rebuscado. No sé si es la traducción (el original es en gallego) o el propio Rivas, pero buf :(
  • 2084. Relatos, de varios autores (★★): Lo compré en una de mis librerías favoritas, Traficantes de Sueños, porque me interesó la contraportada (relatos de ciencia ficción de autores actuales, ambientados todos en 2084, 100 años después del 1984 de Orwell). Pero los relatos no me engancharon ni me llegaron mucho, y de hecho a fecha de hoy apenas recuerdo su contenido... pasó sin pena ni gloria.
  • Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb (★★★★★): Una de las adquisiciones de la Feria del Libro del año pasado, me encantó y se me pasó su lectura en un suspiro. Cuenta parte de la historia de la propia autora: cómo en unas vacaciones en otra ciudad vieron una pequeña librería que se traspasaba y cómo se lió con su familia la manta a la cabeza para cumplir su sueño de ser librera, mudándose y reformando la librería y haciéndose cargo de ella, no sin dificultades, hasta conseguir convertirla en un lugar de referencia. Quizá algo edulcorado de más, pero lo disfruté mucho.
  • (H)amor¹, de varios autores (★★★): También de Traficantes de Sueños, es un librito pequeño con distintos artículos que tratan temas relacionados con el amor desde una perspectiva feminista o alternativa, desde el amor romántico y sus defectos, el poliamor, la anarquía relacional, las dependencias... Es interesante aunque tardé mucho en acabarlo (¡y eso que es cortito!) porque me atasqué un poco con algún artículo. En la misma colección hay dos más, que también tengo e irán cayendo.
  • El mundo de la tarántula, de Pablo Carbonell (★★★): Estas memorias de Pablo Carbonell fueron una de mis lecturas de vacaciones, entre playa y piscina. Tienen una estructura de pasajes cortos sin hilar mucho más entre sí que el propio orden cronológico, quizá para facilitar su escritura, pero me gustó leer el libro, la historia de cómo el autor empezó haciendo teatro en las calles y plazas con su buen amigo Pedro Reyes, cómo se formaron Los Toreros Muertos, conoció al Gran Wyoming... muchas anécdotas de la movida madrileña, bastantes noches durmiendo al raso en la calle o trampeando para conseguir un techo, algunos amores... una vida bastante intensa sobre la que leer, especialmente si te interesa el personaje / la persona que es su autor.
Y hasta aquí van la mitad de mis lecturas del 2016, la siguiente mitad la dejo para otro futuro post. Y mientras... a seguir leyendo para cumplir el reto de lectura de este nuevo año :-)

martes, diciembre 27, 2016

Crónicas navideñas 2016 (con aparición estelar de Agudización Asmática Infecciosa)


Estas Navidades ya sabíamos que iban a ser una experiencia nueva por varias razones. Primero, la más novedosa, porque ahora que en nuestra casa nueva cabe una mesa más grande desplegada con sus sillas, pensábamos hacer al menos una de las comidas y cenas con mi familia en ella y ejercer el papel de anfitriones del que nos habíamos librado todos estos años anteriores, intentar cocinar algo rico y organizar un rato agradable que compartir con la familia. La segunda novedad fue que finalmente se confirmó que este año se apuntaría a la Nochebuena y la Navidad con mi familia el padre de mi chico, que habitualmente pasa estas fechas con su otra hija (y nos juntamos en Nochevieja), con lo que sí, ambos encuentros serían en nuestra casa, que tiene ascensor, ya que el padre de mi chico no puede subir las escaleras que hay en casa de mi madre. Algunos cambios y algunos nervios (en general, de los buenos) por ellos.

Yo había ido adelantando compras de regalos unos pocos días antes porque no me gusta ir rápido y corriendo el día antes de Navidad buscando por tiendas, así que por suerte, cuando empecé a encontrarme mal prácticamente había comprado todo (los regalos, aún teníamos que comprar platos -en casa subsistíamos con la vajilla de cuatro servicios que compré al independizarme hace catorce años y para recibir a la familia no me llegaba- y al menos un mantel, además de la compra de comida para ambas citas). Bueno, miento, empezar a encontrarme mal ya me había pasado la semana pasada, empecé a necesitar mi inhalador contra el asma a diario, cuando habitualmente sólo lo llevo encima por si me hace falta pero no suelo usarlo más que alguna vez suelta al mes. Previsora, fui a buscar cita con mi médica de cabecera y no había huecos libres hasta una semana después (pero claro, no hacen falta más médicos en la sanidad pública si los que hay trabajan con esos plazos porque tienen un volumen enorme de pacientes). En esa semana fui empeorando progresivamente, necesitando el inhalador varias veces diarias, cada vez cada menos tiempo y finalmente, el día antes de mi cita con el médico, empezándome a subir también algo de fiebre.

El miércoles 21, ya cuando era el día de mi cita médica, ya tenía más fiebre y una sensación de ahogo importante que no se me iba con el inhalador. Mi madre me acompañó a la médica de cabecera y fuimos antes de la hora porque yo estaba muy angustiada porque realmente no conseguía respirar, tenía que hacer mucho esfuerzo para conseguir muy poquito aire, sentía el pecho cerradísimo. Cuando llegamos al médico pensábamos intentar que nos dejaran entrar antes, pero la gente en la sala de espera estaba enfadada por el retraso que ya llevaba la médica y yo me sentía algo más tranquila pensando que allí ya en el centro de salud no me iban a dejar ahogarme, así que esperamos nuestro turno (éramos las últimas, esperamos unas dos horas). Cuando entramos a consulta, me preguntó, me auscultó y me mandó directa a la sala de enfermería de urgencias para hacerme un electrocardiograma (que luego fueron varios) y ponerme unos aerosoles con medicación que me abrieran los bronquios cerrados. Al parecer, al seguir haciendo inhalaciones con el Ventolín porque me ahogaba cada vez más, me había puesto en riesgo porque el Ventolín tiene como efecto secundario que es taquicárdico y acelera el corazón (¡niños, nada de chutarse Ventolín como si no hubiera mañana, o no lo habrá de verdad!): en el primer electro dio error la máquina porque mis pulsaciones iban demasiado rápido -por el Ventolín y por la propia fatiga al no conseguir respirar-, el segundo, después de que la enfermera estuviera intentando calmarme y ayudándome a respirar más despacio, dio mucha taquicardia y unas 240 pulsaciones (lo normal en reposo es entre 80 y 90).

En fin, salí del centro de salud muy pasado el mediodía, con un cargamento de recetas, una cita para una radiografía de tórax urgente a hacer esa misma tarde, una cita para revisarme con la médica a la mañana siguiente y encontrándome mejor. Pero esa misma tarde, volvió la sensación de ahogo. Según salí de la placa de tórax en el centro de especialidades me dijeron que me volviera a ir a Urgencias, esta vez del hospital. Vuelta a la mascarilla con aerosoles con medicación, una vía con urbason, paracetamol y más, y otra vez mejoría que se volvería a quedar en nada tres o cuatro horas después. Nueva visita al médico, al centro de urgencias del barrio, esta vez de madrugada. Y miedo por no saber si iba a poder aguantar hasta la mañana siguiente en el centro de salud. 

Diagnóstico final: el del título del post, agudización asmática infecciosa. Que ha estado cerca de neumonía sin llegar a serlo, y que la contaminación de estos días en Madrid más mi asma leve de base han hecho el resto (mientras, la gente quejándose en redes sociales de que la alcaldesa activara el protocolo por especial contaminación, reduciendo un poquito la velocidad en la M30 y M40, cosa intolerable porque es mucho más importante un maldito coche que la salud de todas, parece ser).

Al final no ha habido más bajas que la de un antiguo termómetro de mercurio -que me gustaba y que ya no fabrican por haberse prohibido, por lo que ha sido sustituido por uno digital-, la Navidad ha salido bien porque mi chico principalmente, aunque ayudado también algo por mi familia, se ha encargado de absolutamente TODO (menos envolver los regalos que eran para él, claro, que lo hice yo en un hueco en el que conseguía respirar algo mejor). No han sido mis mejores fiestas porque aunque para Nochebuena ya podía respirar un poquito mejor, seguía agotada por la fiebre, la tos y lo mal que estaba descansando por las noches al costarme más esfuerzo respirar recostada. He tenido que estar varios días sin salir de casa y un poco vegetal, y hasta hoy por fin no me he asomado un rato a una casa cercana de unos amigos. Pero ha habido buenos ratos con la familia, un árbol hasta los topes de regalos (como se puede ver en la imagen que encabeza el post), una prima muy cariñosa y risueña con una noticia que me ha hecho muy feliz, sorpresas que no venían en las cartas a los Papás y Mamás Noelas, sonrisas, canapés, limonada, servilletas con motivos navideños. regalitos también para nuestros gatetes, una caca con ojos en forma de cojín para el que se retrasó en mandar su carta a los seres mágicos navideños, y mi chico de ojos sonrientes -y un poco cansados por la paliza que se ha metido- cuidándome y cuidándonos a todos. 

Poco a poco voy mejorando, aunque esta semana en la que ya hemos entrado tengo, de momento y si no hay novedades, cinco visitas médicas más (¡algún día hago doblete!). Pero espero que sean todas para ir avanzando y dando buenas noticias, e ir recuperando fuerzas estos días, comiendo un poco más para reponer también energías -que estos días apenas me entraban unos bocados a pesar de la insistencia de mi chico, voy a ser El Curioso Caso de la Chica Que Adelgazó en Navidades-. Y con esto, haber completado el cupo de utilizar Urgencias en al menos una buena temporada. 

Espero que vuestras Navidades hayan sido algo menos accidentadas, pero al menos igual de bien acompañadas y cuidadas que he estado yo. Que al final es lo que importa, la compañía y los cuidados y afectos... Y por si no escribiera antes por el blog, espero que dejéis atrás este año con buen pie, aunque para algunos sé que ha sido especialmente difícil, y que el nuevo sea más luminoso y cálido y nos traiga más buenos momentos compartidos, nuevos proyectos a los que dedicar energías, vínculos afectivos de los que dan calor y gustito y una buena cesta de sonrisas. Y que no nos falte el aire demasiado, ni por agudizaciones asmáticas de ningún tipo, ni por ansiedades que se agarran al pecho... sólo quizás por alguna de esas sorpresas buenas que te dejan un poco alelada de la impresión. 

Nos leemos seguramente ya en 2017. ¡A la vuelta de la esquina!

miércoles, diciembre 14, 2016

Memoria frágil

A pesar de que siempre he dicho que muchas veces soy una auténtica máquina de echar de menos, y que defiendo casi siempre el recuerdo frente al olvido, y que mil veces he decidido activamente favorecer ese recuerdo, aunque doliera, frente a un olvido supuestamente sanador (especialmente en cuanto a recordar antiguos vínculos y afectos se refiere), reconozco que mi memoria es frágil, más frágil de lo que me gustaría. Y la mucha medicación que he tomado en mi vida, parte de la cual aún sigo tomando, no ha ayudado precisamente a fortalecerla sino todo lo contrario (hay estudios sobre los negativos efectos de ciertas medicaciones psiquiátricas a largo plazo).

Hoy me doy cuenta de que pierdo mi pasado, y con él me pierdo yo también un poco. A veces un pasado cercano, y no parecen olvidos dañinos (es un no recordar casi nunca con quién hice tal o cual cosa, quiénes estábamos el día que pasó X, que sean siempre otros amigos los que recuerden anécdotas que vivimos juntos y que a veces oír esas anécdotas me resulte ajeno, como si las leyera en una novela en vez de haberlas vivido yo también a su lado). Curiosamente, creo que la gente que me conoce no tiene esa percepción de mí y no creen que sea especialmente olvidadiza, incluso a veces me tienen por alguien con buena memoria, pero parte de esa visión se debe a que algo que sí soy es relativamente bien organizada. Y a que escribo.

La agente de esa asamblea de barrio con la que soñamos cambiar un poquito el mundo, después de aquel domingo que se quedó para siempre unos años con nosotros, siempre alababa mi buena memoria, que no creo que fuera tal. Simplemente, tanto en las reuniones de nuestra Comisión como en las asambleas colectivas, yo tenía por costumbre escribir, llevar siempre un cuaderno (que guardo) y tomar notas, hiciera o no hiciera yo el acta. Y lo que escribo sí me resulta mucho más fácil guardarlo en mi memoria, lo que escribo no se pierde entre los cajones de mi cabecita loca (esos que abre y cierra desesperada la Neurona Jefa, pensando dónde habrá puesto tal papel con una idea, en una imagen que tantas veces me hace reír cuando la comenta mi madre de su propia cabeza). 

Hace años escribía mucho sobre mi vida, mis emociones, mis pensamientos, mis lecturas o mis sentimientos. Los primeros años del blog era mucho más prolífica que ahora, que como mucho me propongo un post mensual y muchas veces no llego a cumplir ese mínimo. Antes había varios posts semanales, aunque claro, también los necesitaba más, me encontraba mucho peor de ánimo y escribir era un desahogo y una manera de dejar las ideas quietas en algún sitio, en vez de dando vueltas en mi cabeza, robándome el aire. También estaba más sola, tenía pocas personas con las que compartir esas ideas y angustias cotidianas y me volcaba más aquí o en foros. Pero lo bueno de eso es que escribí mucho y ahora tengo muchos recuerdos de mi Yo de entonces, y a veces me releo y me siento cerca.

Ahora escribo mucho menos y también mi memoria es más frágil. Y me da la sensación de que lo que no escribo se pierde, se me pierde, me pierdo yo también en parte. Que si no lo plasmo y no lo guardo, aquí o en un diario, o en una foto, o en algún sitio tangible, se me va, porque mi memoria no es capaz de retenerlo. Tantos libros leídos que ahora apenas sé de qué trataban, o películas vistas que tres cuartos de lo mismo, o momentos compartidos con gente querida que se me escapan de entre los dedos.

Y todo eso me da ganas de escribir, igual que siempre que voy de viaje hago fotos y compro postales de las ciudades por las que paso, porque sin ellas me da la sensación de que en un tiempo, aunque sea años después, el viaje se me habrá borrado de la memoria y será como no haberlo hecho. 

Todo esto me da ganas de escribir y contar, aunque como dice Bereni-C en el post que ha originado este otro, haya recuerdos que son como lágrimas en la lluvia, que no se pueden contar, que no se pueden atrapar en palabras. Pero yo tengo que intentarlo, para que no se (me) pierdan.

En resumen, como comentaba en su post... que tengo que escribir más.

domingo, noviembre 27, 2016

Desconectada del cuerpo

No tengo (ya) una relación hostil con mi cuerpo, pero tampoco puedo decir que tenga una relación cordial. Lo que mejor puede definir nuestra relación es que me siento bastante desconectada de él, me cuesta escucharlo, saber qué necesita. Me cuesta a veces reconocer necesidades básicas como el hambre, especialmente si estoy tristona (cuando mi chico se va de viaje unas cuantas semanas, se me desorganizan muchísimo los horarios y si no me fuerzo a comer, no me doy cuenta de que tengo hambre, o directamente no reconozco la sensación). Otras etapas (en esto he mejorado muchísimo desde la mudanza de hace ya unos cuantos meses) he tenido verdaderos problemas con el tema de la higiene y el resto de autocuidados, y aunque pudiera llevar muchos días sin ducharme, por ejemplo, muchos más de los que me siento cómoda de admitir en público... no me sentía incómoda en un cuerpo que realmente estaba sucio, ni me sentía más a gusto tras lavarlo. También a veces he tenido fuertes contracturas en la espalda y no he sido consciente de ello hasta que alguien me lo ha dicho, o ha asociado mis dolores de cabeza con esas cervicales hechas un guiñapo. 

Normalmente, y aunque mi mente también me juega a ratos malas pasadas, me siento mucho más identificada con mi Yo mental que mi Yo corporal. Muchas veces he pensado y sentido que mi cuerpo no es capaz de contenerme, que es un recipiente en el que estoy encerrada pero que me falla, que me queda chico para todo lo que tengo que guardar dentro. Cuando la ansiedad me desbordaba y necesitaba el recurso de las autolesiones, sentía esa falta de contención muy imperiosamente, sentía que, al sangrar, esa parte de mí que no cabía en este cuerpo opresivo encontraba un camino para salir fuera. Como si hubiera demasiado Yo aquí dentro.

Tampoco he sido nunca buena, esto desde pequeña, en ninguna actividad deportiva. Hace poco, encontraba lo siguiente en el libro que estoy leyendo, "10 ingobernables", de June Fernández, que recoge unas citas de Matilde Fontecha, profesora de Educación Física y su Didáctica en la Universidad del País Vasco, sobre la relación entre deporte, mujer, feminismo. Dice:

"El deporte aporta libertad de movimiento corporal, estimula el abandono del espacio privado doméstico y facilita las relaciones personales y sociales. En definitiva, empodera a las mujeres. (...) Las mujeres practican menos deporte que los hombres porque la actividad física está relacionada con dos antiguas prohibiciones sobre sus cuerpos: la libertad de movimiento y el derecho al placer. (...) Una mujer que desarrolla las capacidades del movimiento -la coordinación, la orientación espacio-temporal, el equilibrio, la estructuración del esquema corporal, el conocimiento y control del propio cuerpo, la fuerza y resistencia musculares, la resistencia cardiorrespiratoria, la velocidad, la flexibilidad y la agilidad- es una persona más competente para cualquier situación vital".

Siempre, y eso continúa hoy, me he sentido torpe con mi cuerpo, con poca resistencia física, me canso enseguida, no me siento a gusto haciendo actividades físicas. Y creo que todo tiene un poco que ver con esa desconexión que siento hacia mi propio cuerpo, que me lleva también a no estar en forma pero no hacer nada para cambiarlo.

En otro libro que leí hace poco y que ya he traído por el blog, "De pronto, mi cuerpo. Una memoria", de Eve Ensler, la autora cuenta cómo ella, para superar una historia de abusos sexuales en la infancia, se desconectó de su cuerpo y las necesidades de éste, se volcó en otras mujeres (muchas de las cuales también habían sufrido violencia sexual y maltratos) y pasó de puntillas sobre su propia historia. Tiempo después cayó enferma y siguió sin hacer caso de las múltiples señales de que algo no iba bien dentro de ella, se negó a ir al médico (o casi ni siquiera se negó, era que no veía motivo a pesar de muchísimos síntomas que prácticamente a cualquiera le hubieran alarmado) y para cuando acudió ya tenía un tumor en estadio avanzadísimo y extendido por multitud de órganos internos. Entonces, ya sí, tuvo que pararse, escuchar y atender a su cuerpo. Tuvo que ser operada y tuvo que ser paciente y esperar una lenta recuperación, como digo, escuchando y atendiendo ese cuerpo que no había sido oportunamente escuchado y atendido antes. 

El título original del libro es "In the body of the world: a memoir". El título en castellano añade ese matiz de darse cuenta de forma repentina de que tienes un cuerpo del que también tienes que estar pendiente, que también merece tus cuidados. Esto le pasó a la autora y lo entendí perfectamente... Aun sin tener ni mucho menos su crudo historial de abusos sexuales, sí siento que he vivido esa desconexión, ese no escuchar, no interesarme mucho por mi caparazón.

De un tiempo a esta parte, como decía más arriba, estoy mejorando tanto en temas de higiene como otros temas de autocuidados. Quizá en un futuro pueda también sentirme más conectada con un cuerpo y vivirlo más integrado con mi mente. Supongo que eso me ayudaría también a ser más consciente y quizá controlar mejor esa respiración que se me sigue atragantando cuando la ansiedad, los pensamientos y las voces se me disparan. Quizá incluso en un tiempo futuro aún sin definir, pueda acompañar a algunos de mis amigos a sus clases de yoga y no sólo apuntarme a tomar algo con ellos cuando salen... pero no todavía. Mañana. O pasado.

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