viernes, julio 06, 2018

Destierro (II): Cabecita loca / Mi barrio

Me decías cabecita loca
por seguir mis sueños
por romper las olas.
Me defendía con mis alas rotas
contra la corriente: 
vuela, vuela mariposa...

Una vez tuve un barrio que no era mi barrio pero sí lo fue un poquitín... y dejó de serlo. Recuerdo ir a hablar con M., mi psicóloga de hace mil años y alguno más, e ir con miedo porque esa zona ya no me correspondía, porque implicaba cruzar su frontera, mi frontera, y entrar en su terreno y encontrarme a su familia o a él cuando el terreno me había sido vedado aun sin haber una prohibición expresa de pisar esas calles o bajarme en esa parada de metro, sin haber un bando pegado en las calles notificando el destierro

Ahora la situación es distinta. Este barrio es mi barrio, es mi barrio palpablemente, tangiblemente, vivo aquí, aquí tengo mi casa, la mayoría de mis vínculos, mi madre, mi infancia, mis recuerdos, mis plazas que fueron nuestras, nuestros domingos que queríamos de todas. No puede dejar de serlo.

Eras mi ángel de la guarda
sobrevolando mis horas bajas.
Eras la música del alba,
la lluvia cuando estalla.

Y por eso duele todo esto como herida abierta. Porque hace años que caminar por aquí, por todas estas calles, se había convertido en algo más que simplemente estar en mi barrio, en un espacio seguro, propio, conocido (eso lo ha sido siempre, por eso volví de Chueca). Hace años que además de ser un lugar, este trocito concreto de ciudad era una red, era la mayor parte de mis vínculos, de mis afectos, era la constatación de que -afortunadamente, por fin, menos mal...- no era una isla, NO SOY UNA ISLA, sino una madeja entretejida. No soy veneno. No soy un monstruo. No soy una vampira emocional. 

Sálvame, no me dejes caer
en la tristeza de las noches en vela.
Sálvame y yo siempre seré
tu amiga más fiel 
que dentro te lleva.

Hace años que sumé a las propias calles que me resultan amables el hecho de que en cualquier momento podía encontrarme a caras conocidas, queridas, también amables... en esta esquina o en la otra. Caras que me sonreirían y a las que yo devolvería la sonrisa, encuentros aleatorios e inesperados que me darían calorcito dentro, para los que no tendría que prepararme mentalmente y dedicar montañas de energías por si acaso sucedieran, encuentros donde esta cabecita loca no tendría que preparar cada frase y hacerla sonar dentro antes de decirla fuera a ver si sirve o no, donde no contaría palabras de manera automatizada, las mías y las del resto, para determinar si digo demasiadas, si digo insuficientes. Hace años. Hacía años.

Y me decías cabecita loca
por soñar despierta,
por querer que no amanezca nunca.
Tú me decías 
cabeza loca...

Hace hoy siete semanas mi cabeza contó palabras (fueron demasiadas) de manera automatizada. Conté minutos de presencia (fueron insuficientes) en un encuentro grupal que deseaba mucho, que me había dado fuerzas más allá de lo que yo hubiera apostado nunca. Volvía a haber muchas personas (demasiadas, insuficientes) a mi alrededor mientras yo estaba sola, solísima, más sola que la (l)una, con toda esa mi gente alrededor (y los dos artículos están a propósito). Un finde de auto hipervigilancia otra vez. Hacía años que no estaba tan, TAN sola, con esa mi gente.

Siempre es igual,
siempre mi ángel de la guarda
(siempre mi ángel de la guarda)
sobrevolando mis horas bajas.
Eras la música del alba
(eras la música del alba),
la lluvia cuando estalla.
Sálvame, no me dejes caer
en la tristeza de las noches en vela.
Sálvame y yo siempre seré
tu amiga más fiel 
que dentro te lleva.
Sálvame...
Vuela, vuela mariposa.

Este barrio es mi barrio. Palpablemente y no, tangiblemente y no, está aquí mi casa y casi todos mis vínculos, y casi todo mi sentido también. Y hoy son las fiestas de mi barrio en una plaza que está a menos de diez minutos, y yo estoy aquí en mi casa escribiendo que son las fiestas de mi barrio y me da miedo bajar.

Eras mi ángel de la guarda
(eras mi ángel de la guarda),
eras el eco de una voz lejana.
Eras la música del alba
(eras la música del alba),
la lluvia cuando estalla.
Sálvame, no me dejes caer
en la tristeza de las noches en vela.
Sálvame y yo siempre seré
tu amiga más fiel.
Seré la nieve al caer sobre el mar,
sobre la tierra
cuando el fuego te quema...

Qué capacidad de romper cosas tenemos, ay, pequenya.

Sálvame... sálvame...

(...)