sábado, diciembre 20, 2014

Pesadilla

Amasijo informe de huesos y carne. Una puerta que no tiene pestillo y cualquiera puede abrir. Mi casa, mi cuarto, después de tanto tiempo soñando con casas antiguas y vivencias lejanas. Una ventana abierta. Desesperación, desesperación, desesperación. Un cuerpo que cae,
cae,




c
a
e




se desploma sin un grito. La desesperación es muda. Un patio que no es mi patio, una corrala en la que los vecinos se asoman a las ventanas para ver caer el peso muerto. No. No está muerto. Amasijo informe de huesos y carne, en el patio. Sangre. ¿Muerte? No. Ni siquiera después del exceso de valor, ni siquiera ahora la desesperación, muda y angustiosa, va a llegar a su fin. Entre la sangre y los huesos rotos, respiración. Ayuda. "Ayuda", pido en silencio, sin encontrar mi voz entre el amasijo informe de huesos y carne. Viene una niña agarrada a su muñeca. "No te acerques, es sólo basura". Basura que ensucia el patio, basura que enoja, enfada, hace fluir la rabia y concentrarse toda en ese bulto en el suelo del patio. Basura que intenta arrastrarse por el suelo, dejando tras de sí un reguero de sangre.

Despierto con la desesperación latiendo fuerte dentro y un sabor a sangre en mi boca. Otra pesadilla, sólo ha sido eso. Sueño vívido, claro, intenso, que no me abandona al despertar, y que vendrá a acunarme las siguientes noches. 

Por eso lo cuento, para sacarlo de mi cabeza. Por eso lo escribo, para que las letras queden quietas en la pantalla y no me persigan, también, esta noche.

sábado, diciembre 06, 2014

Amor... a pesar de los aviones

...porque el amor que alguna vez fue se queda para siempre, aunque nunca vuelva, aunque vivas otras cien vidas, cada amor deja un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

(Marwan, del prólogo a A pesar de los aviones, de Diego Ojeda)

Yo soy quien soy también por los amores que fueron, los amores que viví intensamente, a veces con una sonrisa en los labios y otras derramándome en torrente de lágrimas. Amores, algunos, que quedaron atrás sin irse del todo nunca.

Amor, por ejemplo, hacia aquel chico impulsivo, torbellino de puños cerrados tratando de controlar la ira que en ocasiones le inundaba, pero todo ternura otras veces, dulzura, cuidados. El chico del pelo moreno cayendo en rizos sobre sus hombros, con una media sonrisa encantadora y unas manos grandes y fuertes, más alto de lo que yo llegaba de puntillas, con aquellas camisetas que gritaban rebeldía en palabras en euskera, las mismas que cantaba en canciones que yo no conseguía retener (y que hoy todavía me da por escuchar de cuando en cuando). Amor postadolescente que tuvo un punto final que no se merecía la historia que habíamos compartido, pero que fue el que tú necesitaste para poderte alejar. Y aun así, hoy sonrío y recuerdo lo bueno por encima de todo, incluso de aquella tarde soltando culebras por la boca a la salida del Metro de Cuatro Caminos. Y no olvido, no cedo al olvido, elijo recordarte con tus ojos transparentes y tu media sonrisa. Un cerco imborrable en la superficie de la memoria.

Amor, también, al muchacho mitad ciencias mitad letras, calmado, pensativo, dulce, más inteligente de lo que yo nunca seré, con el que me sonreí la primera vez que estuve en su casa y vi que compartíamos la mitad de la estantería. Un amor más fuerte quizás, más tranquilo y sereno también, sin apuestas arriesgadas, más un fondo a plazo fijo que llamadas al broker de turno. Uno de esos que cuando acaban te dejan perdida  al principio, preguntándote si todo lo que habías construido sería mentira, si la única verdad es que no existen los Parasiempre's ni los paratodalavida aunque cuando lo pronuncies te lo creas de verdad. Pero fue este un amor que se reinventó después de mucho trabajo mutuo, y que hoy permanece en mi vida de otra forma, ya no Amor del que hace temblar las piernas sino un quererse distinto, un conocerse bien y apoyarse, él con su chica, sus dos niños, sus dos carreras y su bici; yo con otro Él cerca, con mis libros y nuestros gatos.

Y como no hay una media naranja sino varias, no un Amor Verdadero sino amores cálidos con los que construyes caminos, ciudades, sueños... Hoy, además de los dos amores que me acompañan en el recuerdo, convivo con un tercero, el chico de ojos sonrientes que me parece tierno y divertido a partes iguales. El que echo de menos cuando coge aviones más allá de los mares para trabajar dieciocho horas de veinticuatro diarias, y espero en el aeropuerto cuando vuelve, nervios de niña chica al verle salir por la puerta 10 con su maleta. Un amor sereno también, sin voces arriba y abajo, que tira de mí siempre hacia arriba y me mantiene aceptablemente cuerda, o disimula la locura que se agazapa siempre dentro. 

Amores que una vez fueron y se quedaron en un huequito, amor que permanece en el centro a los casi nueve años cumplidos. Amores todos que arropan y dan calor, como el que dieron ayer, como el que inevitablemente seguirán dando mañana. En la memoria y en el presente, y como dice el libro... a pesar de los aviones.