martes, diciembre 27, 2016

Crónicas navideñas 2016 (con aparición estelar de Agudización Asmática Infecciosa)


Estas Navidades ya sabíamos que iban a ser una experiencia nueva por varias razones. Primero, la más novedosa, porque ahora que en nuestra casa nueva cabe una mesa más grande desplegada con sus sillas, pensábamos hacer al menos una de las comidas y cenas con mi familia en ella y ejercer el papel de anfitriones del que nos habíamos librado todos estos años anteriores, intentar cocinar algo rico y organizar un rato agradable que compartir con la familia. La segunda novedad fue que finalmente se confirmó que este año se apuntaría a la Nochebuena y la Navidad con mi familia el padre de mi chico, que habitualmente pasa estas fechas con su otra hija (y nos juntamos en Nochevieja), con lo que sí, ambos encuentros serían en nuestra casa, que tiene ascensor, ya que el padre de mi chico no puede subir las escaleras que hay en casa de mi madre. Algunos cambios y algunos nervios (en general, de los buenos) por ellos.

Yo había ido adelantando compras de regalos unos pocos días antes porque no me gusta ir rápido y corriendo el día antes de Navidad buscando por tiendas, así que por suerte, cuando empecé a encontrarme mal prácticamente había comprado todo (los regalos, aún teníamos que comprar platos -en casa subsistíamos con la vajilla de cuatro servicios que compré al independizarme hace catorce años y para recibir a la familia no me llegaba- y al menos un mantel, además de la compra de comida para ambas citas). Bueno, miento, empezar a encontrarme mal ya me había pasado la semana pasada, empecé a necesitar mi inhalador contra el asma a diario, cuando habitualmente sólo lo llevo encima por si me hace falta pero no suelo usarlo más que alguna vez suelta al mes. Previsora, fui a buscar cita con mi médica de cabecera y no había huecos libres hasta una semana después (pero claro, no hacen falta más médicos en la sanidad pública si los que hay trabajan con esos plazos porque tienen un volumen enorme de pacientes). En esa semana fui empeorando progresivamente, necesitando el inhalador varias veces diarias, cada vez cada menos tiempo y finalmente, el día antes de mi cita con el médico, empezándome a subir también algo de fiebre.

El miércoles 21, ya cuando era el día de mi cita médica, ya tenía más fiebre y una sensación de ahogo importante que no se me iba con el inhalador. Mi madre me acompañó a la médica de cabecera y fuimos antes de la hora porque yo estaba muy angustiada porque realmente no conseguía respirar, tenía que hacer mucho esfuerzo para conseguir muy poquito aire, sentía el pecho cerradísimo. Cuando llegamos al médico pensábamos intentar que nos dejaran entrar antes, pero la gente en la sala de espera estaba enfadada por el retraso que ya llevaba la médica y yo me sentía algo más tranquila pensando que allí ya en el centro de salud no me iban a dejar ahogarme, así que esperamos nuestro turno (éramos las últimas, esperamos unas dos horas). Cuando entramos a consulta, me preguntó, me auscultó y me mandó directa a la sala de enfermería de urgencias para hacerme un electrocardiograma (que luego fueron varios) y ponerme unos aerosoles con medicación que me abrieran los bronquios cerrados. Al parecer, al seguir haciendo inhalaciones con el Ventolín porque me ahogaba cada vez más, me había puesto en riesgo porque el Ventolín tiene como efecto secundario que es taquicárdico y acelera el corazón (¡niños, nada de chutarse Ventolín como si no hubiera mañana, o no lo habrá de verdad!): en el primer electro dio error la máquina porque mis pulsaciones iban demasiado rápido -por el Ventolín y por la propia fatiga al no conseguir respirar-, el segundo, después de que la enfermera estuviera intentando calmarme y ayudándome a respirar más despacio, dio mucha taquicardia y unas 240 pulsaciones (lo normal en reposo es entre 80 y 90).

En fin, salí del centro de salud muy pasado el mediodía, con un cargamento de recetas, una cita para una radiografía de tórax urgente a hacer esa misma tarde, una cita para revisarme con la médica a la mañana siguiente y encontrándome mejor. Pero esa misma tarde, volvió la sensación de ahogo. Según salí de la placa de tórax en el centro de especialidades me dijeron que me volviera a ir a Urgencias, esta vez del hospital. Vuelta a la mascarilla con aerosoles con medicación, una vía con urbason, paracetamol y más, y otra vez mejoría que se volvería a quedar en nada tres o cuatro horas después. Nueva visita al médico, al centro de urgencias del barrio, esta vez de madrugada. Y miedo por no saber si iba a poder aguantar hasta la mañana siguiente en el centro de salud. 

Diagnóstico final: el del título del post, agudización asmática infecciosa. Que ha estado cerca de neumonía sin llegar a serlo, y que la contaminación de estos días en Madrid más mi asma leve de base han hecho el resto (mientras, la gente quejándose en redes sociales de que la alcaldesa activara el protocolo por especial contaminación, reduciendo un poquito la velocidad en la M30 y M40, cosa intolerable porque es mucho más importante un maldito coche que la salud de todas, parece ser).

Al final no ha habido más bajas que la de un antiguo termómetro de mercurio -que me gustaba y que ya no fabrican por haberse prohibido, por lo que ha sido sustituido por uno digital-, la Navidad ha salido bien porque mi chico principalmente, aunque ayudado también algo por mi familia, se ha encargado de absolutamente TODO (menos envolver los regalos que eran para él, claro, que lo hice yo en un hueco en el que conseguía respirar algo mejor). No han sido mis mejores fiestas porque aunque para Nochebuena ya podía respirar un poquito mejor, seguía agotada por la fiebre, la tos y lo mal que estaba descansando por las noches al costarme más esfuerzo respirar recostada. He tenido que estar varios días sin salir de casa y un poco vegetal, y hasta hoy por fin no me he asomado un rato a una casa cercana de unos amigos. Pero ha habido buenos ratos con la familia, un árbol hasta los topes de regalos (como se puede ver en la imagen que encabeza el post), una prima muy cariñosa y risueña con una noticia que me ha hecho muy feliz, sorpresas que no venían en las cartas a los Papás y Mamás Noelas, sonrisas, canapés, limonada, servilletas con motivos navideños. regalitos también para nuestros gatetes, una caca con ojos en forma de cojín para el que se retrasó en mandar su carta a los seres mágicos navideños, y mi chico de ojos sonrientes -y un poco cansados por la paliza que se ha metido- cuidándome y cuidándonos a todos. 

Poco a poco voy mejorando, aunque esta semana en la que ya hemos entrado tengo, de momento y si no hay novedades, cinco visitas médicas más (¡algún día hago doblete!). Pero espero que sean todas para ir avanzando y dando buenas noticias, e ir recuperando fuerzas estos días, comiendo un poco más para reponer también energías -que estos días apenas me entraban unos bocados a pesar de la insistencia de mi chico, voy a ser El Curioso Caso de la Chica Que Adelgazó en Navidades-. Y con esto, haber completado el cupo de utilizar Urgencias en al menos una buena temporada. 

Espero que vuestras Navidades hayan sido algo menos accidentadas, pero al menos igual de bien acompañadas y cuidadas que he estado yo. Que al final es lo que importa, la compañía y los cuidados y afectos... Y por si no escribiera antes por el blog, espero que dejéis atrás este año con buen pie, aunque para algunos sé que ha sido especialmente difícil, y que el nuevo sea más luminoso y cálido y nos traiga más buenos momentos compartidos, nuevos proyectos a los que dedicar energías, vínculos afectivos de los que dan calor y gustito y una buena cesta de sonrisas. Y que no nos falte el aire demasiado, ni por agudizaciones asmáticas de ningún tipo, ni por ansiedades que se agarran al pecho... sólo quizás por alguna de esas sorpresas buenas que te dejan un poco alelada de la impresión. 

Nos leemos seguramente ya en 2017. ¡A la vuelta de la esquina!

miércoles, diciembre 14, 2016

Memoria frágil

A pesar de que siempre he dicho que muchas veces soy una auténtica máquina de echar de menos, y que defiendo casi siempre el recuerdo frente al olvido, y que mil veces he decidido activamente favorecer ese recuerdo, aunque doliera, frente a un olvido supuestamente sanador (especialmente en cuanto a recordar antiguos vínculos y afectos se refiere), reconozco que mi memoria es frágil, más frágil de lo que me gustaría. Y la mucha medicación que he tomado en mi vida, parte de la cual aún sigo tomando, no ha ayudado precisamente a fortalecerla sino todo lo contrario (hay estudios sobre los negativos efectos de ciertas medicaciones psiquiátricas a largo plazo).

Hoy me doy cuenta de que pierdo mi pasado, y con él me pierdo yo también un poco. A veces un pasado cercano, y no parecen olvidos dañinos (es un no recordar casi nunca con quién hice tal o cual cosa, quiénes estábamos el día que pasó X, que sean siempre otros amigos los que recuerden anécdotas que vivimos juntos y que a veces oír esas anécdotas me resulte ajeno, como si las leyera en una novela en vez de haberlas vivido yo también a su lado). Curiosamente, creo que la gente que me conoce no tiene esa percepción de mí y no creen que sea especialmente olvidadiza, incluso a veces me tienen por alguien con buena memoria, pero parte de esa visión se debe a que algo que sí soy es relativamente bien organizada. Y a que escribo.

La agente de esa asamblea de barrio con la que soñamos cambiar un poquito el mundo, después de aquel domingo que se quedó para siempre unos años con nosotros, siempre alababa mi buena memoria, que no creo que fuera tal. Simplemente, tanto en las reuniones de nuestra Comisión como en las asambleas colectivas, yo tenía por costumbre escribir, llevar siempre un cuaderno (que guardo) y tomar notas, hiciera o no hiciera yo el acta. Y lo que escribo sí me resulta mucho más fácil guardarlo en mi memoria, lo que escribo no se pierde entre los cajones de mi cabecita loca (esos que abre y cierra desesperada la Neurona Jefa, pensando dónde habrá puesto tal papel con una idea, en una imagen que tantas veces me hace reír cuando la comenta mi madre de su propia cabeza). 

Hace años escribía mucho sobre mi vida, mis emociones, mis pensamientos, mis lecturas o mis sentimientos. Los primeros años del blog era mucho más prolífica que ahora, que como mucho me propongo un post mensual y muchas veces no llego a cumplir ese mínimo. Antes había varios posts semanales, aunque claro, también los necesitaba más, me encontraba mucho peor de ánimo y escribir era un desahogo y una manera de dejar las ideas quietas en algún sitio, en vez de dando vueltas en mi cabeza, robándome el aire. También estaba más sola, tenía pocas personas con las que compartir esas ideas y angustias cotidianas y me volcaba más aquí o en foros. Pero lo bueno de eso es que escribí mucho y ahora tengo muchos recuerdos de mi Yo de entonces, y a veces me releo y me siento cerca.

Ahora escribo mucho menos y también mi memoria es más frágil. Y me da la sensación de que lo que no escribo se pierde, se me pierde, me pierdo yo también en parte. Que si no lo plasmo y no lo guardo, aquí o en un diario, o en una foto, o en algún sitio tangible, se me va, porque mi memoria no es capaz de retenerlo. Tantos libros leídos que ahora apenas sé de qué trataban, o películas vistas que tres cuartos de lo mismo, o momentos compartidos con gente querida que se me escapan de entre los dedos.

Y todo eso me da ganas de escribir, igual que siempre que voy de viaje hago fotos y compro postales de las ciudades por las que paso, porque sin ellas me da la sensación de que en un tiempo, aunque sea años después, el viaje se me habrá borrado de la memoria y será como no haberlo hecho. 

Todo esto me da ganas de escribir y contar, aunque como dice Bereni-C en el post que ha originado este otro, haya recuerdos que son como lágrimas en la lluvia, que no se pueden contar, que no se pueden atrapar en palabras. Pero yo tengo que intentarlo, para que no se (me) pierdan.

En resumen, como comentaba en su post... que tengo que escribir más.