jueves, septiembre 28, 2006

Padres

Cuando yo era ninya, no sabía bien qué eran los padres (hombres). Yo no tenía, mi hermano tampoco y los de los otros ninyos... pues qué queréis, se les veía bien poco. Las que iban a recoger a mis amigos al cole eran siempre las mamás, las que preparaban la merienda eran las mamás, las que les llevaban al cine o de cumpleanyos eran ellas de nuevo... los padres eran un ente que salía en algunos cuentos, en el de Ricitos de Oro y Los Tres Ositos, por ejemplo, y lo único que se sabía de ellos es que eran grandes. Hasta ahí.

Luego, en una época de ninya en que pasé bastante tiempo en el hospital, aparecieron los padres. No para estar con los ninyos -que insisto, no es que yo les tenga manía, es que brillaban por su ausencia, al menos hace veinte anyos-, que esa labor seguía siendo de ellas, pero tachán... eran los que aparecían cuando se daba el alta para cargar con las maletas y hacer el traslado a casa en un coche más o menos flamante.

Y yo pensaba, y un día se lo dije a mi madre, que era una pena que no tuviéramos papá -como si eso se compartiera, ella y yo el mismo-, porque siempre teníamos que cargar nosotras con los bártulos y esperar a que llegara un taxi.

Esta historia tiene un final bonito (que mi madre le contó lo que yo había dicho a un companyero de su curro que a partir de entonces ejerció de papá, llevando maletas hasta su coche y el coche hasta nuestra casa, y que yo andaba orgullosísima del papá que habíamos encontrado -seguía sin entender muy bien el concepto, está claro), pero es el germen de cierta desconfianza que yo he tenido siempre hacia el género masculino, no como hombres en sí pero sí acerca de su incapacidad para ser buenos padres. El mío no lo fue -aunque tampoco tuvo mucha oportunidad-, el de mi hermano tampoco, y los de mi entorno en mi infancia eran figuras ausentes.

Yo sé que no voy a tener hijos sin padre, porque es una figura que he echado mucho en falta y no querría lo mismo para mis ninyos. Pero también he pensado siempre que sería difícil encontrar un padre para los hijos que sí querría tener en un futuro (MUY futuro, mi reloj biológico está silencioso y hace bien así ;-) , precisamente por esa desconfianza y porque he conocido pocas personas que piense que son válidas para ser padres. Que quieran comprometerse con sus hijos, que quieran disfrutar de ellos sin perdérselos, como han hecho generaciones y generaciones. Que no los usen como arma de fuego cuando la relación con la madre se acabe. Que les quieran por encima de todo, tan fácil y complicado como eso.

Y este post viene a cuento de que este fin de semana he tenido un poquito de esperanza en ese sentido. He estado con un amigo que es padre desde hace un anyo, y es un lujo ver la relación que tiene con su pequenyaja, cómo ella le mira con ojos de adoración, probablemente la misma que él le tiene a ella. Cómo juegan, cómo la hace reír, cómo habla de ella y se le llena la boca y le brillan los ojos.

Y he pensado que tal vez en mi generación las cosas estén cambiando realmente un poco. Que tal vez los hombres de hoy no son como los de ayer -y ya, generalizo aunque no se deba, pero nuestra experiencia personal nos marca un poco-. Que tal vez hoy sí hay esos padres que saben disfrutar de sus pequenyajos sin perdérselos, que para algunos los hijos no son carga ni obligación impuesta de la que escapar a toda costa, sino un regalo y un compromiso que aceptar libremente.

Este amigo del que hablo me ha dicho muchas veces que si él fuera mi padre estaría irremediablemente orgulloso de mí. Yo sé que él es el padre que yo hubiera querido tener, y que su ninya tiene muchísima suerte. Los dos, en realidad, por tenerse el uno al otro.

Y yo también, porque verles juntos me ha abierto una puerta que tenía cerrada...

...aunque insisto, mi reloj no hace ningún tic-tac!

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martes, septiembre 26, 2006

Como una burbuja

A veces, no muchas, quizá hasta contadas con los dedos de la mano, pero aun así algunas veces... las cosas salen redondas. A pedir de boca. Perfectas, sin que se les pueda pedir nada más.

Como cuando soplas hasta conseguir esa burbuja perfecta, redonda, brillante, llena de colores en su interior, viva... y la miras embobada mientras recorre su camino. No dura mucho, pero tampoco se lo pides. Como esa felicidad consistente en no pedirle al instante que dure, sólo disfrutar de él.

Te llenas de energía, y recargas las pilas, y te llevas contigo un capazo repleto de sonrisas, de imágenes, de rumor de agua, de risas de bebé y de abrazos que alimentan, que abrigan, que llenan de luz las noches que acabarán viniendo, pero ahora qué importa, ahora en tus noches hay una luna inmensa que puede hacer palidecer de envidia al sol.

Y aquí estoy, con la sonrisa todavía en la cara y varios gracias que dar, primero a la flor sonriente que lo hizo posible, después al ninyo tierno que me acompanyó y por último, a otro ninyo que no leerá esto, pero que es el padre que cualquiera querría tener.

Un fin de semana redondo. Tan simple como eso.

[La imagen que encabeza este post está sacada de la galería "Vida de una burbuja", de Vipin Mayer, a la que puedes acceder AQUÍ]

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lunes, septiembre 18, 2006

Lo importante

A veces el sentirnos dolidos no nos deja ver lo importante. Pero eso no quiere decir que deje de serlo, que deje de ser lo que vale realmente.

Lo que importa no son los "empezó él, senyo", ni los "es que soy yo quien lleva razón", sea quien sea ese Yo. Lo importante tampoco es el tiempo invertido -nunca perdido- en arreglar las cosas, el mucho o poco tiempo de espera. Lo importante no son los silencios, o las ocasiones en que cedimos ni las ocasiones, que seguro que las hay, en que cedieron los demás.

Lo importante no es nunca blandir un orgullo intacto en medio de la isla desierta que nos hemos construido como residencia, porque el orgullo no calienta en la noche fría, ni da de comer ni hace sonreír.

Lo importante no es magnificar la frustración o impotencia que podamos sentir algunas veces, y si no podemos evitar inflarlas en ocasiones, al menos llenémoslas de helio para que podamos soltarlas después como los globos que se escapan de las manos y se pierden en el cielo.

Lo importante, ya digo, no es el cansancio o los errores, el orgullo o la frustración, la razón o el tiempo. Lo importante son los vínculos, los afectos, los lazos que nos unen a los demás y nos impiden estar solos. Saber cuidarlos y mantenerlos vivos, estar ahí, que estén ahí por nosotros... Lo importante es la cercanía, y que cuando esa cercanía no es del todo posible, porque toda relación tiene sus baches, sepamos que es una ausencia temporal y que seguiremos ahí cuando vuelvan a nosotros, y que si nosotros necesitamos irnos, también nos esperarán. Lo importante es que los vínculos que trencemos no sean cadenas ni argollas, pero sean fuertes y unan incluso en la distancia. Saberlos fuertes, reales, saber que tres tropiezos no los desintegran. Construir con palabras un puente indestructible, que decía Benedetti.

Y todo esto aunque a veces el sentirnos dolidos nos impida darnos cuenta, como venda en los ojos que no nos deja ver lo importante. Pero eso no quiere decir que lo importante deje de serlo...

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viernes, septiembre 15, 2006

¿Enfadada?

Si pudiera, si supiera, a lo mejor sería una de esas ocasiones en las que me enfadaría. Porque a veces me canso de disculparme hasta la saciedad, de que cada pequenyo o gran error sea recordado en letras mayúsculas, de que parezca que nadie ha hecho tanto danyo como yo he podido causar -oh, drama-, y de que todo lo que intento hacer para paliarlo caiga en el abismo del gran saco sin fondo que nunca lleno. Yo sola no puedo deshacer la montanya que se ha construido granito a granito... yo sola no puedo.

Si no hay nada que pueda hacer, me gustaría saberlo para no perder mi tiempo en intentar arreglarlo. Y si hay algo que pueda hacer y no esté haciendo, me gustaría saberlo también para poder dedicar a ello mis energías cuanto antes.

Pero esta sensación es frustrante, me siento absolutamente impotente y estoy cansada de sentirme culpable sin saber del todo bien por qué.

Y esto liga, más allá de lo actual, con mi forma de ser. Mi forma de entender que los afectos están siempre por encima del orgullo, que casi siempre se puede ceder unos pasos si ese esfuerzo te va a acercar al otro, mi idea de que vale más aceptar una disculpa confiando en que sea sincera que quedarse permanentemente en guardia, o que siempre vale más reconocer un error que asumir una pérdida innecesaria.

Pero a veces... a veces me quedo con la sensación de que hago unos esfuerzos que no sé si los demás harían. Que cedo tanto que no sé qué me guardo para mí.

Y sobre todo, que no sé enfadarme, que sólo sé intentar hablar las cosas. Y sí, en teoría es la solución buena, el camino correcto porque la rabia sólo empantana las relaciones... pero casi, casi nunca me permito un arrebato, uno de esos arranques humanos que dicen que descargan y liberan tanto. Puedo contar con los dedos de una mano la gente que me ha visto realmente enfadada, en contadísimas ocasiones... no sé hacerlo bien, no sé liberar rabia en pequenyas dosis, no sé plantarme y decir un Basta ya que sería necesario alguna vez. Y al final esos enfados que no salen a la luz se crecen en mi interior, y la rabia acaba saliendo en cascada que me inunda en la soledad, escapando a mi control, descargada sobre mí.

Quizás si supiera enfadarme más con mi entorno, me enfadaría menos conmigo.

Quizás si el unicornio no tuviera que ser siempre entranyable, no se lanzaría al galope contra un muro hasta acabar sangrando cuando nadie le ve...

[La imagen que encabeza este post es Beauty & Beast, del artista Luke Chueh -de nuevo-, a cuya galería puedes acceder AQUÍ]

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miércoles, septiembre 13, 2006

Dos caras

1) Sus ojos brillantes que sonríen a la vez que sus labios, cálidos, tranquilizadores, en los que al reflejarme me veo más hermosa de lo que soy, sin duda... esos ojos.

a) Las noches sola en las que el suenyo no acude, y das vueltas y más vueltas en una cama demasiado fría, demasiado grande, demasiado triste.

2) Las tardes en el Retiro, cantando las canciones algún muchacho que se lanza con la guitarra, o sentándote a leer o escribir frente al Palacio de Cristal, acariciada por la brisa, oyendo el rumor del agua.

b) Los pensamientos desatados que me niegan un futuro, me niegan a mí misma, me hacen diminuta, atemorizada por eso que yo llamo voces de mi cabeza aunque no sean más que eso, pensamientos danyinos, asesinos, arrasándolo todo, pisoteando lo poco que haya podido construir.

3) Los fines de semana en tierras ajenas que siento un poco propias, tardes de Friends y trenzar y destrenzar el pelo largo de una buena amiga, cosquillitas suaves en los brazos, noches de baile, red bull y confidencias hasta más allá del amanecer.

c) Las ausencias que se superponen unas a otras, como si estuviera hecha para siempre echar de menos, para que cuando alguien vuelve otro se vaya, para nunca poder sentirme tranquila, para tener pedacitos de mí dispersos allá donde no llego, no alcanzo.

4) Las canyas bajo el sol, películas que valen la pena, serpentinas que sí son juguetes, guitarreos al aire y morritos cantando Extremoduro, un grupo de amigos con los que poder compartirse y ser una misma sin restricciones, pudiendo hacer todas las tonterías que se pasan por la cabeza sin pensar si son o no infantiles, si son o no graciosas... sólo dejándome ser, dejándome fluir, sabiendo que me quieren aun conociendo bastante bien cómo soy.

d) Las manyanas que me quedo sola en el trabajo, fuera del grupo, mientras ellos bajan a desayunar todos juntos, mientras ellos comparten momentos a los que soy ajena, castigada sin razones, sin saber el motivo siquiera, haciendo un vacío que se clava por dentro y desgarra las entranyas, transformándose en lágrimas en el banyo y oscuridad en la cabeza.

5) La reconstrucción de una relación que ayer lo fue casi todo para mí y hoy ocupa un lugar distinto pero muy importante. Saber que vamos reconfigurando el vínculo, de otra manera a como fue en el pasado pero cerca, que es lo que importa. Queriéndonos de otro modo, aprendiendo a acompanyarnos de otra forma. Cerca, como ayer, como manyana.

e) Las responsabilidades que me veo incapaz de asumir, el futuro que me siento incapaz de construir. Una casa que me engulle y luego eructa satisfecha, un dinero que nunca alcanza, otra casa por vender (¡ya, ya, corre, corre!), otra casa por comprar (¡vamos, vamos, rápido, rápido!) y ninguna a la que poder llamar hogar (¿por qué siento más hogares una casa en tierras valencianas o otra en Rivas que la mía propia?).

6) La pequenyaja que espera en la tripa de una amiga para llenar de calidez el próximo noviembre. Las ecografías, las discusiones entre risas sobre qué nombre dirá primero, las ganas de ser tía Gacela, las canciones por cantar, cuentos por contar, juegos que inventar. Su sonrisa sin dientes los primeros meses, los primeros dientes, abrazos, pasos. Estar cerca de todo eso.

f) Las discusiones que soy incapaz de mantener. Las posiciones que siempre cedo porque para qué, porque odio y temo que se enfaden conmigo, porque eso me hace más danyo que ninguna otra cosa. Las palabras que acabo tragándome porque no serviría de nada decirlas, la rabia que nunca suelto y que acabo comiéndome yo sola aunque se atraganta y cuesta respirar.

7) Los viajes en los que me escapo de todo, hasta de mí, y soy quien quiera ser allí lejos, descubriendo trocitos de mí que sin saberlo me esperan en Granada, Marruecos, Túnez, o más allá. Los recuerdos, las postales, los álbumes de fotos. Los olores, los colores, la fiesta de los sentidos, el baile de sensaciones.

g) La conciencia de que muchos de los monstruos que me acompanyan son crónicos, que saber convivir con ellos sin que mediaticen así mi vida es todo un mundo por aprender, que hay quien lo consigue y quien no, y acaba sentado en una silla a la orilla del camino, cansado de andar para nada, de intentar para acabar agotado y con los mismos monstruos internos por enfrentar veinte metros más allá. La sensación de que yo suelo estar más en el bando de los agotados que en el de los luchadores eternos.

8) Yo. Yo, que me emociono, disfruto y río en carcajadas con cualquier mínima cosa. Yo que vivo con una intensidad inusitada y por ello cuando me alzo, subo arriba, arriba rozando las nubes con los dedos, extendiendo mis alas y volando con los pájaros por vecinos. Yo que debo de tener algo valioso dentro cuando hay gente que a pesar de mis zonas gris oscuro casi negras, sigue a mi lado. Yo que tengo chispazos de felicidad en los que brillo e ilumino lo que hay a mi alrededor, contagiando de la risa. Yo, que puedo ser ingeniosa, divertida, tierna y dulce. Yo, la ninya.

h) Yo. Yo, que sufro, lloro, se me escapa el aire, también con cualquier mínima cosa. Yo que vivo con esa intensidad inusitada y por ello cuando me hundo, desciendo a mis Infiernos, quemándome con la lava, ensartándome en tridentes afilados, condenada sin fecha de salida. Yo que pierdo el control y me danyo, yo que me encierro y no abro las puertas a nadie, yo hecha ira y rabia y veneno que trago y vomito convertido en ácido que corroe mi piel. Yo, la bestia.

Dos, dos hasta la saciedad.
Como en el munyeco, que de tanto no saber si reír o llorar... ríe y llora.

[La imagen que encabeza este post es de la galería que Jessiqua tiene en flickr, a la que puedes acceder AQUÍ.]

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viernes, septiembre 08, 2006

Esperando a Peter Pan

Odio todas las frases que empiezan por "A tu edad...", "Con esa edad..."; odio las frases sobre arroces que se pasan y sobre responsabilidades que se deberían haber asumido ya. Me cuesta la idea de crecer, me cuesta desde los quince anyos, cuando la adolescencia se me hizo cuesta arriba, sintiendo mi cuerpo como una cárcel que cambiaba para mi disgusto y me atrapaba sin reflejarme.

Y hoy me sigue costando. En teoría, asumo las responsabilidades de una persona de mi edad e incluso de más adulta: mientras que la mayoría de mis amigos de mi edad viven con sus padres, yo me independicé -un poco forzosamente, sí, pero me independicé- hace dos anyos, tengo un trabajo fijo desde hace cuatro y nadie más que yo paga mis facturas, llega a fin de mes calculadora en mano, se hace la declaración de Hacienda o decide cuándo entro y salgo, dónde voy o cuándo vuelvo.

Aun así, hay cambios que me siguen costando, cambios que asocio a la madurez que yo sigo sintiendo lejana, ajena. Y cuando veo que se me vienen un poco encima, tiemblo, y me hago pequenya y me acuerdo de Peter Pan, el ninyo que no quería crecer, y dejo la ventana abierta por la noche para que pueda encontrarme, saltar a mi habitación desde la ventana y llevarme con él al País de Nunca Jamás donde ni estaría sola ni habría más peligros que un Capitán Garfio al que nunca temí -quizá porque mi madre me ensenyó que los piratas no eran malos, sino hombres valientes que amaban la libertad y la encontraban mar abierto-.

Estos días miro en Internet casas nuevas que puedan acogerme, más grandes que mi miniestudio donde ni siquiera tengo espacio para mis libros, mis muebles, mis adornos en las paredes. Estos días hago cálculos, pienso en hipotecas que cargaría sola, me imagino construyendo un hogar y esperando que me salga mejor que el primer intento un poco fallido, porque a esta minicasa nunca la he conseguido sentir hogar del todo. Estos días crezco un poco como los estirones que se daban después de pasar unos días con fiebre, y me asusto de mí y del rumbo que no sé si estoy eligiendo o de nuevo, eligen por mí -mi familia, la sociedad, el camino de baldosas amarillas que parece que hay que seguir a la fuerza-. Estos días siento que ser adulta es estar un poco sola, y me da miedo, porque seguramente una de las cosas que más temo es esa, la soledad no elegida.

Y me asomo a la ventana en la noche, esperando al ninyo vestido de verde que me rescate de la madurez, que no me deje sentirme sola. Me da el viento en la cara, pero el ninyo no viene. Y acabo dormida con los brazos sobre el alféizar, ventana abierta, sonyando con volar allá, la segunda estrella a la derecha y recto hasta el amanecer.

[La imagen que encabeza este post es una fotografía de Bill Nichol de la escultura de Peter Pan y Campanilla hecha en bronce por Cecil Thomas, que está situada en el Jardín Botánico de la ciudad de Dunedin, en Nueva Zelanda]

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lunes, septiembre 04, 2006

A veces me canso de ser...


Sucede que me canso de mis pies y mis unyas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

-Pablo Neruda-

Neruda se cansaba de ser hombre, de ser raíz en las tinieblas, de morirse de pena. Ismael Serrano, hace menos tiempo, le tomaba prestado ese verso a Neruda para cantar algo parecido sobre cansarse de ser hombre, de perderte y saber que estamos solos.

A veces yo también me canso. Incluso en las buenas épocas, que las hay y seguramente esté en una de ellas, me canso de sentirme frágil, de saberme inestable, me canso de la permanente montanya rusa en la que estoy montada. Porque sé que subo, y a veces el viento me da en la cara y me refresca y sonrío, y estoy allí arriba rozando las nubes con la mano, perdida -¿encontrada?- en un abrazo o compartiendo risas, vecina de pájaros, estrellas y demás habitantes del cielo, feliz si es que la felicidad son esos instantes a los que no hay que pedirles más sino saborearlos y guardarlos para cuando hagan falta más adelante...

...pero pareciera que mi rodilla es débil y que en cualquier momento hace crac, tropiezo y caigo, la montanya rusa sigue su camino y bajo cada vez más rápido, caida en picado hacia el suelo, loopings en los que te mareas, todo el cuerpo se revuelve en sacudidas rápidas e inesperadas y tienes que cerrar los ojos porque mirar te da demasiado miedo. Y te olvidas de que hace unos instantes paseabas entre nubes porque ya sólo hay la angustia de saberte de porcelana, ninya de cristal a punto de romperse en mil pedacitos, lanzada violentamente hacia abajo, tierra que se acerca peligrosamente para tragarte -y ojalá lo hiciera.

Los ojos se empanyan y la voz se entrecorta, como ayer, como manyana; y lo peor es que esta sensación que te atrapa te convence de que siempre estará detrás, que siempre será la música de fondo que te acompanye aunque a veces te crezcan alas y vueles. Que tu risa tiene siempre los minutos contados para verse sustituida por lágrimas, que esos instantes felices se escapan siempre de las manos como arena que se escurre entre los dedos, que incluso en las mejores rachas hay que encerrarse en el banyo para que no vean cómo te deshaces, que nunca dejas de ser dos.

Y a veces me canso, no de ser hombre, no de ser mujer... me canso de ser montanya rusa eterna. Me canso de ser Yo.

[La imagen que encabeza este post es de la galería que Kwo tiene en flickr, a la que puedes acceder AQUÍ. El primer párrafo es una cita del poema "Walking Around" del chileno Pablo Neruda, y la canción a la que hago referencia de Ismael Serrano es "Ya ves"]

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